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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Traicionado por un amigo

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Los españoles lideramos todas las listas europeas de abandonos de mascotas, con cerca de 300.000 animales al año. “Tenemos una política, intentar por todos lo medios que las adopciones sean en el extranjero”, me decía en su día una voluntaria de una asociación protectora de animales. Normal, pensaba yo, tras colaborar en repetidas ocasiones con asociaciones de esta índole. Lo cierto es que esos lugares reflejan que el drama es desolador.

El sol en el estío reclama con fulgor su momento. Irradia sin tregua, incandescente, sembrando los campos de fatiga. Solo a la sombra de la intensa luz que proyecta se halla el descanso. Es de día, recorremos el paisaje de norte a sur refugiados en un coche moderno, con aire fresco incorporado, gran capacidad sonora y posavasos cercano que nos permite una continuada hidratación. Es nuestro mundo; cómodo, personal y aislado del desapacible calor externo. Al paso por un pueblo, unos ojos afligidos y estáticos nos devuelven la mirada desde la ardiente calzada, reflejan soledad. Algo parecido nos ocurre en el siguiente municipio. Y el posterior. Una y otra vez; tras un barrio, una iglesia, en plena autopista e incluso nos los encontramos, distantes y apagados, en varios cuerpos inertes sobre la carretera. Es verano; el tiempo de abandonar a la muerte a nuestros perros y gatos.

 

España amanece, año tras año, con esta realidad normalizada, como si tal cosa. Es cierto que al final da igual el trimestre; en los tres existen razones para deshacerse de nuestros compañeros de viaje, es solo que en vacaciones tenemos la ocasión de darnos cuenta que nuestro territorio es un hervidero de estas instantáneas. Pueden ser perros pastores, mestizos, galgos, mastines, gatos siameses, cimarrones, pequeños, grandes, viejos, jóvenes… es indiferente, ninguno se salva y al final todos se quedan en la calle, a merced de esa terrible normalidad. No en vano los españoles lideramos todas las listas europeas de abandonos de mascotas, con cerca de 300.000 animales al año. “Tenemos una política, intentar por todos lo medios que las adopciones sean en el extranjero”, me decía en su día una voluntaria de una asociación protectora de animales. Normal, pensaba yo, tras colaborar en repetidas ocasiones con centros de esta índole. Lo cierto es que esos lugares reflejan un drama desolador.

 

 

Mas, no es necesario haber ayudado en organizaciones similares o visitar perreras para percatarse del terrible destino que soportan perros y gatos con esta naturalidad cultural española. Si recapacitan un momento, también podrán darse cuenta de esta certeza, incluso si consideran que esto no va con ustedes. Yo lo hago y es perturbador. Puedo ver los pasos de tantas y tantas criaturas perdidas, vagando por pueblos y ciudades, con el alma rota, buscando a su dueño de antojos mudables al que nunca encontrarán... También palpitan en mi memoria estampas mundanas que hablan de actos infames, cobardes y crueles contra esos cánidos y felinos anónimos, todos ellos nobles, cercanos, complacientes y confiados, que fueron dejados en este mundo por el hombre solo para sufrir su ira irracional y su incomprensión. Sí, es cierto; a los perros y gatos sin dueño les espera la larga agonía del deceso. Unos cuantos sucumbirán de hambre, sed o pena, otros tantos lo harán tras los golpes recibidos. También están los que mueran ahorcados o mutilados, quizás ejecutados por sus dueños, y por supuesto están todos aquellos que terminarán sus días esperando ser sacrificados encerrados en perreras con aroma a corredor de la muerte, apresados tras frías y desconocidas prisiones. No se trata de una revelación pesimista, es el grito de una franca realidad.

 

Esas miradas con las que nos cruzamos en algún momento de nuestro trayecto, siempre transmiten un mismo sentimiento: la carencia de esperanza y la absoluta tristeza. El hombre moderno, individual y egoísta, se resiste a encontrar el significado latente en otras historias diferentes a la propia, mucho menos intenta asomarse al relato que tienen que contar aquellos que carecen de voz; y sin embargo, cada vez somos más los que terminamos dando las gracias, en el momento del adiós definitivo, por haber tenido la suerte de compartir nuestra vida con los que ladran y/o maúllan; por su especial compañía, por su devoción desinteresada o por las obligaciones adquiridas con ellos que finalmente tanto nos permiten aprender y recordar.

 

Sé que el entendimiento es más sencillo tras la experiencia, pero el mundo sería más ancho si intentáramos respetar y valorar al máximo todos los seres vivos por el hecho de serlo. A todos. Lo contrario, amigos, es infame y diría que inhumano. Quién sabe, quizás si lo conseguimos hayamos alcanzado el último escalón en la búsqueda de la benevolencia absoluta, como describe la cita de George Thorndike Angell “A veces me preguntan: ¿Por qué inviertes todo ese tiempo y dinero hablando de la amabilidad para con los animales cuando existe tanta crueldad hacia el hombre? A lo que yo respondo: Estoy trabajando en las raíces.”

 

 

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