Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Afterhours

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En pocos años, hemos visto como los bares de fiesta, pubs o discotecas tienden a abrir más tarde y a cerrar antes, en detrimento de los establecimientos de pichos. 

Hace un tiempo, la noche de cualquier ciudad se caracterizaba por una cena fuerte (o suave, eso a gusto del consumidor) en casa, una buena ración de cachis de cerveza o calimocho (eso también a gusto del consumidor), unos buenos bailoteos, o pavoneos de ganso en celo (esto no es a gusto de nadie, simplemente es fruto de la naturaleza), y, para los más valientes, los llamados afterhours. 

 

Algunos bares, sobre todo en Salamanca, lanzaron incluso una oferta llamada 'Barra Libre', en la que por cinco míseros euros tenías un buffet libre de garrafón de zumo de cebada y el vino más barato del mercado al por mayor. Años gloriosos que fueron decreciendo por varias razones: puede que la crisis, los planes de estudios, el cambio de hora, si es que a alguno le vale como excusa... 

 

El caso es que cualquier español con edad comprendida entre los 18 y los 23 años salía al extranjero y se quedaba asombrado de las barbaridades que se hacen en Europa. No entendíamos como era posible que los ingleses estuvieran a las 7 de la tarde cenando unas patatas con bacon y queso y emborrachándose con pintas calentorras, lo que provocaba que a las dos de la noche buscaran su casa para zambullrise en el colchón.

 

Pero eso era antes. Ahora todo es diferente. Ahora hacemos la merienda cena por la mañana y la llamamos Brunch. Al concepto 'Tomar el Vermouth' le añadidmos un 'Torero' detrás, sin saber muy bien a qué se debe esa denominación, simplemente que dura algo más. Para colmo, los bares de cachis han ido cerrando progresivamente para dar paso a los de tapas o pinchos. 

 

Y es que ahora salimos a las ocho de la tarde, nos recorremos calles enteras de bares con ofertas gourmet como foi empapado en compota de manzana y queso fresco, solomillo glaseado con mermelada de pimiento o rissoto de trufa y boletus con una reducción de Pedro Ximénez. Y lo pedimos después de haber escuchado una preorata de Jordi Cruz, que es como el nuevo Miguel Induráin de España, ese con el que todos querrían tomarse una cerveza con. 

 

Una vez que nos hemos ventilado el menú degustación en pequeños frascos, lo normal es optar por un mojito aderezado con más frutos que ron, o un gin tonic con limón exprimido, una rama de canela, unas frambuesas y unos granos de café. Unos cócteles que han sustituido por completo a los clásicos combinados en los que sólo necesitabas elegir una marca de alcohol y otra de bebida gaseosa. 

 

Las pistas de baile se han ido quedando vacías, para alegría de los torpes y tristeza de los que despertaban la envidia del resto con sus movimientos inverosímiles. Ahora preferimos sentarnos en un sofá o en una terraza con veladores en los que estar calentitos y así contentar a los cuatro fumadores que aún son capaces de pagar cinco euros por cajetilla en España. 

 

Al principio pensé que era una cuestión de edad, pero lo cierto es que en todos los lugares me siento el más abuelo de todos. La realidad es que hemos cambiado nuestra manera de ser. Puede que nos hayamos 'europeizado'. El mayor ejemplo es que apenas quedan un par de afterhours abiertos a los más noctámbulos. El resto terminamos las noches viendo capítulos repetidos de Masterchef

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