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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Vivir sin fuego

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Ya sea por las condiciones climáticas, por su virulencia y asiduidad o por su especial capacidad de destrucción en circunstancias favorables, pero los incendios que abrasan nuestros bosques laten con más frecuencia en época estival. A decir verdad nos hemos acostumbrado a su incómoda presencia, quizás también a contener su empuje con notable eficacia, y sin embargo lejos de ganar batallas perdemos continuamente guerras. 

Ya sea por las condiciones climáticas, por su virulencia y asiduidad o por su especial capacidad de destrucción en circunstancias favorables, pero los incendios que abrasan nuestros bosques laten con más frecuencia en época estival. El que menos puede sentirlas ahí fuera, al ojear desde su ventana, intimidándonos con sus mortales danzas. A decir verdad nos hemos acostumbrado a su incómoda presencia, quizás también a contener su empuje con notable eficacia, y sin embargo lejos de ganar batallas perdemos continuamente guerras.

 

España sabe hacer frente a las llamas. Con mayor o menor premura solemos minimizar sus impactos y apagar su fulgor. No obstante, el fuego es de esos enemigos de los, por sus características, jamás podremos extraer beneficios. Solo pérdidas, algunas irrecuperables. Con las llamas se han ido vidas y esperanzas, y pese a nuestro espíritu feroz nunca hemos hallado victoria alguna entre tanta ceniza. Porque al fuego en la foresta le basta con aparecer y crecer, para triunfar. Y es por esta esencia devastadora, reiterada y rotunda -más si cabe por ello- que los incendios son capaces de retratarnos y de mofarse de nuestro empeño. Los incendios representan una de esas contrariedades que reflejan las deficiencias estructurales y presupuestarias que existen en la actual gestión medioambiental; es decir, solo toman relevancia cuando su perjuicio es manifiesto, nunca antes de que éste pueda evitarse. Sí, somos tan categóricamente tenaces en la extinción de incendios, como infructuosos en prevención e investigación de los mismos. Y claro, así, el patrimonio se nos va por la boca y las monedas por el desagüe.

 

Es increíblemente curioso como la ausencia de planificación termina siendo negativa para el bolsillo y los bienes. A día de hoy seguimos gastando ingentes cantidades de dinero y esfuerzo en sofocar y apaciguar las llamas de los bosques en verano, cuando esas mismas masas forestales son abandonadas durante la mayor parte del año, dejando que germinen los detonantes de las pérdidas que devendrán. Es una declaración de intenciones absurda por nuestra parte, o sino ¿por qué un amplio número de comunidades autónomas han reducido más de un 50% en sus presupuestos los gastos en prevención e investigación - entre ellas Castilla y León-, todo ello siendo el fuego uno de los principales problemas ambientales nacionales? ¿Por qué no se implantan los necesarios planes de gestión en todas las masas forestales, hoy en su mayoría inexistentes? ¿O por qué no se pueden atajar algunas prácticas que actúan como detonantes de las llamas en el medio rural, a decir; quemas de restos agrícolas y matorrales en fincas y explotaciones? ¿O por qué no se implantan disposiciones jurídicas severas y serias que mitiguen y penen la intencionalidad -causa de más del 90% de este tipo de catástrofes en nuestro país-? ¿Y medidas idénticas para con las negligencias de ciertos colectivos tras los que se esconden sin disimulo intereses económicos o legales de diferente índole?  

 

 

Antaño el bosque convivía con el fuego al que dejaba hacer para encontrar su propia regeneración, hoy las llamas se apoyan en el administrador pasivo y el usuario perverso para asolar sin control el medio del que depende el propio ser humano. Y detrás de cada superficie arrasada existen infinidad de muertes de fauna y flora, pérdida de biodiversidad y fragmentación de los hábitats, destrucción vegetal autóctona, debilitamiento de las propiedades del suelo, desertificación, emisiones de CO2, daños y perjuicios al patrimonio natural y arquitectónico, erradicación de bacterias, nutrientes y hongos esenciales, incremento del riesgo de plagas y enfermedades… y así hasta un largo etcétera. Si entristece la muerte de un árbol, hay una huella trágica en la destrucción del bosque… al fin y al cabo, no se olviden, siguen haciéndonos falta para respirar.

Comentarios

Caragato 13/07/2015 13:30 #1
Lo único que si se ha conseguido es que la gente en general esté más involucrada en no tirar colillas o tener cuidado con barbacoas etc, pero..aún queda mucho por hacer con los de arriba no?

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