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El alumno incorrecto

Daniel Álvarez
Blog de actualidad

Batallas en las que siempre pierden los mismos

Trabajadores detail

Mientras las altas esferas políticas y empresariales mantienen su propio pulso por el poder, son los ciudadanos los que aguantan la parte más dura de un juego al que no están invitados a participar.


 

El PSOE estalla por los aires. Los que pedían la desaparición de los socialistas como partido tras el gobierno de Zapatero (que no eran pocos) están cerca de ver cumplido su deseo. Y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, otros tantos se verán beneficiados de la grave crisis que azota el partido del puño, muy presente entre sus dirigentes metafóricamente hablando, y de la rosa.

 

Mariano se frota las manos, porque ve que cuatro años más en la Moncloa son posibles. Iglesias y los suyos ven cómo un rival político en el espectro de la izquierda merma, lo que previsiblemente los dará votos en el futuro. Mientras, Ciudadanos aspira a copar poder gracias a su pacto con los populares y a la supuesta abstención que una nueva dirección en Ferraz propiciaría.

 

Mientras se desarrolla este ‘juego de tronos’ de la política española, tiene lugar el juicio por las tarjetas ‘black’ de Caja Madrid-Bankia. Será el Tribunal quien decida sobre la legalidad de estas cartas sin límite de fondos a disposición de los consejeros de la caja, pero lo que es seguro es que no es decente ni tolerable, menos viniendo de una entidad que posteriormente fue rescatada con más de 22.000 millones de euros de las arcas públicas, las que llenamos todos con nuestro trabajo.

 

Y cuando todo esto pasa, en Valladolid cierra una empresa fundada en 1954 por un grupo de ganaderos de la provincia. En 2004 la multinacional Lactalis la compró y, en 2016, ha decidido cerrar las puertas a pesar de ser rentable. No solo eso, sino que su movimiento empresarial supone que la fábrica no se vende a nadie, y por tanto los 85 trabajadores que aún sobrevivían o se van de la ciudad para seguir teniendo un salario, o bucean en los profundos mares del desempleo o, algunos, de la jubilación.

 

Son tres batallas diferentes pero con los mismos perdedores. Al final el ciudadano es quien aguanta sobre sus hombros las luchas de poder internas, las barrabasadas bancarias, y las decisiones de multinacionales a las que los países han vendido su alma. El perdedor es esa persona que soporta cómo un montón de políticos retuercen el lenguaje para que parezca que hacen algo por el bien del Estado, y no por el suyo propio, mientras cobran la cuantiosa nómina que nace de los asalariados.

 

Son los ciudadanos quienes tienen que pagar con su dinero los excesos de una banca corrupta, que, como en el casino, siempre gana. Y son las pequeñas y medianas empresas las que se ven asfixiadas por Impuesto de Sociedades (este viernes una nueva subida, decidida por el gobierno en funciones), IVA, cuotas de la Seguridad Social, pago de autónomos y otra infinidad de tasas que, en ocasiones, no las permite respirar; mientras, las grandes compañías son semi dioses intocables que hacen y deshacen a su antojo, y que amenazan con deslocalizar la producción si la Administración de turno no cumple sus exigencias.

 

Que nadie se engañe. Susana Díaz y Pedro Sánchez parecen oponentes, pero ninguno de ellos saldrá perdiendo. Juegan a otro nivel, en una liga privada. Como Blesa, Rato y sus compañeros. O como la familia Besnier, dueña de Lactalis. Ellos son los amos y el resto, los ciudadanos, los perdedores.

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