Hoy se cumplen exactamente 82 años de las elecciones municipales que dieron fin a la monarquía alfonsina y sirvieron de pistoletazo de salida para la, tan amada como odiada, tan idealizada como deformada, II República española que fue proclamada solo dos días después.
Y al final pasó lo que tenía que pasar. Cuando en el discurso de Nochebuena de 2011 el Rey dijo que la justicia era igual para todos, el mensaje, no sé si sincero o no, estaba lanzado. Y, puesto que eso era así, no porque lo dijera Borbón, sino porque lo dice la constitución con la que nos dotamos los españoles, el pueblo soberano, en 1978, ha pasado lo inevitable. Lo demás huelga. He dicho en repetidas ocasiones que lo verdaderamente importante es la Nación. De la Nación viene toda la legitimidad y ella lo puede todo. La Nación puede decidir que seamos una monarquía o que seamos una república: dará lo mismo, siempre y cuando esa elección sea fruto de la decisión soberana.
Uno de los síntomas más evidentes de que esta Sociedad postmoderna, acomodada y cutre en la que vivimos ha llegado a unos niveles de bajeza que, más que bajos, se convierten en profundos, es la elevación a los altares laicos de personajes que, en cualquier país en su sano juicio no serían más que acreedores de desasnación acelerada, cuando no de una reinserción, necesaria y merecida, en el conjunto de los ciudadanos, sacándolos, para ello, de la oscuridad de los ilotas.
Habemus novum Papam: Antesdeayer Cardenal Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, hoy Papa Francisco, Obispo de Roma. Un argentino de 76 años, jesuita, que cuando salió al balcón de la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, estaba más asustado que un niño que afronta su primer examen en la escuela.
No se me asusten los defensores de la naturaleza ni los adeptos del “Proyecto Simio”, esa suerte de pintoresca agrupación que pretende atribuir dignidad humana a los chimpancés, orangutanes, bonobos y demás animales (que no es que no deban ser respetados, ojo, sino que nunca podrán ser depositarios de derechos humanos, sencillamente, porque humanos, no lo son).
“La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero” (Antonio Machado 'Juan de Mairena').
Quienes me hayan venido siguiendo con cierta asiduidad durante los últimos tiempos, habrán percibido mi preocupación, considero que compartida por la gran mayoría de los españoles, por la degradada situación en la que se encuentran sumidas la sociedad y la Nación. A la crudeza de una crisis económica que dura ya más de cinco años se ha añadido la insoportable carga de la corrupción que, extendida como un cáncer por todos los estamentos e instituciones públicas y privadas, se ha convertido en una asfixiante losa que nos impide levantarnos y que está sumiendo en un estado catatónico a la gran mayoría de los ciudadanos, con la excepción de algunos movimientos teóricamente desalineados, del tipo 15M y Stop desahucios. Y es que, como en el mito de Sísifo, cuando creemos que hemos salido de una, nos amargan la vida con otra aún más gorda, como la piedra que rodaba ladera abajo, cumpliendo el triste destino de nuestro personaje al tener que volver a subirla a la cima de la montaña.
No sólo de la hediondez de la corrupción hay que hablar. De acuerdo que un país corrupto hasta los tuétanos debería concitar el 100% de nuestra atención, de nuestro esfuerzo, de nuestra lucha denodada. Cada uno en su ámbito tiene el deber moral, para consigo mismo y para con la Nación, de hacer todo lo que esté en su mano por curar el cáncer.
La verdadera lealtad no es aquella sumisión dócil, ciega y arrastrada por la que el lacayo alaba a su señor en todo lo que hace o deshace, sino que se basa en el respeto y en la colaboración. La verdadera lealtad no se basa en callarse cuando sabes que las personas en las que has depositado tu confianza la traicionan, sino en tomar la palabra y decir lo que uno siente, con respeto, pero con la dureza que exigen las circunstancias en las que se está. La verdadera lealtad no es servil, sino libre, pues no se basa en el interés sino en la convicción íntima de que lo que se sigue, es lo correcto.
En más de una ocasión, y en más de dos me atrevería a decir, he abordado el asunto de la corrupción en este blog. La verdad es que es un asunto doblemente desazonador. Por una parte por lo evidente: nos roban miserablemente, se aprovechan de nosotros, de nuestra buena fe y de nuestra confianza, máxime en el momento actual, en el que todos los sectores de la Sociedad están haciendo sacrificios orientados al bien común.