Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Una novia de verano

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Para un chaval de ciudad, el mayor símbolo de libertad absoluta estaba en el pueblo. Allí no había límites. Sólo necesitabas una bicicleta y un espíritu audaz para vivir las mejores aventuras del verano.

Cuando era pequeño, mi radio de acción para trastear en la calle era bastante reducido. Se limitaba al parque de la comunidad de vecinos, la plaza anexa o, en días de colegio, el patio de la escuela. Todos ellos lugares cerrados, con unos muros que quitaban enseguida las ganas de abrir las alas y echar a volar lejos, aunque sólo fuera un instante. 

 

Para un chaval de ciudad, el mayor símbolo de libertad absoluta estaba en el pueblo. Allí no había límites. Sólo necesitabas una bicicleta y un espíritu audaz para vivir las mejores aventuras del verano. Para mí, el estío era el pueblo. Desde las excursiones al pueblo de al lado bajo un sol de justicia para darte un chapuzón en las piscinas municipales, a las pachangas en un campo de futbito lleno de baches en el que se ponía en juego rótula, tibia, peroné, e incluso cadera, en cada disputa de balón.

 

En el pueblo fumé los primeros cigarros furtivos, escondido tras los chopos de la arboleda del río. Cada calada a un 'trujas' robado a traición a mi tía era una bocanada de aire envuelto en libertad. La sensación de que dejabas atrás al niño acostumbrado a la seguridad extrema en la gran ciudad. El llevar tabaco y mechero en la riñonera te aportaba cierta jerarquía, como cuando un soldado raso adquiere su primera condecoración al valor. En este caso, se premia la valentía de desafiar a las normas establecidas. 

 

Ni los macroconciertos ni los festivales veraniegos podían con la fuerza de una verbena en las fiestas patronales del 15 de agosto. Las primeras noches de jolgorio y desenfreno. Cuando eres joven empiezas dando todo en el pase de tarde, con pasodoble y ranchera incluidos. De adolescente, avanzabas posiciones entre el gentío y arañabas unas horas al reloj, aunque fuera bajo supervisión paternal. Y con la mayoría de edad, terminabas debajo del escenario pidiendo "una de los suaves" para la Peña 'El Garrote'.

 

Y cuando agosto terminaba, el pueblo se iba vaciando de coches con matrícula de Madrid o Barcelona. A los pocos días, eras tú el que estaba montado en uno de ellos, de vuelta a una realidad opresora y dictatorial, regida por horarios intempestivos, libros de matemáticas y castigos sin consola. 

 

"Tu libertad termina donde empiezan las de los demás", reza el dicho popular. Dudo que haya persona más libre que un niño en un pueblo. Para un chaval es como una novia de verano a la que esperas todo un año y cuyo amor sólo dura tres meses.  

 

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