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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Un río y dos vertientes

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...He de decir que mi andanza fue desconcertante, a caballo entre la alegría y la pena. Entre dos vertientes. Había momentos en que mi mente siempre trataba de centrarse o en el majestuoso posado de la garza real o en la visión del revoloteo de varios milanos reales; pero existían otros instantes en los que mi vista, molesta, prudente y pendiente de mis pies, no dejaba de encontrarse con una imperdonable variedad de residuos de diferente índole arrojados vilmente a izquierda y derecha del camino, insultando con su presencia a cuantos chopos, sauces y álamos crecen junto al poderoso cauce del Duero...

El otro día me decidí a sustraer a la civilización una mañana de soledad en Castronuño, a orillas del Duero. Tan solo me iban a acompañar mis pasos, la curiosidad y una necesidad de franqueza que solo la naturaleza sabe dar. Sin demasiados rodeos me dirigí al Alto de la Muela donde, con la hermosa ermita de Santa María del Castillo a mi espalda y arrullado por el tarareo del viento en mis oídos, pude admirar el imponente meandro que marca el Duero a su paso por el municipio. Un paisaje espectacular. Desde allí descendí por la senda de los almendros, algunos centenarios, rumbo al curso fluvial y al encuentro de cuanta vida medrara por sus aguas. Sin embargo, junto a este espacio de enorme belleza, me encontré otra realidad de origen humano que contrasta con la primera: esa vertiente que está presente en las riberas vallisoletanas y que trata de arruinar con su inmundicia el encanto que debieran vestir nuestros ríos.

 

Por ello, he de decir que mi andanza matutina fue desconcertante, a caballo entre la ilusión y la desilusión. Entre dos vertientes. Había momentos en que mi mente trataba de centrarse o en el majestuoso posado de la garza real o en la visión del revoloteo de varios milanos reales; pero existían otros instantes en los que mi vista, molesta, prudente y pendiente de mis pasos, no dejaba de encontrarse con una imperdonable variedad de residuos de diferente índole arrojados vilmente a izquierda y derecha del camino, insultando con su presencia a cuantos chopos, sauces y álamos crecen junto al poderoso cauce del Duero. Recuerdo sobre todo un tramo en el que, mientras seguía con la vista la melódica formación de unos estorninos, me incendió el alma de ira observar dos latas de refrescos, una botella de cristal y varias bolsas de plástico flotando y alojadas entre el carrizo que rodea al observatorio de aves construido junto a la pasarela que acompaña la senda.       

 

Dos vertientes, como digo. De un lado, la riqueza paisajística; de otro, la impertinencia de las personas. Por lo que proseguí mi marcha otra vez con sentimientos encontrados. Y fue así que cuando dejé fluir mi mente, disfruté de nuestro Duero; anduve por su savia de incontestable viveza en verdes y ocres estivales y de palpitante biodiversidad, busqué -en ocasiones sin suerte- el origen del canto de esquivos pájaros y admiré el vuelo firme sobre la superficie del agua de cuantas aves se mostraban en esplendor. Más entre los veteranos almendros, en pleno regreso a Castronuño, mis ojos volvieron a tomar el mando cuando se toparon con más y más desechos. Una vez más había algo de basura, más restos de incomprensión con el medio natural, menos sensibilidad, menos respeto. Había de nuevo más deslealtad con el gran Duero -orgullo y bandera castellana-, y era deslealtad como toda esa que se halla aposentada y desperdigada por los arroyos y ríos que bañan nuestra tierra, debilitándolos.

 

Y al final del camino, entre luces y sombras, me entusiasmaron las criaturas que existen junto a este entorno y el entorno en sí mismo; por contra, también me pesó hondamente en el ánimo cada desperdicio que vi. Desde luego que la basura no puede borrar el incontenible atractivo de Las Riberas de Castronuño, pero sí es capaz de marchitarlo y deteriorarlo. Por eso me pesa la desafección que se tiene con el medio y sus habitantes. Me pesa la carencia de empatía con la naturaleza. Me pesa el escaso compromiso social y político con el medio ambiente, y me repugna la certeza de saber cuan fácil es inaugurar y qué “difícil” se antoja preservar y prevenir. Y me pesa que no se cuiden los ríos, que no se conserve nuestro Duero. Y así, toman vida los versos de Gerardo DiegoRío Duero, río Duero, nadie a estar contigo baja, ya nadie quiere atender tu eterna estrofa olvidada”…

 

 

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