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El callejón de Hamel

Fernán Labajo

¿Tú también, Plantío?

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Esta semana hemos conocido que el Estadio Municipal de El Plantío también tendrá una reforma integral después de 52 años de historia y unas cuantas décadas sin un lavado de cara considerable. Muchos no tendrán ni idea que este mítico campo burgalés, por donde han pasado jugadores de la talla de Juanito, Laudrup, Butragueño o Maradona, es uno de los pocos que mantiene ese estilo del fútbol antiguo, retro.

Odio el fútbol moderno. Ya está, ya lo he dicho. No por que no me guste que los avances de todo tipo le hayan dotado de más velocidad, ni siquiera porque se haya convertido en un negocio. Es algo que, viviendo en una sociedad capitalista, tarde o temprano iba a suceder. Simplemente es porque siempre he pensado que el fútbol es como lo vivimos de pequeños. En este sentido, sólo hay dos posibilidades: O este deporte ya no es lo que era, o yo me estoy haciendo viejo. Bueno, también cabe una opción que contemple una mezcla de las dos anteriores.

 

Hay muchas cosas que me repatean. Me molesta que yo tuviera que tirarme al suelo en campos de tierra para que un ojeador sólo se fijara en el hijo del empresario más rico del pueblo, mientras que ahora los ayuntamientos se gastan dinerales en hacer los campos de hierba artificial para que todo el mundo pueda dar mil toques como el Barça. También se ha perdido el oremus con las botas. Ahora son de mil formas y colores, para pronadores, supinadores y hasta exploradores. Antes sólo existían las Copa Mundial (las mejores y elegantes de la historia), que costaban una pasta y que llevaban todos los jugadores, el entrenador y los árbitros.

 

Pero, al margen de todo esto, me repatea que la mística del estadio haya terminado por completo. El fútbol en directo lo era todo. Ibas al campo con una manta, un gorro, un plumas y una bufanda que tu equipo hacía especialmente para la ocasión, sino te la cosía tu madre a última hora. Limpiabas los asientos y ponías el periódico para no mancharte el trasero. Llevabas tu bocadillo y el transistor porque los partidos eran a las cinco de la tarde, no a las ocho, ni a las siete y cuarto. A las cinco, después de la paella de los domingos y la siesta de papá.

 

Llevabas un balón, y si no alguien te lo hacía llegar desde el exterior para que en el descanso pudieras dar cuatro patadas, sin necesidad de que la seguridad tuviera que estar pendiente de imbéciles que van a los campos de fútbol a llamar la atención y a pegarse. En el estadio olía a tabaco, se oía el crujir de las pipas y cacagüetes, y los mosaicos se hacían con rollos de papel higiénico.

 

Todo eso se ha perdido y ha dejado paso a asientos reclinables, con calefacción, revistas, iluminación perfecta, videomarcadores que parecen pantallas de cine y, si te descuidas, una camarera despampanante te sirve un gin tonic. Todo para que veas el partido en directo mejor que en tu casa. Y eso no es fútbol. No el que yo conocí. En el estadio se pasaba mal y te enterabas de las cosas a medias para luego poder ver el resumen (y si la cámara te enfocaba) en Estudio Estadio.

 

Esta semana hemos conocido que el Estadio Municipal de El Plantío también tendrá una reforma integral después de 52 años de historia y unas cuantas décadas sin un lavado de cara considerable. Muchos no tendrán ni idea de que este mítico campo burgalés, por donde han pasado jugadores de la talla de Juanito, Laudrup, Butragueño o Maradona, es uno de los pocos que mantiene ese estilo de fútbol antiguo, retro.

 

No digo que no se deba reformar. Todo lo contrario. Las paredes y las cubiertas parecen a merced de un golpe de viento del norte y, hasta hace nada, colgaba del fondo sur una plancha industrial que amenazaba con caer sobre las cabezas de la grada joven. Simplemente me da tristeza que todo aquello que vivimos de niños se vaya terminando poco a poco. Al fin y al cabo, lo bonito está en recordar con cariño todo aquello que parecía molestarnos. Lo bueno es que en Burgos la manta y la bufanda nunca dejaremos de llevarla para combatir el frío. 

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