Fernando rodriguez original original

Garrido is not Spain

Fernando Rodríguez
Blog de Fernando Rodríguez

En fin

Me lo he pasado muy bien hablando de todo sin decir nada, desbarrando, desahogándome, autocensurándome lo justo, disgustando a propios y especialmente a extraños, gustando a otros y emocionando a los menos

Mi pequeño país

Flores para marilyn detail

Si por algo soy periodista es por “El País”. Desde bien  pequeño quise saber las cosas antes que nadie y contarlas al resto. Y me di cuenta de ello al leer las páginas de aquel periódico que mi padre me pedía que comprara al llegar la noche en nuestro quiosco de confianza. 

Agencia de colocación

No hay mejor manera de conocer la vida de una persona que colocando sus discos. Me tocó hacerlo la otra mañana y la persona, obviamente, era yo. Pánico ante las estanterías vacías, Billy por supuesto, las del IKEA de toda la vida, similar al que siento ante el folio en blanco. Empleé las cinco uvedobles famosas del periodismo. Esas que se responden solo de vez en cuando en cualquier artículo que no se precie. En esos que nos dejan hacer los ERES de turno de vez en vez. A la pregunta ¿Qué? lo tuve fácil: Mis CD’s. A la interrogación temporal, ¿cuándo?, mañana sabatina, respondí. El dónde me lo resolvió el empresón sueco de muebles que cambió mi vida. El porqué lo respondí con ¿y por qué no? a medio camino entre lo cortante y provocador. Y el ¿cómo? ¡Ay! el cómo. Pregunta clave. En casi todo. También en esto. Cómo colocar unas cuantas cajas de CD’s. Es decir, en qué orden hacerlo. Allá vamos.

Ispáster

Pese a que el nombre pudiera hacer pensar que Ispáster es la antigua capital del estado alemán de Schleswig-Holstein, nada más lejos de la realidad. Tampoco es ese lugar a medio camino entre Rohan y Mordor en el que Aragorn, €“el maño-, dio las tres voces. Ni siquiera está en la indómita comarca galesa en la que Tolkien se inspiró para inventar los anteriores topónimos del señor y de sus anillos. No, no. Ispáster existe. Y no es Teruel.

A que me tiro

Ahí estaba yo también como un tonto viendo al señor ese que se subió tan alto para tirarse luego. Pensaba en la cantidad de gente que me gustaría ver en esa misma situación, pero sin paracaídas ni nada, y me caí mal. Tirar vs. caer, dicotomía charrísima por antonomasia. ¡Ay que me caes! se oye cada tres por dos en el Garrido superficial. En el profundo, caes se transforma en cais para alegre solaz de nativos y ensimismada perplejidad de asimilados y visitantes. Dos horas y media llevaba viendo la tele prácticamente sin parpadear cuando, de pura claustrofobia, tuve que abrir la puerta del balcón para respirar aire; lo de puro llegaría después. ¡A que lo cais! escuché. Cerré. Antes asfixiado que vulgar.

Protestantes

Por fin cambió la religión dominante en este nuestro país. Ahora ya somos oficialmente protestantes. Como fieles cumplidores de estas nuevas leyes divinas, protestamos contra todo y con infinita razón en la inmensa mayoría de los casos. Solo falta ahora que, como nuestros hermanos en la fe del norte de Europa, nos dediquemos a alquilar casa en vez de a comprarla y no pequemos tan a la ligera a sabiendas del perdón instantáneo en el confesionario automático de la esquina más próxima. Protestan, luego cabalgamos.

Sí sabe, no contesta

Llaman a la puerta. Toc-toc, con la mano como la propia onomatopeya indica. Me fío de mi novísima cocina de inducción al asesinato y salgo a abrir. Compruebo braguetas, acicalo cuatro pelos rebeldes que lloran en procesión a los múltiples colegas desaparecidos y miro la hora. Como no podía ser de otra manera, no espero a nadie. Nunca. Ni a nada. No tengo reloj. Desde hace décadas, más o menos desde que tengo uso horario. El móvil de última generación me dice que son las 14:52. Compruebo que el dato es completamente irrelevante pero me ha pillado pensando en la respuesta a la típica pregunta del juez de turno. ¿Qué estaba haciendo usted el pasado martes a las 14:52? Abrir la puerta, su señoría.

¡Viva Catalunya!

Me llaman de muchas maneras diferentes. Insultos aparte, unos, la minoría, con mi nombre completo, los más, con mi abreviatura. No soy de disminuir ni de minusvalorar, pero confieso que me reconozco en ese simpático y cercano Fer. Cada vez más. El síndrome de Peter Pan en versión garrider. Solo dos personas que yo conozco me llaman Fernan, con exagerado acento en la e de Estado Español, y únicamente una, que yo recuerde, Ferran, mi nombre en catalán. Poco más me une a Cataluña, aunque bien pensado…

Luego insisto

Pienso, luego insisto. Insisto en pensar, luego pienso insistir. Luego, pienso en el que comen las vacas y lo veo rodeado de hierba y ubres, no necesariamente en semejante orden. Fallece Carrillo. Se nos van los mejores. También los peores y los mediopensionistas. Usted verá dónde lo pone. A mí, ya me lo recordaron un día, no me pagan por pensar. Cómprese, como hice yo, una armadura de relativismo moral. Las vende baratas el chino de la esquina. Tles pol dos, me ofleció, perdón, me ofreció el otro sábado cansado como estaba yo de tener un criterio recto para cada cosa. Piqué y he decidido habilitar el pasillo de mi casa como bien de interés cultural. Hago descuentos a grupos. Los martes y los viernes, sin aumento de precio, visita guiada al baño grande. Los lunes, corto y cierro.

De mayor

De mayor no quiero ser presidente. Ya no. Antes sí, pero ahora, no. Se adelgaza mogollón, se duerme mal y te quedas sin vacaciones. Haces lo que quieres, sí, pero sobre todo lo que no quieres. Explican fatal lo que haces y tienes que estar pidiendo perdón a todas horas y aclarando malos entendidos a cada minuto. No te entienden ni los tuyos, que los muy suyos son los peores, y los otros no paran de criticarte. Tus amigos ya no son tus amigos y los amigos de tus amigos se hacen íntimos enemigos. Sales en la tele y te peinan mal, te dan un traje de hace dos temporadas. Te hacen preguntas… ¡Tienen cada cosa estos periodistas! y contestas más o menos lo que te da la gana. Te han dicho que los apuros se solucionan con socarronería. La empleas. Al final de tu intervención, los que te iban a criticar te critican y los que tenían pensado aplaudirte te aplauden, aunque ni unos ni otros, los que te han visto, han prestado demasiada atención a lo que has dicho.