Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Fort Glory

The hateful eight detail

Tarantino ha conseguido crear su propio universo western, un estilo personal e intransferible que, si extendiera su filmografía y no las dejara en las diez que ha prometido, le convertiría en el nuevo rey del género

De niño tenía dos juguetes favoritos. Uno era un balón de fútbol que siempre llevaba bajo el brazo, sin importar el lugar a donde fuera, y el otro era el Fort Glory de PlayMobil. Los Reyes me lo trajeron una Navidad y desde ese mismo momento fue instalado en la sala de estar, de donde ya no se movió hasta varios años después. En ese fuerte de juguete se dieron cita la ‘creme de la creme’ del salvaje oeste: desde el más despiadado bandido, al sheriff más bondadoso.

 

Las historias que se creaban en mi cabeza y se representaban en el Fort Glory eran inspiradas en las películas que cada sábado veíamos mi padre y yo. Además de lo que emitieran esa semana en la televisión, contábamos con una pequeña colección de westerns en VHS. Títulos como El hombre que mató a Liberty Valance, Río Bravo, Centauros del Desierto, El Álamo o Fort Apache, aún reinan en la filmoteca de mi casa.

 

Poco después, me hice con la Diligencia de Playmobil. Para entonces, la salita parecía ya el Monument Valley o un decorado de una película de John Ford. Pero mis historias eran mucho más rocambolescas. Ante la falta de personajes, en los Saloon aparecían seres con casco espacial, llegados de otras épocas y planetas. Tampoco venían en son de paz. Siempre se guardaban un as en la manga y provocaban guerras que duraban días, incluso semanas.

 

Si John Ford me hubiera visto profanar sus historias con muñecos de Dragon Ball, de Toy Story o de los Power Rangers, me habría confiscado el Fort Glory hasta nuevo aviso. Toda esta historia de mi infancia la recordé esta semana tras leer una entrevista en la Quentin Tarantino aseguraba que si el rey del western de mitad de siglo viera sus películas estaría horrorizado.

 

Es probable que el bueno de Tarantino tenga razón. En primer lugar, porque su cine no bebe del clasicismo de John Ford, sino de la originalidad de Sergio Leone y el estilo Spaghetti Western. La evolución del género del oeste (que poco a poco se ha ido extinguiendo), es un claro reflejo del séptimo arte en general. Nuevas técnicas, nuevos recursos y nuevos efectos puestos al servicio del entretenimiento del público.

 

Todo el mundo conoce la historia americana, la Guerra Civil o la lucha entre indios y vaqueros. El espectador busca algo más: introducirse de una vez en la problemática de la esclavitud o las verdaderas atrocidades de los forajidos, contados ambos temas con originalidad, han sido desde hace años un buen caldo de cultivo para el cine. Las únicas películas que han conseguido una gran aceptación de crítica y público han sido Sin Perdón, de Clint Eastwood, Valor de Ley, remake de los hermanos Coen, y Django Desencadenado, de Quentin Tarantino.

 

En Los odiosos ocho, el de Knoxville vuelve a hacer un despliegue de medios. Muestra una violencia explícita para deleite de sus fans más acérrimos y un extenso catálogo de diálogos. Aunque hay claras referencias a los dos estilos clásicos comentados, Tarantino ha conseguido crear su propio universo western, un estilo personal e intrasferible que, si extendiera su filmografía y no las dejara en las diez que ha prometido, le convertiría en el nuevo rey del género.

 

Yo, por si acaso, he bajado al trastero a desempolvar el Fort Glory y la Diligencia. Quién sabe si dentro de poco hay nuevas aventuras en el oeste. 

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