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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Carreras desesperadas

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La vida del galgo español es corta tras su considerada vida útil para la caza por lo que normalmente estos animales terminan abandonados, atropellados o malheridos. Otros tantos son ahorcados, quemados, disparados o golpeados hasta la muerte. La vida del perro en España es más dura que en el resto de Europa, tal vez de ahí el dicho, y la del galgo un poco más. Hablemos de ingratitud y conciencia, y quizás cambiando estos problemas y crueldades que no se ven y no se oyen mejoren otros tantos que sí se quieren ver y oír.

Carreras desesperadas

Apenas si raya el alba de principios de año. Es temprano. La luz es intensa. Brilla de salida, enciende las parcelas eternas e inunda sus infinitas herencias ocres y pardas, vastas fracciones de cultivo que inundan las explanadas. Se intuye un día inusual, casi cálido desde el despertar, no es el primero y por estas fechas tantos ya son muchos. Algo esta mal en el cielo, no es corriente. Quizás ya nada lo sea en este nuevo y loco mundo. Nuestro trabajo nos lleva destruirlo.

 

Pero ahora toca celebración, es el momento de los galgos, el que sigue sin fallar. Es una raza que reparte su gloria en porciones exiguas, de apenas un suspiro. Veloces, estos perros cruzan al vuelo los campos de labranza tras liebres asustadizas, escuchando el alentador bocinado de sus dueños y la algarabía de la fiesta que se dibuja en la distancia; allí pueden verse pequeños grupos a caballo y gentes observado ¡Incluso están presentes las televisiones!; todo son risas y espectáculo. A veces la liebre muere, el hombre ríe y el galgo triunfa. Mas en esta ingrata tierra que es la mía el honor para el galgo es del joven, del triunfador y sus potentes patas, al viejo le espera el olvido, cae en él, en la repudia y la inutilidad.

 

El galgo es una posesión con pocas responsabilidades, un medio para un fin, un artefacto orgánico capaz de ensalzar el ego humano. Y como tal, perecedero y desechable; las carreras son cortas y el prestigio voluble. Cuando las carcajadas y el jolgorio decaen -como siempre pasa-, de entre los hombres los hay quienes honran a estos veteranos campeones cuadrúpedos brindándoles su compañía hasta el final, y luego están otros muchos, muchísimos, que, desleales, solo se sienten en la necesidad y la obligación de arrojar a sus perros inservibles al olvido.

 

 

El olvido del galgo español es oscuro, cruel, violento y atroz, y allí no hay cámaras, ni ánimos, solo los gritos desesperados, aterrados, de quienes buscan inútilmente compasión donde solo hay crueldad, justificación donde solo hay sadismo. Basta dar un paseo por las protectoras españolas para poder mirar al olvido a la cara. Es un rostro de tristeza desmedida, de sufrimiento colosal y, créanme, hay muchas caras donde elegir. Solo tienen que querer ver por la consecuente realidad. Hembras y machos, castaños, albinos, atigrados… Las cifras de abandonos de galgos en España tras las temporadas de caza alcanzan límites alarmantes año tras año. Algunos de estos cánidos incluso se dejan la vida en la carretera poniendo en peligro la de otras tantas personas que nada tienen que ver con el cobarde y muy extendido hábito español de abandonar perros. Sí, español. Nadie abandona tanto como nosotros, nuestra iniquidad con los perros es lamentablemente muy conocida en toda Europa. De hecho, no son pocas las protectoras que intentan por todos lo medios que se adopten a sus galgos fuera de nuestro país.

 

Y sin embargo, en el maltrato animal, en su impunidad, siempre hay una vuelta de tuerca más monstruosa y es con la que nos encontramos los amantes de la naturaleza (los que solo observan, algunos bastón en mano, sin perturbarla, sin esperar nada a cambio) al caminar por ella; en ocasiones tropiezas con los cuerpos de estos inocentes animales calcinados, entre escombros (imagino que para borrar del perpetrador lo repulsivo y canalla de su desfigurada conciencia), o colgados inertes de las ramas de algún árbol, vileza para la que incluso hay una espeluznante expresión patria que me ha tocado oír: “ponerles a tocar el piano”, se dice por la rigidez de las patas traseras tras la infamia. Ambas son bajezas de otra época y aún así persisten en la actualidad, conviven con nuestra normalidad. Ante todo no imagino peor enfermedad para la sociedad que ciudadanos sin compasión, incapaces de sentirla, y leyes que los amparen. Ambas se pasean impunemente a nuestro alrededor por España.

 

 

Comentarios

Caragato 29/02/2016 10:10 #1
Son unos de mis fieles adversarios (caragato) pero la verdad es que siempre que he visto alguno por ahí "perdido" o por la calle son los perros abandonados que menos tiempo pienso que durarán sin dueños. Sin embargo si que he visto algunas personas paseando a Galgos que no son tan "de moda" pero supongo que si igual de perros al fin y al cabo. Muy buen post

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