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Desde los medios

José Ángel Gallego

Tocar la gaita

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Una simpática gaitera ofrece un improvisado concierto en la calle de Santiago que es una delicia para nuestros sentidos... hasta que, dos horas más tarde escuchando el desagradable soniquete, cogerías la gaita y...

La Real Academia de la Lengua Española define gaita como "un instrumento musical de viento formado por una bolsa de cuero o fuelle que tiene acoplados tres tubos: el soplete, el puntero y el roncón". Pero, sabia como es la RAE también recoge una acepción que significa “cosa fastidiosa, pesada y molesta”. Aquella expresión coloquial de tocar la gaita.

 

Estas dos acepciones se dan la mano, últimamente, en la vallisoletana calle de Santiago, a la altura del supermercado Carrefour, donde mañana tras mañana se toca la gaita. En el amplio sentido del término. Porque hay una simpática gaitera que pone acento gallego a esta céntrica y comercial vía de Valladolid.

 

Y quizá los amantes de las tierras galaicas o los gallegos que aquí vivan sientan una cierta morriña cuando escuchen el potente y agudo sonido de este ancestral instrumento. Yo no. Se lo aseguro. Porque pasear (unos segundos) junto a la simpática gaitera puede ser agradable, simpático e incluso agradecido, pero pasar varias horas trabajando a muy pocos metros del soniquete gaitero resulta molesto, cabreante, desesperante, desagradable, fastidioso, molesto, desapacible, enojoso, incómodo, irritante, repulsivo, odioso… (También he tirado de la RAE para expresar mi estado de ánimo, tras dos horas de concierto callejero).

 

Y ahora, a buen seguro, que algunos lectores me acusarán de muchas cosas. De coartar la libertad de expresión de la simpática gaitera, de no apostar por los músicos callejeros, de no respetar a la pobre mujer que se gana unas monedas tocando el instrumento… Sí, lo que ustedes quieran. Me da igual. No estoy en contra de la música en la calle: hay de hecho un violinista que es un virtuoso de este instrumento que, de vez en cuando, también elije la calle de Santiago para su improvisado concierto.

 

Pero les invito a ustedes al balcón de mi oficina, desde donde estoy escribiendo estas líneas, aporreando el teclado, mientras el sonido de la dichosa gaita entra a lo más profundo de mis entrañas y rebota en mi cabeza, una y otra vez. Simpática gaitera, por favor, desplácese unos metros calle arriba o abajo. O mejor, póngase a la puerta del Ayuntamiento, bajo la ventana del despacho de alcaldía, que me han confesado que el alcalde es un gran amante de este instrumento. Y a nosotros deje, por unos minutos, de tocar la gaita. Piedad.  

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