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La cuarentena

Inda Jaus
Blog de Inda Jaus

Faulkner vs. John Deere

Soy una persona sin vocación. No es que no me sienta llamada a hacer “algo”, si no todo lo contrario: son pocas las cosas que no despierten mi curiosidad en mayor o menor medida. Así que es raro que me aburra algo o alguien. Al menos durante un rato, que luego ya me pongo exigente. En alguna ocasión me he topado con alguien a quien, por más que escudriñaba, no le veía el final del túnel de sosería que emanaba. Una vez pasó, tendría yo unos 14 años y él era un presunto primo mío un par de años mayor. Sentados los dos "a la fresca", en el pueblo, mientras los mayores dormían la siesta que era obligatoria en agosto.

 

Vivía yo mi etapa más ferozmente intelectual y estaba leyendo a la vez, “Santuario” de Faulkner y “El lobo estepario” de Hermann Hesse. No sé cómo salí viva de aquello. Bueno, da igual. En cualquier caso y como dirían en la Casa Real, me parecieron libros “poco ejemplares” como tema de conversación con mi primo. Así que le pregunté directamente qué le gustaba leer:

- ¿Leer? ¡Nah! –respondió mirándose fijamente las uñas que estaba limpiando con el palillo que acababa de sacarse de la boca. De este muchacho lo único que se podía esperar eran gruñidos y algún monosílabo. Treinta años después sigue igual.

Así que probé con la música. Los veranos en el pueblo eran fundamentalmente heavies, gramola al hombro y a la báscula del parque a escuchar a toda hostia lo último de Obús. Así que pensé que ahí igual tenía mejor suerte:

- Oye, mola “Metalmorfosis”, ¿eh?

- ¿Ein?

- “Metalmorfosis”, ya sabes… Barón Rojo… Tierra de vándalos… -y me puse a canturrear moviendo mucho el pelo-:

…y ella es de esa estirpe que ésta tierra dio

y mi mente me alucina, cuando habla me fascina

porque sus palabras te pueden llevar

a un extraño estado de agresividad…

- Ah, ya… bueh… -eso dijo, así que no sabría decir si le gustaban o no o qué.

Lo cierto era que se me acababan los temas, que no podía entrar en la casa a por un libro sin hacer ruido y se me iba a echar encima toda la familia, y aquel tío no parecía compartir conmigo ni el planeta de origen. Bufff… Eché hacia atrás el respaldo de la silla de camping y me quedé mirando al cielo inmenso de Castilla en verano. Se levantó un poco de viento y eso sí que pareció conmoverle:

- Mañana llueve. Y cuidao si no es granizo…

A mí aquello me pareció una gilipollez. El cielo no podía estar más azul y no se divisaba ni una triste nube en todo el horizonte. Pero el sólo hecho de que hubiese algo que le interesase a aquella acémila me pareció prodigioso.

- ¿Tú crees? ¿Qué raro, no? –imagino que lo dije con el tonito de “pijapaleta” en medio del campo.

- Malo pa la cebada. Me voy a cosechar, que me queda una tierra –y se levantó de la silla para dirigirse a la cochera- Si te aburres, ven y te dejo conducir el tractor –dijo sin el más mínimo interés.

Que con 14 años te propongan conducir lo que sea aparte de la bicicleta es una aventura más allá de lo imaginable. Salté como una escopeta y le adelanté corriendo. Así aprendí a conducir un tractor. Huelga decir que a Faulkner y a Hesse los menosprecié el resto del verano.

¡Ah! Y al día siguiente cayó una granizada que dejó todos los coches del pueblo sin parabrisas.

inda.jaus.tribu@gmail.com

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