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Victorino García Calderón
Blog de Victorino García

Sao Miguel Da Guarda

Este mes he viajado dos veces a Portugal. El primer viaje lo hice, junto a varios de mis compañeros de trabajo, comenzando en coche hasta Pocinho y después en tren hasta Oporto. El segundo, sólo en coche hasta Sao Miguel da Guarda, Más conocida como Guarda, a secas. En ambos tuve un trayecto común hasta la zona de frontera -con minúscula- que dirían unos, o La Raya -con mayúscula- que dirían otros.
¿Por qué esa diferencia en el trato lingüístico? Simplemente me lo pide, fronteras hay muchas, y no sólo políticas, pero Rayas… no conozco un concepto más apropiado para esta zona común que son los confines de “nuestra España” y “su Portugal”. En cierto modo, es una zona con identidad propia, basada en la cooperación, fusión y confusión de las personas y quehaceres de uno y otro lado de tal importancia que, posiblemente sea el máximo exponente de insumisión a las normas nacionales de aquí y de allá.

El número de matrimonios habidos entre personas de los dos países es numeroso, no sólo ahora, sino cuando se compartía dictadura (cada lado la suya) a mediados del siglo pasado. Fue zona de “estraperlo” y aún recuerdo cómo se pasaban sin declarar múltiples productos para la despensa de los hogares, sobre todo café torrefacto. “El Dromedario” creo recordar que se llamaba uno de ellos, que no debía ser muy bueno, pero cuando se ponía a cocer en el puchero, olía toda la casa a Portugal.

Cada vez que vuelvo al país hermano, vuelvo al país de la “saudade”, al país que ha dado al mundo de la música esa maravilla y monumento a la melancolía que se llama fado y, sobre todo, a reencontrarme con mi esencia fotográfica, vamos, que me cargo las pilas, fotográficamente hablando.

Si el viaje a Guarda de este pasado fin de semana fue una delicia, se lo debo, primero, a Valentín Cabero, que me llevó y me trajo subido en la alfombra mágica que es su didáctica conversación, segundo, al motivo en sí, que no podía ser otro que la inauguración de una exposición fotográfica sobre la cooperación transfronteriza, titulada “Transversalidades” en la que fotógrafos de uno y otro lado han intentado plasmar la relación y la razón del hermanamiento entre las dos comunidades. Y en tercer lugar, al delicioso paseo que dimos por el casco viejo de Guarda, intentando desentrañar sus más recónditos secretos y que estoy dispuesto a repetir con quien quiera, siempre y cuando me invite a comer en el bar-restaurante “O Ferrinho”.

Según puedes ver en el resumen fotográfico adjunto (*) después de comer empezamos la visita viendo la expansión de la ciudad en los siglos XIX y XX, con sus edificios post-decó un tanto fascistoides, pero también con sus construcciones típicas de granito que dan un porte consistente a una ciudad encaramada a la Sierra de la Estrella. Atravesando la muralla nos encaminamos a la plaza dominada por la catedral-fortaleza y allí pudimos admirar entre risas la gárgola antropomórfica con el agujero del trasero apuntando para España signo inequívoco de que no podían vivir sin nosotros.

A continuación nos encaminamos al cementerio, mitad religioso, mitad laico, en el que destaca una tumba en forma de pirámide de dedicada a un médico benefactor y de librepensamiento junto a panteones que se pueden ver por dentro y que se prestan a la confusión de nombres de familias españolas de infausto recuerdo para algunos de nosotros. Volvimos al centro de la ciudad adentrándonos en la parte más vieja en la que pudimos ver calles en las que abundan casas de comidas que aún conservan el sabor del pasado, más tarde llegamos callejeando al antiguo barrio chino, hoy rehabilitado con dudoso gusto por el atrevimiento de algunos “neoarquitectos” expertos en sacar esquinas de madera de casas cúbicas de piedra, para pasar por barrio judío y volver de nuevo a la plaza mayor de la ciudad con sus soportales y de ahí a las calles más comerciales.

De una de ellas sale la pequeña calle de La Paz en la que se divisa al fondo la única taberna que queda en toda la ciudad, no me refiero al ínclito bar que blasona el arco de la muralla que da entrada al casco viejo, llamado de una manera que invita a entrar: “Cantinho do Ceu” , sino a la “Taberna do Benfica”, situada a las espaldas de aquel, en la que, además de charlar con los ancianos dueños, te puedes tomar un “copo de vinho doce” al estilo del de Oporto, un tanto empalagoso y servido en unos vasos no aptos para escrupulosos, pero que te trasladan, tanto el vino como el local, a casi dos siglos atrás.

Toda una experiencia. Con el dulzor en el paladar nos dispusimos a inaugurar la exposición, con discursos incluidos, en un magnífico edificio que, en su día, fue palacio del Obispo y hoy es Casa de Cultura, el cual está situado frente a un conjunto de casas en las que, correlativamente, se abren hueco un número de ventanas por piso, igual al número de orden de la casa que las contiene, así, en la primera casa en cada piso hay una “janela”, en la segunda, dos “janelas”, y así sucesivamente hasta la quinta. Seguidamente nos dispusimos a retornar a Salamanca antes de que la niebla se adueñara de la carretera, sobre la que volvimos a disfrutar de una conversación geográfico-político-festiva. Una gozada.

Del primer viaje a Oporto en tren y de las sensaciones cromáticas que proporciona, hablaré otro día.

A seguir…

(*) https://plus.google.com/u/0/photos/115014169192007066581/albums/5680529140288611137

Victorino García Calderón
Profesor del mirar y fotógrafo.

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