Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

Esa no es mi pastilla

Pastilla detail

El 18,2% de la población española es mayor de 65 años. Muchos de ellos tienen problemas de salud y toman medicación a diario.  Su memoria es frágil y la rutina es su aliada. Cuando se produce un cambio en la presentación de su medicina habitual se genera un pequeño e innecesario cataclismo.  Además del problema de Cataluña o el drama humano de los refugiados sirios y su acogimiento, tenemos problemas cotidianos que no aparecen nunca en las noticias.

Me lo comentaba un día mi amiga  Julia, una ejecutiva desbordada de trabajo que es hija única y que tiene que tiene que hacer un sudoku constante para repartir su tiempo entre sus obligaciones laborales y  sus padres, dos octogenarios llenos de achaques. “¿Por qué los laboratorios farmacéuticos lo ponen tan difícil? ¿Por qué deciden cambiar el color de las pastillas generando tanta ansiedad en el paciente como en los cuidadores?”

Una cosa tan simple como el envase o el color se convierte en un gran problema cuando hablamos de personas mayores cuya vida transcurre en la nube de la rutina. Julia se pasa horas intentando explicar a sus padres que la pastilla que antes era rosa es ahora azul, que es la misma, que sirve para lo mismo y que sólo ha cambiado el color. Todo ese tiempo que invierte en asegurarles que nada ha cambiado podría evitarse si en la forma no hubiera cambiado, algo que los laboratorios deberían tener en cuenta.

 

Con los años nos volvemos desconfiados. Decía William Shakespeare que los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes,  y tal vez esa sea la razón por la que nuestras explicaciones son siempre acogidas con cierta duda. Lo cierto es que Julia dedica muchas horas y mucha paciencia para convencer a sus padres de todos esos pequeños cambios y nos planteaba, indignada, porqué los laboratorios no eran conscientes del conflicto que sus decisiones generaban.

 

 

Estoy  de acuerdo con mi querido Alberto Cortez en que la vejez es la más dura de las dictaduras. Nos aumenta las manías, nos vuelve inseguros y, por ende, recelosos, nos priva de los reflejos y nos sumerge en un mundo de complicaciones que trasladamos a los que nos rodean. Las enfermedades más comunes entre nuestra población jubilada son la artrosis, la arterioesclerosis, la artritis, el parkinson, la hipertrofia benigna de próstata, problemas circulatorios y cognitivos. Las viviendas de nuestros mayores son auténticas farmacias y el número de dosis que algunos tienen que tomar cada día es muy elevado.

 

Para los que no tienen problemas de memoria ni deterioro neurodegenerativo supone un esfuerzo que ellos llevan con una resignación olímpica, y digo lo de olímpica porque no es extraño escuchar en sus conversaciones cómo de este hecho hacen una competición: “yo me tomo una pastilla antiinflamatoria, otra para el corazón, otra para el reuma, otra para la circulación…”, “pues yo, además, tengo que tomar vitamina B y calcio para los huesos y…”. Pero cuando nuestros mayores dependen de nosotros, porque el olvido se ha convertido en un compañero molesto, el problema se acentúa.

 

Hace unos días leí una queja en un diario por el cambio de envase de unos anticonceptivos que había sustituido el clásico estuche de plástico por unas indicaciones difíciles de entender en la parte trasera de la caja, dando lugar a la confusión. Si esto se produce en mujeres jóvenes, en edad de procrear, podemos imaginar lo que ocurre cuando el producto va dirigido a personas con una edad y, por lo general, con menor formación.

 

La vejez, desgraciadamente, como decía Platón nunca viene sola. Resulta sumamente desalentador que miles de científicos dediquen su vida a investigar para hacernos más llevaderas las enfermedades y el dolor, y el departamento de marketing de una multinacional farmacéutica no tenga en cuenta estos pequeños detalles que facilitan la existencia cotidiana. “¿No tienen los encargados de comercializar los productos padres?”, se pregunta Julia. A lo mejor no se ocupan de ellos, le digo yo, a lo mejor no se preocupan tampoco o, me pongo catastrofista, vivimos en una sociedad tan obcecadapor el diseño y la imagen que nos hemos olvidado de que las cosas simples son las que nos allanan el camino.

 

Por eso quiero acabar esta reflexión doméstica con una frase que se ha hecho viral y que retrata el mundo en el que vivimos. Se le atribuye a Draúzio Varella, un médico y científico brasileño: “lo paradójico es que el mundo invierte cinco veces más en silicona para la mujeres y en medicamentos de virilidad para los hombres que en la cura del Alzheimer: De aquí a algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven”. Se non è vero, è ben trovato  (si no es verdad, está bien contado).

 

 

 

 

 

 

 

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