Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

Esclavos de las palabras

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El profesor de canto que aconsejó a Montserrat  Caballé que se dedicara a ser ama de casa y coser, el amante que juró amor eterno, el directivo de Western Unión que le dijo a Graham Bell que no veía utilidad práctica en su invento,  el político que aseguró que nunca había metido la mano en la caja o el ciudadano que proclamó sus ganas de liquidar un estado: todos somos esclavos de nuestras palabras. Todos no, unos más que otros.

“Háblame para que yo te conozca”, sentenciaba Séneca en los albores de la era cristiana. Eran los tiempos de la decadencia de la república romana, cuando el pueblo había perdido los valores de sus antepasados y se había lanzado a buscar el placer en lo material.

 

En aquella época convulsa el filósofo y político llegó a la conclusión de que a una persona también se le conoce por sus palabras, cansado, seguramente, de escuchar estulticias y disparatados argumentos como éste: “Se propuso una vez en el Senado que los esclavos se distinguieran de los libres por el vestido. Inmediatamente se vio el peligro que amenazaba si nuestros esclavos empezaban a contarnos”.

 

Internet nos ha dado voz a todos y, por ende, visibilidad. Hace unos días, Umberto Eco, escritor y pensador experto en semiótica  (ciencia que estudia los signos, sus relaciones y su significado), arremetía contra las redes sociales con estas palabras:  "Han generado una invasión de imbéciles que le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios".

 

Y sí, como dice Eco, mientras no aceptemos que Facebook y twitter no son más que un reflejo, quizás el mejor que ha habido nunca, de la sociedad, no sabremos bien hacia donde nos encaminamos.

 

¿Qué sociedad nos están reflejando estas redes sociales? Hay de todo, claro, pero las que mas ruido generan, las que no son exclusivamente para intercambiar afectos de amigos de verdad, suelen ser las de las cuentas enmascaradas desde donde  poder lanzar todo tipo de barbaridades, las cuentas falsas creadas para dejar en ridículo o echar sobre alguien a legiones de furioso y las cuentas reales de indignados donde cualquiera puede dejar su opinión, ofender, amenazar o lanzar cualquier pensamiento soez.

 

“Se tiende a poner palabras allí donde faltan ideas”, decía Goethe. Esta semana hemos asistido al espectáculo pirotécnico de las palabras y hemos comprobado lo que ya sabíamos: la importancia del verbo depende de quien lo emita, lo mismo que los actos o las imputaciones: desear que alguien le pegue un tiro en la nuca a Pablo Iglesias es rápidamente contestado por los miembros de Podemos pidiendo que caiga sobre el verborreico el Código Penal al completo. Si es Pablo Soto, concejal por Ahora Madrid, el que habla de matar o torturar a Gallardón, es humor , y el humor, ya saben, es un signo de inteligencia.

 

No seré yo quien satanice a nadie por lo que dice. Está muy bien que la gente se exprese para que los demás les conozcamos. Los perros solo ladran a quienes no conocen o a quienes conocen en exceso. Saber lo que piensan nuestros gobernantes es siempre un plus, aún mayor si cuando lo expresaban no eran personas públicas, pues ya sabemos que los cargos conllevan un enorme grado de cinismo.

 

Según quien, se debe cuidar el lenguaje. A Rajoy le ha caído la del oso por decir que los cambios no serán cosméticos, algo que a la Asociación de Perfumería no le ha olido bien. Entrar en una capilla al grito de “vais a arder como en el 36” son chiquilladas, pero si es el presidente de Alianza Nacional el que grita el 12 de octubre en Barcelona que está dispuesto a “matar por España” estamos ante un delito de incitación al odio y discriminación.

 

Los próximos años se presentan apasionantes. Asistiremos boquiabiertos a argumentos exaltados hoy que serán desmentidos con la acción mañana, a refriegas entre “presuntos amigos” que lejos de converger, van a divergir,  y a todo tipo de situaciones incomprensibles para el ciudadano moderado. Sería el momento de darle su lugar al trabajo en silencio, para no desviarse de lo que de verdad importa: hacer de nuestro mundo un lugar más justo y habitable. Aunque, si no nos hablan, si se callan…., ¿cómo vamos a conocerles?

Comentarios

María B 22/06/2015 22:35 #3
Y te diría más, Esther, son legión los que se escudan tras un "Me gusta", "No me gusta" y ni squiera argumetan el porqué. A veces lo malo no es no hablar, lo malo es intentar opinar cual emperador romano. Y se quedan tan anchos....
Mar 22/06/2015 09:46 #2
Amo al silencio casi tanto como a las palabras. Gracias Esther por tu artículo. Al final y como en todo, sólo es una cuestión de educación y tolerancia, sólo aunque tremendamente complicado pasa algunos.
Yol 20/06/2015 17:06 #1
Siempre se dijo que por la boca muere el pez ... Basta con no ofender, ni siquiera en broma. Hablemos, pero no molestemos y todo irá mejor. Gracias Esther.

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