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Enrique Cabero
Blog de Enrique Cabero. Portavoz de PSOE Salamanca

Abuelas

En marzo, con motivo del Día Internacional de la Mujer, organizó ZOES (todo un ejemplo de participación ciudadana y construcción humana de ciudad) un acto de homenaje a las abuelas. Participé encantado y disfruté con las intervenciones de Emilia Riesco, de Inma Cid, de Gracia Sánchez (una de las premiadas) y de las abuelas que allí se reunieron.Estuvimos recordándolo entre amigas y amigos en un entrañable encuentro de los tertulianos de Punto Radio que se celebró en la misma sede. Me lo pasé muy bien entre tantas personas admiradas y de las que aprendo mucho.
¡Qué sería de la llamada conciliación de la vida familiar, laboral y personal sin abuelas y abuelos! Los poderes públicos, y esto hay que corregirlo, no son capaces de garantizar los derechos reconocidos en esta materia y las abuelas y los abuelos los suplen con su cariño y buen hacer, seguramente sin el oportuno reconocimiento social.

No puede olvidarse que “los derechos de conciliación de la vida personal, familiar y laboral se reconocerán a los trabajadores y las trabajadoras en forma que fomen¬ten la asunción equilibrada de las responsabilidades familiares, evitando toda discriminación basada en su ejercicio” (artículo 44.1 de la Ley Orgánica para la igualdad efectiva de mujeres y hombres). Sí, los derechos de conciliación lo son de trabajadores y trabajadoras, porque las responsabilidades familiares corresponden por igual a los hombres y a las mujeres.

No obstante, por la arbitraria e injusta distribución histórica de papeles en la familia, en la pareja, y por el acceso solo relativamente normalizado de las mujeres al mercado de trabajo, estos derechos principalmente se ejercen, aún con dificultades notables, por las trabajadoras. En consecuencia, ha llegado el momento de rectificar las con¬fusiones interesadas a las que ha llevado una aplicación machista y poco cuidadosa de estas previsiones.

No me resistí, así las cosas, a repetir a mis colegas que, como decía y he insistido oralmente y por escrito en numerosas ocasiones, los abuelos y singularmente las abuelas se han convertido en la piedra angular de un modelo de conciliación que en la práctica deja mucho que desear. Quizá por eso las abuelas protagonizan más campañas publicitarias que nunca.

No es nueva, sin embargo, su presencia en los anuncios. Algunos creativos encontraron en ellas un filón e intentaron imponer un estereotipo simplón y pleno de rasgos deplorables. Parece que esos rasgos se van revisando, aunque no sé bien si por convicción o por razones vinculadas al poder adquisitivo y a la decisiva influencia en la elección de los productos de consumo cotidiano. Las abuelas emergieron en los guiones como el emblema de las posiciones más retrógradas y contrarias a la innovación, empeñadas en que sus hijas o nueras frotaran y frotaran hasta lograr blancos imposibles en sábanas y manteles. Nadie odiaba tanto la liberación de la mujer, ni siquiera los sufridos y no menos machistas abuelos.

Sus cabellos canos, exageradamente cardados, y su ostensible sobrepeso representaban en el spot la temida imagen de la oscuridad intelectual y el desasosiego de una pesadilla. En este contexto se consideraba el súmmum el recordatorio de la “infernal” doble condición de abuela y suegra.

Se dieron cuenta del error y la transición hacia la realidad, así como la superación de clichés discriminatorios, han llevado a reconocer que las abuelas saben más de lo que creían algunos publicistas y a dejar de confundir a la sociedad con mensajes trasnochados.

¡Atención!, el lobo de Caperucita nada tiene que hacer con las abuelas contemporáneas. Son mujeres cultas, inteligentes, independientes, sensibles, valientes, generosas e incansables. Rezuman sabiduría. Han trabajado y trabajan por la igualdad y saben más de la revolución que muchos de los que a diario teorizan sobre ella.

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