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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

De la razón al entendimiento

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Más allá del respeto a ciertas tradiciones, ninguna puede, por añeja que esta sea, anteponerse a la reflexión y al criterio del intelecto y el razonamiento. Ningún ser vivo merece ser torturado hasta la muerte por el simple regocijo de sus verdugos.

Cuando los sacerdotes griegos buscaban la complacencia celestial inmolando reses en sus rituales o en tiempos en los que los sacrificios romanos de diferentes animales conducían al favor de Saturno en las próximas cosechas, era común permitir al imaginario local prescindir de su raciocinio –dentro del escasísimo conocimiento de la plebe- y abandonarse en los festejos a la ignorancia colectiva para favorecer tales tradiciones, que, dicho sea de paso, se justificaban por la creencia de su influencia directa en los designios divinos. Tres y dos milenios después, con el conocimiento acumulado en nuestra era, eximidos de esa mitológica temeridad, escépticos de pensamiento y sin trascendentalismo mayor que el vano ocio, el perseguir, humillar, acorralar, alancear y matar a un animal indefenso –más aún a sabiendas (hoy sí con conocimiento de causa) del extremo sufrimiento continuado al que se le somete- no solo es un acto cobarde y repulsivo, sino que es inmoral y cruel. Llámenme raro, pero la gratuita atrocidad o la descarada insensibilidad hacia la vida, me producen aversión

 

Y no debo ser el único porque eliminar, mas allá de prohibir, el Toro de la Vega o el Toro de Coria -por citar casos de fragrantes anacronismos- se ha convertido en un acto reflejo que exige con ahínco la conciencia general como reivindicación básica de normalidad y madurez social. Por lo que el sumatorio exponencial de indignados crece. A decir verdad, veo que tras el ensañamiento y la ferocidad de sendas celebraciones subyacen perversiones mayores, y me pregunto si verdaderamente estamos todos de acuerdo en los cimientos esenciales que deben implantarse en una sociedad. Porque regocijarse y negar el enorme dolor y pavor que se impone en esos actos a una criatura desprotegida y desamparada, para luego querer ampararse en la tradición como única salvaguardia de semejante acto, es como permitir la tortura bajo nuestra atenta mirada y ser después ajenos al remordimiento por ser el ejecutado foráneo.

 

Ninguna tradición puede, por añeja que esta sea, anteponerse a la reflexión y al criterio del intelecto y el razonamiento. Ningún ser vivo merece ser torturado hasta la muerte por el simple deleite de sus verdugos. De no ser así, de permitir cualquier incuestionable padecimiento, de acceder a la brutalidad, de ser capaces de inmunizarnos a los quejidos y los gritos suplicantes, de caer en el sadismo, de transformarnos en despiadados e impasibles ejecutores; entonces deberemos jugar sin reglas y aceptar que un día nadie se identifique con lo que siempre debimos empezar a ser. Olvídense de la selva, allí hay reglas, allí no hay muertes sin equilibrio y justificación. Hablo de vivir en contradicción con la razón, y, afortunadamente, esa es una humillación difícilmente asumible y ponderable para la mayoría, por mucho que pesen ciertos votos.   

Comentarios

Carlos 30/09/2015 17:10 #2
Buenas Javier te sigo y estoy deacuerdo en muchos de tus articulos pero no me parecio la censura y tu imparcealidad en esta ocasion. Censuraste mi opinion. Que s tan respectable como la tuya.
carlos 28/09/2015 15:09 #1
Viva la censura de este periodico

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