Javier alvarez fari%c3%b1a original

‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Cuando defender es una obligación

Hace tres días que el norte de España arde con rabia, rabioso por sentirse utilizado y deshonrado. Día tras día pesan más en el medio natural las posibles y nefastas interpretaciones de la reforma de la Ley de montes, llevada a cabo por el PP, que ya podría estar cobrándose su primera víctima en la zona septentrional del país.

De la normalidad nos volvimos vulgares, ansiosos, perdimos la dignidad, la visión y ya todos fuimos ciegos de sustancia. Ya no queríamos ver por entre el viento y las hojas, que me dice el interior. Nótese mi queda melancolía de un alma rasgada por ver árboles arder; de ver vida pura calcinada. De ver mi Asturias en llamas. Y de ver tanta mediocridad e indiferencia ante tal fatalidad.

 

He pretendido ser solidario con ustedes y rendir cuentas con palabras a día puesto del 20D, para evitar dejar caer mis argumentos entre el taco de promesas electoralistas miserables. Tanta cordialidad vacía, lejana y envuelta en protocolo que, bien comprada, me ha mostrado la adjudicación incondicional a peso que hemos hecho de nuestras ideas, tal vez incluso hayamos cedido también la integridad, como si ambas ya estuvieran en venta por una elocuente seducción y su módica deuda. No quería sumarme a tal cosa porque la justicia -la implícita no la redactada- debe hablar sin condicionantes, fluir a través de la lógica y levantarse únicamente con la libertad de espíritu. Y por tanto no opinaré en sí de política, al menos no de la popular, sino de una herencia única amenazada por lo irracional del poder y su codicia.

 

Sé que mi discurso puede ser interpretado a su manera por sendas partes de las dos Españas, de su común rancia irreflexión arraigada -factor que sin duda sigue persiguiéndonos-, pero aún a riesgo de caer en el desagrado de aquéllos -y pese a tener el privilegio de estar generacionalmente distanciado de tanta oscuridad-, lo diré; me duele como un gobierno demócrata ha vendido nuestros montes al mejor postor, ha hipotecado nuestro patrimonio natural como si tuviesen derecho legal y ético de hacerlo y ha negado identificarse con el medio natural y cuantas criaturas lo habitan. Ahora, viendo el fuego, una vez más, al dolor se le suma la repudia.

 

 

Fuego intencionado y de consecuencias desastrosas

Hace tres días que el norte de nuestro país arde, especialmente Asturias, y cada vez veo con más claridad (fíjense si lo percibo yo que solo soy amante y usuario respetuoso y no tengo intenciones maliciosas, como lo comprenderán los oportunistas) las devastadoras consecuencias que la reforma de la Ley de Montes (llevada a cabo por el PP y que entró en vigor el pasado mes de octubre) pueden traer a nuestro medio ambiente. Entre ellas prácticas innobles y anacrónicas como son la apertura a la recalificación de suelos calcinados, coberturas legales que casi acaban con nuestro valiosísimo legado natural en el pasado.

 

Foto: www.que.es

 

La proposición de esta reforma fue ya en su día tomada como una medida radical, una propuesta interesada y desproporcionada y a la que se opusieron la práctica totalidad de los grupos parlamentarios –además de las cinco grandes organizaciones ecologistas: Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, Greenpeace, SEO/BirdLife y WWF- por ser “innecesaria” y conllevar “graves peligros de interpretación y posible especulación urbanística” y por suponer una “gravísima desprotección del medio natural”. No en vano es aplicable sobre cualquier monte abrasado. Pues bien, con más de un centenar de focos activos y provocados en Asturias, Galicia, Cantabria, Navarra y País Vasco durante el pasado fin de semana, puede ser que ciertos intereses no hayan tardado en actuar con toda su capacidad de aniquilación ante las oportunidades para la infamia que les brinda esta reforma.

 

Con indiferencia de si el paro asciende o desciende, de si la corrupción abunda en mayor o menor medida en según qué colores o de si las pretensiones soberanistas alcanzan su apogeo y metas, una cosa está clara; hay un escenario, el natural, que carece de ideología, del que todos nos beneficiamos y al que estamos obligados a proteger sin contestación. Porque es un préstamo y una herencia, nocabe la propiedad vacua sobre él. No hay justificación para los actos tan infames que están viviendo los montes asturianos, como no existe valor económico ni ganancia en influencias y autoridad que disculpe el abandono al que se ha visto sometido últimamente el medio ambiente, por lo que exculpar a un partido que tan fervientemente desasiste a la integridad del campo, del árbol y el animal me resulta una tarea imposible. Desconozco si Rajoy y su grupo conseguirán continuar cuatro años más, pero sinceramente espero que no sea así. Porque la naturaleza debe estar y debe prevalecer, tiene que existir, pues es primordial. Yo me niego a pensar que en mis montes y en mi propia tierra no haya cabida para otras criaturas porque la injusticia gobierna en mi país. 

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: