Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

¿De cuánto estamos hablando?

A esta simple cuestión queda reducido todo cuando se dejan al margen otros aspectos políticos, legales, de valores o de principios éticos: se trata simplemente de saber cuánto, de tener un precio.

En mi imaginario esta cuestión es la postrera, y llega a aceptarse como fórmula de negociación o de rendición tras un prolongado y sistemático proceso que persigue minar todas las defensas, los principios y los reparos morales: Cuando la indefensión es absoluta, cuando ya no queda nada por qué luchar o a qué aferrarse, entonces, entra el asunto del cuánto. Pero en nuestra situación actual, rotas ya todas las amarras, es la única y definitiva cuestión. No hay más.

 

Y los ejemplos son tan numerosos que da vértigo: La “negociación” de Eurovegas, la “liquidación” de la sanidad y de la educación públicas,  etc. Y los sucesos del Madrid Arena han puesto sobre la mesa algunas cuestiones y abierto espacio para algunas reflexiones de las que me temo tampoco saquemos ningún provecho.

 

El marasmo de delegación de responsabilidades y competencias, la búsqueda descarada de intereses y de negocio y la falta de control riguroso que enredan toda gestión privada de espacios o servicios públicos solo sale a la luz cuando se produce alguna desgracia. Sin embargo, no hay información concluyente sobre las posibles ventajas de las experiencias privatizadoras como aseguran sus defensores, se corre el enorme riesgo de anular el necesario control y regulación pública (al margen de la irresponsabilidad que supone irse de fin de semana, como ha ocurrido en este caso) y, por último, el escándalo de los trasvases de directivos de empresas privadas a la gestión pública y a la inversa es tal, que debería al menos ponernos en guardia (No hay que dejar de leer De la pública a la privada y al revés). En este caso, se cede de forma poco transparente el uso de una instalación pública  a una empresa por 18000 euros para celebrar una fiesta de menos de 5000 personas y terminan vendiéndose 16791 entradas, se detectan otras graves irregularidades y el asunto parece que se reduce a saber quién paga el pato, a sabiendas que no lo pagará. Y a nadie nos sorprende. Porque así funcionan las cosas. Porque, cuando hace algunos años tras un viaje a Port Aventura, contaba la desfachatez consentida de vender más entradas de las que permitía el aforo hasta conseguir colas interminables en las atracciones, nadie mostraba sorpresa alguna, y cuando después sacaron el invento de cobrar un suplemento vip en algunas entradas a mayores para no hacer cola, la desfachatez se convirtió en visión comercial. A eso se reduce todo. Mientras no ocurra nada.

 

Porque, en esta sociedad además, la diversión y la fiesta están por encima de todo. ¿Cómo no hacer la “vista gorda” en algo tan divertido como una macrofiesta de Halloween? ¿Quién se atreve a poner reparos a una fiesta juvenil? En Salamanca, por ejemplo, es frecuente asistir a la ocupación del espacio público por riadas de “universitarios” disfrazados y borrachos (aunque nunca se podrá determinar en qué orden) en una “alegre algarabía”: Están de fiesta y son jóvenes, suele decirse en su disculpa. Pero se necesita hacer una enorme maniobra de distanciamiento para olvidar que hay más de 52% de desempleo juvenil e imbuirse de tanta fiesta. Es cierto que no podemos generalizar, que no son esos todos los universitarios y universitarias. Pero son los que se hacen más visibles.

 

Y ahora estamos a la espera de la celebración de ese macroencuentro festivo de carácter ya nacional e internacional, con financiación de las principales marcas de bebidas espirituosas y los bares del entorno, con marca registrada incluso, que es la nochevieja universitaria. Todos los reparos barridos con el huracán de “¿de cuánto estamos hablando?”. Si todo son ventajas, dicen. Incluso sitúa a Salamanca en el mapa universitario mundial. No quedan argumentos. Oponerse a la fiesta es de “carcas”, de “amargados”, de “revenidos”. La entente “visión comercial”, “negocio” y “fiesta” es tan rotunda, ha logrado tanta hegemonía ideológica que anula todas las objeciones y pasa por encima de todas las posibles irregularidades.

 

Preguntarse ¿de quiénes son “nuestras” fiestas?, ¿quiénes obtienen beneficio?, ¿qué valores construyen, transmiten  y comparten? O hacer llamados a eso que en estos momentos tiene más sentido que nunca que es el ahorro ideológico (Hay que leer el artículo de Benjamín Prado en El País del mismo título), parece que no tiene ningún sentido. O sí. Porque sospechamos que al final, y al principio, las cinco víctimas mortales del Madrid Arena no son una cuestión de “mala suerte”.

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