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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Donde debemos estar

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Tal vez reciclan, rara vez dejan residuos en la vía urbana o en el medio. Son, quizás, sensibles a la explotación masiva de la tierra. Puede que incluso sientan lástima por la desaparición de las especies o por el cambio climático. Sí, se sienten responsables y comprometidos con la naturaleza. Son esa clase de ciudadanos modélicos de los que debería haber más. Y, con todo, sin ser culpables, son cómplices del deshielo polar.

Un día cualquiera regresan a casa después de un largo día de trabajo. Ese día no es especial, de hecho seguramente sea un martes por su aparente insulsez. Se llevan a casa la carga de la responsabilidad laboral y familiar, pero no aceptan ninguna más. No la merecen. Porque pongamos que son consecuentes e intentan, en el mejor de los casos, cooperar en el desarrollo sostenible. Tal vez reciclan, rara vez dejan residuos en la vía urbana o en el medio. Son, quizás, sensibles a la explotación masiva de la tierra. Puede que incluso sientan lástima por la desaparición de las especies o por el cambio climático. Sí, se sienten responsables y comprometidos con la naturaleza. Son esa clase de ciudadanos modélicos de los que debería haber más. Y, con todo, sin ser culpables, son cómplices del deshielo polar.

 

Los son porque seguramente tengan más de 30 años o estén cerca de tenerlos, justo el tiempo que han necesitado las naciones desarrolladas del mundo –donde ustedes viven- para acabar con tres cuartas partes de los casquetes polares permanentes y hacer del hielo polar un bien en extinción. No se sientan excesivamente culpables, los causantes somos todos. Eso sí, de la preocupación no voy a eximirles. La verdad es que hasta este momento a personas como ustedes les bastaba con absorber esa porción de responsabilidad en el asunto que da la amarga degustación de lejanas imágenes sobre el deshielo debido a la continua emisión de gases de efecto invernadero, aún siendo nosotros quienes los generamos. Nada más. ¿No más?

 

Pero ahora el problema y la incumbencia es mayor -o mejor dicho, siempre fue enorme-, porque la autorización que otorgan nuestros gobiernos a las medidas de explotación despiadadas de las corporaciones sobre estos dos lugares, nos enseña el abismo, ya no solo ambientalmente sino con la visible aparición de conflictos bélicos que surgen de la pelea por la posesión de estos territorios. Y es que mientras los estados limítrofes con la Antártida y el Ártico tratan de repartirse el botín petrolero, pesquero y la soberanía polar, el resto de observadores asentimos como si semejante expolio no fuera con nosotros. En el caso de la Unión Europea es especialmente grave la indiferencia porque juega un papel esencial en el comercio mundial y en la lucha contra el cambio climático. El peligro de desligarnos de la presión que se está ejerciendo sobre estos auténticos reguladores planetarios -absolutamente necesarios-, incrementa la maldición a la que se enfrentan para sobrevivir e indirectamente nos advierte del riesgo que corremos si lo permitimos.

 

No en vano, la Tierra es patrimonio de la humanidad. Es el hogar de la especie humana, de todos nosotros. La naturaleza, al actuar como único sistema eficaz e interdependiente, depende de los Círculos polares y, por ende, nos demuestra que nuestra responsabilidad es esencial en su mantenimiento, en nuestra propia conservación y, en definitiva, en la repercusión global. De eje a eje. Y aunque no lo percibamos, el tiempo en estos gélidos y remotos emplazamientos pasa igual de rápido cuando trabajamos en la oficina, que cuando nos relajamos en el sofá. Y nuestro tiempo es este, al igual que el suyo. Y se va.

 

 

…Y la quema de combustibles fósiles continúa aumentando y siguen siendo la causa del efecto invernadero. Y el planeta sigue calentándose. Y la gran boca del capital sigue sin cerrarse. Y nuestras necesidades crecen. Y nuestra responsabilidad decrece. Y los casquetes se funden. Y las garras de la expropiación se afilan. Y se relamen. Y los peligros de vertidos allí, en los polos, se intensifican. Y los osos polares se quedan sin su mundo helado. Y también las focas y las ballenas. Y las migraciones se rompen y desorientan a las aves. Y la riqueza natural polar se apaga. Y la Tierra se desequilibra meteorológicamente. Y llegan las inundaciones. Y las enfermedades. Y las abejas y los abejorros se mueren. Y los anfibios. Y la temperatura continúa aumentando. Cada vez más. A más ritmo. Mucho más. Más rápido. Más insostenible. ¿Quieren llegar al colapso? 

 

 

 

Comentarios

Caragato 13/07/2015 13:24 #1
Todos tenemos nuestra responsabilidad, pero ¿qué podemos hacer por poner nuestro granito de arena para que no ocurra?

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