Antonio moreno original

La anomalía

Antonio Moreno
Lo que no podemos permitir

Corto y cambio

Hace ya más de tres años que Tribuna de Salamanca me propuso colaborar semanalmente con ellos a través de una sección de blogs de opinión reservados a distintos representantes de organizaciones políticas y sociales. Agradezco a este medio la oportunidad que me ha prestado a mí, pero, especialmente, a la organización a la que pertenezco,  de disponer de un espacio donde hacerse oír, leer y valer. Ha sido una experiencia interesante, pero también exigente, que me ha obligado a ser constante y disciplinado durante este tiempo. 

La necesidad de la disidencia para la democracia

Leí esta semana en un medio local de Salamanca, en una morcilla de opinión que suele incrustar en artículos de información, la valoración despectiva que le merecía la contestación a la construcción de un aparcamiento subterráneo en el Parque Infantil de Garrido. Toda la oposición al proyecto quedaba reducida y manipulada de forma simplista a un “No sé, pero me opongo”. 

No basta con pedir disculpas

Cualquiera que haya viajado por España durante este verano, sin que importe la dirección o el destino, habrá tenido constancia del fracaso y el abandono de numerosos proyectos de polígonos industriales, urbanizaciones, parques tecnológicos, etc. y, muchas veces, como si hubiera sido obra de una catástrofe repentina y desconocida, las obras han sido dejadas de un día para otro, suspendidas en el tiempo, con las grúas todavía instaladas, inmóviles, que han sido aprovechadas por las cigüeñas para anidar en algunos casos, con sus carteles descoloridos, pero proclamando orgullosos todavía lo que pudo ser y no fue, señas inequívocas de un esplendor truncado, de una ambición imposible fruto de una vanidad sin medida. Se pueden ir enumerando, tantos a la derecha, tantos a la izquierda, todo un enorme derroche de recursos públicos, expuestos sin remedio al deterioro y al olvido. Estamos hablando solo de las “pequeñas” obras sin catalogar, no de las grandes que ya han merecido secciones enteras de denuncia en informativos, como los aeropuertos sin estrenar y otros proyectos megalómanos por los que se hundió sin remedio el dinero de todos.

El bochorno

Al decir de Aristóteles, la vida práctica, que es aquella dedicada al ejercicio de la política, persigue como único fin, no la felicidad o el placer, sino el honor. El desprestigio que sufren los políticos en la actualidad hace que esta afirmación clásica suene más a expresión de un desiderátum que a una correcta descripción de la vida política. No obstante, existe un mínimo de honradez intelectual que traza una línea roja, por debajo de la cual se abre un abismo sin fondo en el que la conciencia y el recuerdo del bochorno deberían bastar para forzar el abandono.

El porvenir de una ilusión

Tras el paréntesis de las vacaciones, vuelvo a retomar la escritura del blog. Las vacaciones, que deberían ser una vuelta a la pereza primigenia, una apología de la vagancia y del “dolce far niente”, se han convertido en unos días necesarios para “cambiar de actividad”, “salir” (no se sabe muy bien de dónde y a dónde), “desconectar”, “cargar las pilas”, para retornar después a la actividad con más brío. Y eso, cuando no se han convertido en un privilegio, como el propio trabajo. 

Eppur si muove

Hace algunos años oía contar frecuentemente a un amigo que el mejor regalo que le había hecho su padre había sido subirlo en cada  de uno de sus cumpleaños a una mesa camilla para animarlo a que se tirase en la confianza de que lo recogería. Tras el tortazo, la dolorosa enseñanza era reforzada con la sentencia “para que no te fíes ni de tu padre”. Desconozco la veracidad de la anécdota y los años que mi amigo, siempre confiado, tardó en aprenderla. Porque toda ella resulta inverosímil e imposible: ¿cómo va a ser posible que tu propio padre, que solo quiere tu propio bien, te deje caer? Ciertamente, la simple posibilidad de que algo así haya ocurrido repugna a los principios más elementales de la racionalidad moral, por lo que no resulta admisible como verdadero. 

La insoportable mendacidad cotidiana

En eso que se ha venido llamando la “filosofía de la sospecha” debemos a Nietzsche su insistencia en sustituir la preferencia griega y occidental de la vista por el olfato: la vista nos proporciona la constatación de la presencia objetiva e “incuestionable” de “la” realidad ante los ojos; el olfato, en cambio, nos exige, más allá de la saturación aturdidora de los ambientadores y de los olores “embriagadores”, el rastreo de los aromas ocultos, el cuestionamiento de lo presente, que ya no será sin más constatación inapelable de la verdad, sino enmascaramiento interesado. 

Desde fuera y a distancia

Por fin, hemos llegado a entender la motivación última de ese brote de codicia “impropio de su posición social” (al decir de algunos) que llevó a Iñaki Urdangarin a esa carrera frenética por obtener contratos cuyos beneficios “desviaba” a cuentas privadas: la adquisición del palacio de Pedralbes.