Emiliano tapia original

Entre barrios y exclusión

Emiliano Tapia
Del barrio, de narcotráfico, de instituciones y mucho más...

Me duele en el alma

Noviembre de 2010, Juan Carlos llega a nuestra casa de Buenos Aires. Le habían puesto en contacto con nosotros y estábamos dispuestos a abrirle la puerta. Venía de León con 19 años de Cárcel tras él. La mitad de su vida. Tiene cuarenta y dos años. Desde los seis años camina sólo por el mundo ya que sus padres fallecieron y de su único hermano nada vuelve a saber.
Es natural del Barrio de Vallecas, en Madrid, tierra de dolor para miles de madres que sufren y luchan sobre todo en los años 80 y 90 por la muerte de sus hijos como consecuencia de las drogas.

Esas navidades de 2010, Juan Carlos las disfruta como nunca, pues no recuerda haberlas celebrado con alguien a lo largo de su vida. Este año, fuera de las paredes del C.Penitenciario puede hacerlo y por esta razón canta, baila, sonríe, ¡disfruta!, esta es la palabra verdadera.

Estrena un nuevo año, una nueva vida, y de la misma manera que disfruta, con la misma ilusión participa y hace grupo. Contagia con su chispa dicharachera y su sonrisa de niño pícaro que está estrenando una nueva manera de estar y vivir la vida.

Desarrolla algunas inquietudes de aprendizaje, pero sobre todo intenta contagiarnos de la sabiduría de su gente, de aquellos con los que ha estado siempre, “drogatas”, “hijos de la noche”, “Presos”, “talegeros”,...

Y... la misma mala suerte le pudo de nuevo. Abril de 2011. Juan Carlos no aguanta más. Le puede su pasado, su larga y dura historia de vida. Se vuelve a enganchar a esa maldita droga de la que unos pocos se lucran sin conciencia. No es capaz de hacer otra cosa.

Retoma su vida pasada. El gran dragón de la droga le espera de nuevo. La calle parece el destino de su cuerpo enfermizo sin vuelta atrás. Otra vez “a buscarse la vida”, consumo, viviendas abandonadas para cobijarse,... vuelta al lugar donde lamentablemente aprendió a vivir de esa manera.

Junio de 2012, parece que no puede más y se lo piensa. Es una difícil elección para él. Sí. No. Sí. No. Esta vez a vencido el sí. Nos pide volver a compartir su vida deteriorada en nuestra casa. A pesar del SIDA, de la dificultad de pasar el “mono”, de la hepatitis que lleva consigo, hay que tener valor para querer reemprender su vida. Y él lo tuvo.

Le acogimos, de nuevo, entre nosotros. ¡Qué bien!, ¡Juan Carlos, ha vuelto!

Pero duran poco tiempo sus fuerzas y su ánimo. Poco más de un mes. En el mes de Agosto ya no aguanta más y decide irse para pasar la que ha sido la etapa final de su vida. Más de lo mismo, droga, desestructuración, precariedad, soledad, tumbos y más tumbos. Nos duele, y mucho, cómo no, pero respetamos su decisión arrastrada seguramente por tantas causas a las que no hemos sabido dar respuesta. Comienza a recorrer la última etapa de su camino.

Septiembre de 2011. En una de tantas “peripecias” y situaciones, unas veces provocadas por él mismo con sus “colegas”, otras porque así reaccionamos el resto de la sociedad y siempre porque estas personas necesitan la droga “como el pan de cada día”, recibe un tiro de pistola en su cuerpo. Pasa por el hospital. Pero apenas cinco horas después de la hospitalización, le puede el “mono” de la droga, pide el alta y lo abandona.

Así comienza el final del final. ¿Cuántos de nosotros hubiéramos aguantado? ¡Qué valor!. A trompicones y con su dolor inmenso, es consciente de su final. “Emiliano, cualquier día me encontrareis muerto”, me dijo pocos días después del lamentable incidente.

Se encontraba en una casa derruida y abandonada. Dio la voz un compañero de fatigas. Llevaba varios días muerto. Abandonado de todos y por todos. Hasta de los mismos compañeros, que no amigos, porque en el consumo de la droga o del alcohol no hay amigos; sólo hay colegas.

Le hemos recordado. Le hemos dedicado un fuerte y caluroso aplauso en su memoria. Le hemos recitado unas poesías de Miguel Hernández y de nuestro querido Rufino. Pero no puede desaparecer de nuestra memoria y recuerdo el rostro y los pocos días, apenas meses, entre nosotros, de Juan Carlos.

Cada vez que esto sucede, una pregunta que no podemos quitarnos de encima, ¿es que no pudimos hacer más? Cuántos Juan Carlos han muerto víctimas de una sociedad de ambición extrema. Víctimas de negocios inconfesables que se permiten por la dejación total en querer afrontar las causas de la situación de estas personas. Víctimas del individualismo y el silencio cómplice de la gran mayoría de esta sociedad. Víctimas de la ausencia de recursos adecuados para dar respuesta a los derechos elementales de estos seres humanos.

A nuestras autoridades más cercanas, ¿dónde está ese lugar digno y público en Salamanca para acoger con todo el derecho a estas personas que ya no pueden ni con su alma, para que no les condenemos a estar bajo puentes o en tantas casas y lugares abandonados?

Alguna pregunta más. ¿Será que alguna de estas historias, cuentan, en particular, para muchos de nuestros políticos, tan afanados en este tiempo electoral en pretender dar soluciones para cambiar esta sociedad?. Esta, seguro que no les ha interesado. Probablemente, una gran parte de ellos, están cegados por otras historias llenas de intereses económicos y de poder, pero vacías completamente de humanidad.

Juan Carlos, solamente pudo saborear desde niño la soledad y probablemente dos de las situaciones más duras, más estúpidas y más inútiles de esta sociedad: droga y cárcel. ¡Qué pena! Como dice Galeano, él sí que era de los “Nadies”, de “los que no cuentan”. ¿Hasta cuándo tantos “Nadies”?

Espero que en elecciones no esté fuera de lugar el poder reflexionar en voz alta estas historias. Perdón si no es así y continuemos “disfrutando” de este circo electoral.

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