Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

¿De quién son nuestros hijos? Segregación y selección o promoción

Recuerdo que hace unos años la Comunidad de Madrid puso en marcha una campaña contra el maltrato infantil con un lema impactante: Sus hijos no son suyos. Se trataba de marcar una línea definida, contundente, en la patria potestad de los padres que, en modo alguno, les facultaba para todo (incluidos los malos tratos) e introducía a los poderes públicos y al estado como garantes de los derechos, en este caso de los niños, incluso frente a sus propios padres.
Mis alumnos suelen sorprenderse cuando les comentó que Platón en su República negaba el ejercicio de la paternidad y maternidad social a los dos grupos sociales más importantes (la clase de los guardianes-defensores y la de los guardianes-gobernantes). Estos dos grupos no podrían criar y educar a sus hijos como suyos, no tanto porque no quisieran, sino porque no les estaba permitido por el bien del estado. Ese sacrificio les impedía ejercer preferencias y les obligaba a considerar a todos los niños del estado como suyos propios, garantizando por igual sus derechos, velando por su seguridad y tratando de procurarles el mejor futuro posible a todos por igual. No era poco el beneficio, pero también se exigía un esfuerzo demasiado grande.

El nuevo anteproyecto de ley de educación (Ley orgánica para la mejora de la calidad educativa, que es lo que significan las siglas LOMCE) pretende romper, si no lo impedimos, con un consenso educativo de décadas, es más, me atrevería a considerarlo el consenso educativo de la democracia y el que nos permitía situarnos a la altura de Europa, ese tren al que no habíamos podido subir hasta entonces por la dictadura. No se trata entonces tanto de una nueva ley educativa, en ese empeño de los dos grandes partidos por imponer sus “leyes” educativas que llevamos padeciendo también décadas, sino un cambio de modelo. Se trata de revertir la opción democrática por la comprensividad y la inclusión educativa, por un modelo selectivo y excluyente. Se llama comprensividad en un sistema educativo a la existencia de un amplio núcleo de enseñanzas comunes, es decir, a la exigencia de que los niños posean la misma educación durante el mayor tiempo posible y que se eviten las elecciones entre opciones educativas a una edad temprana y de forma irreversible. La comprensividad asegura la cohesión y la equidad de una sociedad y es la base para la convivencia democrática. Además, permite que la escuela pueda convertirse en un instrumento de justicia social que evite la reproducción mecánica de la estructura social en clases cerradas, permitiendo una mayor movilidad social entre los grupos, convirtiéndose así en el medio privilegiado de lucha contra la desigualdad. Ya cedimos demasiado en los principios democratizadores y comprensivos permitiendo que la escuela privada concertada no tuviese otro carácter que el meramente subsidiario, coexistiendo mientras y allí donde no alcanzase la escuela pública, sino que pudiese continuar y crecer hasta convertir a día de hoy a la educación española en un modelo dual. Está claro que la mayor comprensividad exigía mayor inversión educativa para permitir atender e incluir en el sistema educativo por primera vez en la historia a toda la población española hasta los 16 años, porque, son muchas las dificultades diarias a las que hacer frente por lo que se refiere a las diferencias de rendimiento, interés y motivación.

Pues bien, ahora se quiere optar por un modelo educativo selectivo y excluyente permitiendo a los niños y niñas con menos capacidades e intereses optar desde los 12 años por otra vía educativa más acorde a sus intereses y capacidades. Y aquí tengo que darle toda la razón al ministro Wert: todavía hay margen para los recortes garantizando la calidad y la excelencia, porque este modelo educativo selectivo y excluyente es lo que tiene, que es mucho más barato. No necesitas dedicar recursos para mantener en el sistema “a quienes no quieren estar”, basta con enseñarles la vía de escape. Además, con el modelo dual público/privado ya está la mitad del trabajo hecho.

¿Por qué no pretenderemos que todos sean universitarios? –oigo frecuentemente a mis compañeros de profesión apoyando esta idea. Y aquí es donde suelo mirarlos y preguntarme: ¿de quiénes serán esos hijos que no queremos que sean universitarios? Porque yo sí querría que fueran todos. Y entonces la consiga “El hijo del obrero a la universidad” se dispara como una exigencia mínima de una educación pública, comprensiva, incluyente y democrática. Así que no es para andarse con remilgos con el ministro ni con este engendro injusto, excluyente y antidemocrático de la LOMCE.

Ya le hemos oído al señor Wert que no se molesta ni se inmuta por los pitidos ni por los insultos. Bueno es saberlo. Pero, por lo menos, que atienda a razones.

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: