Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

La inmaculada constitución

Hemos asistido esta semana a una de las situaciones más inéditas en cualquier calendario laboral de un país llamado civilizado: La presencia de dos días festivos no seguidos, sino en martes y jueves, que han reducido la jornada laboral a tres días, lo que la ha convertido en un auténtico despropósito. En muchos informativos se anunciaba como la semana del gran puente, un puente de una semana con operación u operaciones salida, con previsiones de desplazamientos, de reservas, etc. en medio de una sorpresa general, como la que produciría siendo alumnos si alguien pretendiera iniciar un partido cuando se había acabado el recreo.
Este hecho refleja muy bien las debilidades de la democracia española y su incapacidad para generar un calendario de fiestas con criterios más racionales y menos dependiente de la religión.

Porque en el mantenimiento de esas dos jornadas festivas han pugnado desde el principio intereses de muy diverso cuño: quienes observaban la nueva festividad del 6 de diciembre como una impostura y se declaraban desde una tradición religiosa que consideraban incuestionable, ser más de la inmaculada; y quienes, reivindicando otros valores más políticos y democráticos, se proclamaban más de la constitución. De forma que ante la dificultad de imponer la legitimidad política frente a la religiosa, se terminó conformando esta fiesta en días alternos que algún castizo llamaría de la inmaculada constitución.

Pero, hete aquí, que la crisis ha enseñado las vergüenzas y ahora, tanto los representantes sindicales como los de la patronal están dispuestos a modificar el calendario laboral para acabar con esta anormalidad. Lo que no consiguió la racionalidad política y democrática lo va a conseguir la racionalidad económica. Así estamos. La competitividad y la productividad van a imponerse sobre el laicismo, porque ni van a conseguir ni lo pretenden doblegar las presiones religiosas y de la tradición. Se cierra el ciclo. Se levanta el cadáver, se firma el certificado de defunción de una constitución herida de muerte por el reformazo contraconstitucional. No hay nada que celebrar. Fin del problema.

Porque esta constitución ha sido víctima desde el principio de su anclaje confesional y nunca llegó a desembarazarse de la vinculación y tutela del catolicismo. Por eso, el destino emparejó su aprobación al de la inmaculada y durante años, en esa proximidad de onomástica, se expresaba lo que la construcción idílica de la transición nos quiso vender: la inmaculada concepción de la constitución. La constitución se había concebido, gestado y alumbrado sin pecado. Y, como no podría ser de otra manera, esta constitución-mesías habría logrado redimir a los españoles de bien de su pasado franquista y nacionalcatólico. Todo quedaba perdonado, sin arrepentimiento ni propósito de enmienda en esta gran ceremonia de reconciliación nacional. Los principios generales del movimiento se habían metamorfoseado en una constitución inmaculada.

Y durante años tuvo el carácter de intocable que se otorga a todo lo sagrado. Así que no era ninguna coincidencia. Pero ahora que ya sabemos que puede reformarse, que la mayor parte de la población (entre los que me encuentro) no ha tenido ocasión de refrendarla, ahora en época de crisis, que es también época de verdades, porque no hay posibilidad ni margen de disimulo, ahora es el momento de iniciar un verdadero proceso constituyente que nos permita otorgarnos otra constitución.

Pero ésta no queremos que sea inmaculada, ni que oculte su origen. No puede ser una carta magna surgida por generación espontánea del franquismo, tiene que reconocerse en su origen, en su legitimidad y en sus valores republicanos. Y, por tanto, tiene que condenar el franquismo y reconocerlo como un periodo cruento y de excepcionalidad. Tiene que profundizar en los valores democráticos y en los mecanismos y cauces de participación, con una ley electoral más proporcional, que represente mejor la pluralidad política, que afronte los problemas no resueltos de la organización territorial del estado, etc. Pero, sobre todo, que avance hacia la constitución de un estado federal, laico y republicano.

En un estado así, habría un calendario laboral más racional, menos lastrado por fiestas religiosas y también en un estado así no tendría que sorprenderme porque instalen un belén en un centro o un espacio público, porque la tolerancia y la laicidad hace tiempo que lo habría considerado improcedente.

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