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EL JARDÍN DE HÉRCULES

Eduardo Blázquez

LAS MARIPOSAS desde el Gabinete NEOGÓTICO

Las Mariposas de las tinieblas, entre el aire y la ascensión, remiten al gabinete de cristal neogótico; el sueño de la crisálida se alimenta de la metamorfosis y se verifica en el poder liberador de Jodie Foster, Kristin Scott Thomas y Elías Aguirre. Las actrices y el coreógrafo-bailarín articulan la estética de la inquietud desde su poder cambiante, sus procesos de expansión y de la fantasmagoría ilustran los ojos de luna para revelar las transformaciones inconscientes de las creaciones. Los cuerpos de Jodie Foster, Elías Aguirre y Kristin Scott Thomas, alimentan territorios sin disfraz; la piel de los desiertos y de los páramos muestra la invisibilidad de los enigmas cambiantes.
El espectro luminoso de Judie, Kristin y Elías, como en Odilon Redon, ensalza las imágenes de las arañas y de las mariposas que, como ramas de árboles, llevan a las pantanosas miradas basadas en las transformaciones internas de los insectos.

 


Elías Aguirre logra la espiritualización de los Insectos, se identifica con sus mundos y los emula para proyectar sus coreografías, ensambladas a espacios escénicos abandonados ante la poética de las ruinas. Elías, como bailarín y coreógrafo, proyecta desde el cuerpo la permutación de los insectos en lugares suspendidos para plasmar la soledad en el laberinto urbano; ensamblado al paisaje, el bailarín se nutre de los insectos, observados con detalle, para narrar y hablar desde las expresiones y gestos del cuerpo dinámico.

 


Las manos de Kristin se tornan en movimientos y gestos de insectos, de hormigas nutrientes y creativas, siempre en marcha y atentas a los sonidos. Los insectos establecen la unión de la tumba y la cuna para reconstruir una nueva crisálida, símbolo de intimidad y de reposo. La metamorfosis, con su fruto, se convierte en morada íntima, un diminuto espacio de contrastes con los abismos canalizados en los bellos rostros de las dos actrices.


Los animales y sus movimientos, entre las pulsiones arcaicas, se relacionan con las oquedades y las cavas, perforaciones que en el Surrealismo y en Dalí se explicó, en parte, en las pulsiones de Eros. El sistema de hormigueo y la larva representan un movimiento caótico y anárquico, todo insecto es larva, así se representa en el folklore y en las tradiciones. Las alegorías y las analogías de la crisálida de la Muerte, como máscara simbólica que se identifica con la mujer enigmática, son emblema de muerte en Eros y se revela con ímpetu en la película “Un Perro Andaluz” (1929), de Buñuel-Dalí. Las pulsiones del deseo llevan a Eros, partiendo de Wagner y de Isolda, ante la danza de los putrefactos.

 


Entre las tinieblas y la agitación de la larva, las bolsas, que sirven de nido a las larvas, verifican la veneración ritual explorada en la cueva subterránea, en el sepulcro indivisible. En la película “Ángeles e Insectos” (1995), el director Philip Haas parte de una novela con intensos personajes femeninos que se comparan e identifican con insectos. La película está basada en un relato gótico de A.S. Byatt, quiere descubrir el universo de un coleccionista de insectos, desde las aproximaciones al pensamiento ilustrado de una dama amante de Milton, papel interpretado por la mágica Kristin Scott Thomas; Kristin es Matilde, una mujer culta, escritora y librepensadora, ella estudia una colonia de hormigas con la fascinación de una científica sensible. La mansión victoria de la historia se identifica con un hormiguero y con una colmena, es decir, es una casa giratoria con frentes que explican los comportamientos de los seres humanos identificados con los insectos, alimentados por las mariposas como símil del cielo y de luna.

 


En “El silencio de los corderos” (1991) de Jonathan Demme, Jodie Foster interpreta a Clarice; para enfrentarse al poderoso mundo de las cuevas y de los lugares subterráneos, ella logrará salir de la crisálida al liberar a la joven secuestrada del coleccionista de mariposas. Las imágenes de la película, repletas de simbolismo, se amplían con los indescriptible trabajos de los actores, primeros planos poderosos que permiten entrar en los ojos-larva de Jodie Foster, dama inteligente e inocente que enriquece al personaje de la novela de Thomas Harris, velando su boca con la crisálida de Buñuel uniéndola a Ovidio.

 


La fantasía, como mensajera del inconsciente, intensifica las visiones de Elías, que impulsa las variaciones de las pinturas con hormigas de Dalí y de las fascinantes imágenes del gran David Cronemberg, director de “La Mosca” (1986). Elías, como en “Vacas” (1992) Julio Medem, crea desde el ojo, convertido en un hormiguero-túnel, el viaje ultramundano.

 


El vínculo de la gruta-túnel con la luna traza un itinerario que se completa con las visiones de los ojos bañados de néctar; el ritmo establecido por la flor, la luna y la noche, lleva a un ciclo esférico traducido en las coreografías de Elías, síntesis de los opuestos que, como las semillas y los frutos, alimentan la crisálida con poder directo para engendrar el cuento de la transformación, de la elevación al mundo de las mariposas, al refugio de luz, una síntesis de espacios abiertos y cerrados, sueños de emociones, una búsqueda en el interior de crisálida.

 

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