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Garrido is not Spain

Fernando Rodríguez
Blog de Fernando Rodríguez

Despertar a 120

Ahora que ya puedo hacerlo, lo reconozco. Confieso. No he cumplido con la norma de ir a 110 kilómetros por hora en las autovías y autopistas de este fantástico país.

Y por ahora, y cruzo los dedos hasta que me produzco un esguince en la falange (auténtica) de mi mano derecha y una distensión grado 3 en el quinto metacarpiano de la izquierda, no ha llegado a mi casa el amable cartero con una de esas máquinas endiabladas de hoy en día a que le eche una firmita sobre una pantallita cibernética.

Cierto es que tampoco he sobrepasado demasiado esa velocidad, salvo aquella noche en la que, a la altura de Alaejos, nadie me vio y di rienda suelta a las más bajas de mis pasiones. Mi coche, defenestrado hace poco más de un año mi nunca bien ponderado corcel verde, es de esos modernos a los que les dices a la velocidad que tienen que ir y, sorprendentemente, te hacen caso. A 123 le decía yo, por aquello del porcentaje al que saltaba el radar y esas otras leyendas urbanas, y a eso se ponía sin siquiera rechistar.

Reconozco que he acabado hasta un lugar pelín comprometido de los 110 de marras. Se ahorra, dicen y lo he comprobado, pero uno se aburre hasta límites insospechados. Entre el hastío y el dinero, lo segundo, ya saben, es lo primero. Especialmente en esas hiperrectas autovías mesetarias. Esas que te hacen preferir circular en una nacional de las de toda la vida y allí ajustar curvas a cierta tralla con la seguridad de que toda la plantilla del Cuerpo estará a pillar parné en las autovías vecinas.

Durante este tiempo de limitación he descubierto, eso sí, nuevos castillos, nuevas aves que yo creía en gravísimo periodo de extinción y que una hora ya no es el tiempo exacto en el que se llega del portal de mi casa al centro de Valladolid. También que si todos los coches llevamos el regulador a la misma y exacta velocidad es de todo punto imposible adelantar y que, por último, el secreto está en seguir a los coches de alta gama que te pasan a toda velocidad en plena recta castellana. Sus luces de freno son la mejor de las indicaciones para saber que ahí donde nunca lo podrías pensar, agazapado, entre la maleza, hay un radar chivato capaz de delatar a todo bicho viviente.

De si me parece bien o mal la decisión de volver a los 120, prefiero no decir nada. Desde el 15M, no sé por qué pero las palabras de ciertos políticos, como que me resbalan. Qué más me dan. Ahora sí, lo que tengo claro es que, incluso por encima de haber ganado el Euromillones del viernes, hubiera preferido ser el jefe de la empresa que cambia los carteles.

A 120, 133 en mi caso, podré volver a ir el próximo 1 de julio.

Espero poder hacerlo porque llevo unos días inhabilitado para la práctica de casi todo. La razón, una historia médica, que nadie se preocupe, poco seria y muy programada, que me ha dejado con la obligación de ver la tele, de lado, todo el día y gran parte de la noche. Sin demasiado fútbol que echarme a la boca, devoro tertulias de Intereconomía, el domingo me tragué el estreno de la nueva obra musical del irrepetible Kiko ArgĂźello y he comprobado que es materialmente posible consumir durante 14 horas consecutivas diatribas sobre la vida de los modernamente llamados famosos.

Contra la pared

El que avisa, o tiene prisa, o no es traidor. No sé cómo le irá al entrañable Chili. Los presagios, ciertamente, no eran buenos, pero cosas más difíciles se han visto. La pintada se puede disfrutar enfrente de mi supermercado favorito que, si pusiera publicidad en este blog, sería nombrado conveniente, pero cómo aún no lo hace, diré que es ese en el que las cajeras van maquilladas y los cajeros, además de automáticos, afeitados.

Música para llevarse a una isla desierta... o a Castellón

Un tipo que artísticamente se presenta como Sr. Chinarro tiene que tener dos cosas: grandes recuerdos televisivos de los payasos de la tele y una gracia de la leche. Lo descubrí no hace mucho, ya con barba y pelo cano, y sus últimos discos, me tienen loco. €œPresidente€, el último, sería el 41 en la lista de Los Principales. Por eso, y porque es buenísimo, me encanta. Ya quisiera servidor escribir la mitad de bien de cómo lo hace Chinarro, Antonio Luque en su vida privada, que encima va, y lo canta.

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