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‘Entre hojas y huellas’

Javier Álvarez Fariña

Cantos al natural

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Es demasiado habitual la circunstancia de discurrir por espacios naturales, sendas y caminos, y encontrarse con personajes que se molestan con la presencia ajena, que hacen de esos espacios su propiedad y que entienden la naturaleza solo tras el ruido de un disparo. Y es erróneo. Hay diferentes formas de disfrutar del campo y lo primero es el respeto común al entorno y sus habitantes, y también a sus visitantes, que es lo que somos todos los seres humanos.

Es bello despertar arrullado por el canto de los pájaros. En verdad son criaturas que sueñan que son pájaros y se despiertan ángeles, como decían los versos de OwenTienen voces rítmicas, melódicas y colmadas de armonía, tan placenteras al corazón como elocuentes al sueño. Esenciales para los que presumimos de consumir sonidos puros y silencios urbanos. Animan a vivir una buena vida… Empujado sin desazón por esta trova natural, abandono mi cama, dejo mis cuatro paredes atrás y comienzo a caminar.

 

Es un domingo cualquiera, y como tal regreso al campo para respirar distinto. Doy un rodeo antes. Voy a plasmar en una urna mis rotundos desacuerdos. Dos concretamente. Espero mi turno en una cola humana, acordonado por ridículos disimulos. Cumplo con la papeleta y ahora sí, salgo y tomo el camino más corto hacia la arboleda más cercana, un pinar amplio e inmaculado. En mi transcurrir me complace ver que otros tantos han tomado mi misma senda; parejas, ciclistas, deportistas, perros, niños… el sol brilla y la pinada está hermosa. Pero está callada. Más adelante, unas siluetas oscurecen mi ánimo. Contrastan violentamente con la idílica mañana. Son tres hombres que visten uniformes cetrinos, cuadran miradas desafiantes y portan armas de fuego. Uno de ellos, el más mayor, de amplia panza, discute acaloradamente con un policía que pasaba por allí. Ya no ando tranquilo por el campo. Siempre la misma cantinela.

 

Me quedo plantado observando la escena. El policía en su coche, de espaldas a mí, habla con el voluminoso hombre armado, y percibo desafío en el semblante de este último cuando se da cuenta de que mi atención esta puesta en su rotunda presencia. Mantengo una actitud distraída mientras me voy acercando. Me siento en una piedra y espero atentamente. Y en esas que acierto a escuchar una frase "¡Qué vayan en bici por otro sitio o corran por otro lado!", manifiesta la voz del fornido portador de la recortada. Es una expresión tristemente familiar para mí en el campo libre. Y lo curioso de la expresión del cazador es que se la espeta con gestos ostentosos y su arma desenfunda al agente de policía, la única autoridad competente en esos momentos en el lugar. "Cojones tiene la cosa", pienso yo. Total, que me quedo allí plantado, con más razón que vergüenza, esperando mi turno de respuestas.

 

Finalmente, el cazador, tras tensos minutos, se marcha con su música a otra parte, mascullando maldiciones, sin entender porque le pedían permisos y explicaciones, caminando serenamente hacia su coche con el resto de su cuadrilla mortal, cada uno empuñando al hombro la brillantez de sus armas. Ya, entre curioso y encrespado me acerco al policía a que me explique la situación. El porqué de que a mediodía de un domingo, en un espacio natural de gran tránsito, junto al paseo que hacen entre arbustos y arboledas padres junto a sus hijos y demás usuarios, en un área que ni es coto ni lo parece, hay tres individuos armados hasta los dientes disparando a conejos y demás criaturas del bosque, como si tal cosa. El policía -muy amable, educado y cordial- me responde resignado que tienen un permiso especial de la Junta de Castilla y LeónUno fuera de veda y coto. Misma respuesta, iguales condiciones, diferente paraje e idénticas víctimas. Lo que yo pensaba. La mierda favoritista habitual con este colectivo.

 

Al rato, después de que cazadores, ciclistas, niños, perros, parejas y el agente desaparecieran, me quedé pensando en la respuesta del policía. No puedo decir que me sorprendiera, la verdad; de hecho, la esperaba. La he escuchado demasiadas veces. Es simplemente que sigo sin entenderla. No ya porque me resulte ilógico que se permita a particulares llevar a cabo la gestión cinegética con total impunidad y sin control sobre todo tipo de especies, ni porque además se consienta que éstos lo hagan lejos de cotos de caza, ni porque puedan blandir armas y disparar verdaderamente cerca de la gente y hacerlo una jornada dominical con el beneplácito de los legisladores, es que además no comprendo la actitud de indignación del cazador ante semejante disparate. No ocurre siempre, pero sí en muchas ocasiones. Excesivas. Y es una soberbia propia de quien caza en sus dominios. De quién se ve seguro en lo que hace. Una tiranía proporcionada por las instituciones, aunque sea una injusticia flagrante.

 

El monte, los bosques, el campo, los espacios naturales… son bienes para todos, solo las normas irregulares implantadas por intereses creados evitan eso. Solo esas normas defectuosas dejan ejercer el despotismo que a menudo pasean determinados hombres armados. Pero a mi ya no me echan más, porque como escribía un tal Víctor Hugo, no hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia. El respeto ha de ser mutuo o de lo contrario no se respeta el acuerdo por ninguna de las partes.

 

Así que, al final me acerqué al lugar donde se habían despachado a gusto contra un grupo de conejos. Molesto con el trance y las circunstancias, y me acordé del epitafio que un ilustre romántico dedico a un animal “aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y tuvo todas las virtudes del hombre sin ninguno de sus defectos”. ¡Qué gran verdad y qué lección de humildad!. La que le falta a unos cuantos. Y allí me quedé, en mi sitio, pensando, resguardado por la sombra de una conífera, con el viento soplando de frente, esperando que regresaran los cantos de los pájaros que tan agradablemente me habían despertado horas antes.    

Comentarios

Cnchita 01/06/2015 20:10 #1
Como siempre,dices verdades ,que muchos,no quieren oir ,si q hablan del medio ambiente como muy progresistas y la mayoria le importa trs cominos.Cazador a sus cotos vigilados.Que dejen a los gestores ambientales hacer su trabajo. Hoy se pide para todo cursos e informacion ,cualquiera no puede llevar armas.

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