Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Sonrisas y lágrimas

Nadie puede tener la certeza absoluta de si un premio es justo o no. Supongo que será por eso que, cuando un galardonado sube a recoger una estatuilla, no sabe si reír o llorar.

Hace unos meses, un periodista contaba que, tras una gala de los Premios Goya, varios actores se dieron cita en un bar de Madrid para terminar la noche entre copas y risas. Una vez que los licores variados habían hecho mella en ellos, Eduard Fernández, Carlos Bardem, Juan Diego Botto y alguno más, sacaron el discurso que habían preparado para la ocasión y que no habían tenido oportunidad de leer. Todo debió ser muy emotivo, aunque ya se sabe que cuando amanece, la mística se recrea y el momento parece más poético y melancólico.

 

Nada en la vida de un actor es más injusto que un premio. Injusto para el que se lo dan, porque quien lo concede no deja de tener una visión subjetiva de su interpretación. Injusto para el que no se lo dan, porque nada puede ser más frustrante que quedarte a las puertas de la gloria. Acertar y no escoger, esa es la cuestión. Nadie puede tener la certeza absoluta de si un premio es justo o no. Supongo que será por eso que, cuando un galardonado sube a recoger una estatuilla, no sabe si reír o llorar.

 

En España, recibir un Goya es algo enorme, fantástico, espectacular… pero no grandioso. Todo personaje del mundo cinematográfico patrio sueña con saber cuánto pesa en realidad la cabeza del pintor, pero tampoco muere de ganas. En América, como en casi cualquier ámbito de la vida, recibir un Oscar es tocar el cielo. Subir la escalera del paraíso para dar las gracias es algo que se prepara desde niño. Forma parte de un ciclo de vida lleno de bailes de graduación y partidos de fútbol americano.

 

Piensen por un momento en Leonardo DiCaprio. Lleva veinte años eligiendo papeles ‘oscarizables’, de personajes atormentados, excéntricos o entrañables. Sin embargo, en sus ratos libres no puede limpiar el polvo de su estatuilla dorada. Me imagino lo frustrante que tiene que ser que dediques todo tu tiempo en preparar el papel de tu vida para que, al final, a Matthew McConaughey se le ocurra dejar de hacer películas románticas de sobremesa, adelgazar hasta la inanición y bordar la interpretación de un yonki enfermo de sida. Y como DiCaprio, Brad Pitt o Harrison Ford.

 

En las series se da el mismo caso. Y si no que se lo digan a David Simon y todo su equipo de The Wire, que nunca recibió un Emmy. Sin embargo, la historia ambientada en Baltimore es una de las mejores obras maestras de la historia de la televisión. Pero, como suele ocurrir con los grandes genios, sólo se la reconoció después de muerta, cuando algún crítico compró la serie completa en Amazon y escribió dos años más tarde de su final que era lo mejor que había visto nunca: “Pues a lo mejor sí eran gigantes y no molinos”, dicen que le oyeron gritar tras los títulos de crédito.

 

Hay casos más extraños, como los de aquellos que recibieron un premio y nunca más se supo de ellos. Como una maldición, una pócima que tomas en un momento de tu vida y que te obliga a desaparecer. En eso sí ganamos los españoles. Son muchos los que, tras ganar un Goya, la pantalla grande se les hizo inmensa, así que tomaron la decisión de quedarse en la televisión o en el teatro, como un ganador de Operación Triunfo al que nadie recuerda.

 

En los premios, los más felices son aquellos que no tienen ninguna esperanza de ganar. Son como los bichos raros de la profesión, que suben al escenario desnudos de palabras y terminan llorando a moco tendido porque no tienen nada que decir. Y mientras, algunos discursos mueren en los bolsillos de algún esmoquin alquilado, sin que las lágrimas de su dueño corran la tinta de unas líneas escritas hace años.

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