Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

El valor de la minoría

Mientras toda España estaba pendiente de unas elecciones  “históricas”, unos padres enterraban a una adolescente que, cansada de vivir, decidió acabar con el acoso escolar y con el silencio cómplice. Mas de medio millón de niños, nuestros niños, viven a diario este tormento. Nuestra labor debe centrarse en que la inmensa mayoría, los que no son ni acosados ni acosadores, aprendan a tomar partido.

 

“Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”. Esta frase del premio Nobel de la Paz Desmond Tutu debería presidir todas las escuelas y, por extensión, todos los lugares públicos del mundo. En las escuelas porque ahí es donde se forman los hombres del mañana, y en el resto porque ahí es donde están los tutores del ejemplo de los pequeños. Hay que enseñar a los niños que cuando se está cometiendo una injustita con un compañero no pueden reírse, inhibirse o mirar para otro lado, porque eso les hace cómplices.

 

El tema preocupa porque no es aislado. Olga, madre de dos niños de 6 y 4 años, está angustiada porque sabe que sus hijos van camino de entrar en esa edad en la que el acoso se multiplica: “Cuando sabes que uno de cada cuatro niños lo padece, que el mayor riesgo está entre los siete y ocho años y que  no hay diferencias entre centros se te pone un nudo en la garganta”, nos dice mirando el café como si no pudiera tomarlo.

 

acoso escolar

 

En el estudio Cisneros X han puesto números y valores. De los 500.000 escolares que sufren un grado de acoso intenso, mas de la mitad tiene depresión y un 15% ha pensado en suicidarse. Las agresiones físicas suponen el 10% , pero nos equivocamos si creemos que sólo son éstas las preocupantes.  El hostigamiento verbal, las amenazas, la intimidación y las coacciones pueden determinar que nuestros niños sean adultos más vulnerables, además de dañarles en una etapa de su vida esencial.

Es verdad que el acoso disminuye según avanzan al bachillerato, pero también lo es que en ese momento entran en liza las redes sociales y los mensajes de móviles y que la adolescencia es una etapa donde la gestión de las emociones es mucho menos previsible, lo que convierte a los elegidos en seres infelices e inadaptados.

 

“¿Qué culpa tenemos los padres?”. Ana lanza la pregunta para entrar en debate y rápidamente la psicóloga del grupo cambia la palabra por responsabilidad: “los padres tenemos una responsabilidad muy grande en todo esto, pero no toda. Hay padres que banalizan estos asuntos, lo mismo que profesores o instituciones. Para muchos esto es cosa de niños y la víctima lo es porque no sabe defenderse ni manejarse en la vida”. Pues una vez mas, volvemos a equivocarnos.

 

Recuerdo una noticia terrible de una niña de 14 años que sufría acoso sistemático y a la que unas compañeras habían dado una paliza que le había causado lesiones físicas importantes. Envalentonadas, las chicas lo habían grabado  y  lo habían envíado por el móvil. La madre de una de ellas, al verlo, cogió a su hija y la llevó al centro escolar para denunciarlo, comunicando a la menor que lo pondría en conocimiento de la policía para que le dieran el castigo merecido. La madre de otra de las acosadoras prefirió negar la evidencia y buscar a la madre de la víctima para insultarla públicamente. Dos modos diferentes de actuar frente al problema. Ignoro, a día de hoy, como habrá sido la evolución de las dos adolescentes, pero creo que siempre es un acierto enseñar a los niños que los actos tienen consecuencias.

 

En casa o en el colegio hay que prestar mucha atención a aquellos que quieren tener un estatus, sentirse admirados, que se les vea. De ahí  a querer mantener esa visibilidad a costa del acoso, hay un paso. La víctima suele ser casi siempre el más débil, pero no es en ella en quien debemos trabajar para que sea más extrovertida o menos tímida, si no en los que no respetan el carácter de los demás.

 

En Finlandia llevan casi una década con un programa contra el acoso que les está dando excelentes resultados, porque el acoso escolar es un problema universal, casi me atrevo a decir que es inherente al ser humano. En este programa denominado Kiva se ha puesto el acento en el elevado número de chicos que no acosan, que observan y, siendo testigos, no hacen nada. Lo que ese numeroso grupo transmite con su actitud es que lo que pasa es divertido o está bien, aunque no piensen de igual forma. Esta comunicación no verbal es muy influyente en el resto y lo que el programa pretende es que los padres comprendan que aunque su hijo no se a ni víctima ni acosador, deben hablar con ellos sobre lo que deben hacer cuando son testigos de un caso así.

 

Olga sigue sin poder tomarse el café y sin tener aún claro como hablarles a sus hijos. Nos dice apesadumbrada que intenta inculcarles valores, que les dice que no deben meterse con otras personas pero que tampoco deben permitir que nadie se meta con ellos, y termina por confesar que nunca se le hubiera ocurrido que, además, tenía que explicarles que no deben permitir que otros lo hagan. “Son tan pequeños que te da miedo de que luego les llamen chivatos  y se conviertan en el centro de la rabia!”, exclama impotente. Y es verdad que hay que ser muy valiente para hacer lo que otros no hacen.

 

Cuentan que en el Instituto Ciudad de Jaén unos pocos compañeros de la adolescente se enfrentaron con el acosador por defenderla. Eran pocos, pero parafraseando a Ghandi, aunque la verdad esté en minoría, sigue siendo la verdad.

Comentarios

Domingo 31/05/2015 22:53 #5
Sin duda, esta sociedad en su conjunto tiene gran parte de la culpa de todas estas cosas. Vamos demasiado deprisa y muchas veces no sabemos que hacen o no hacen nuestros hijos a lo largo del día. Y en otro orden de cosa, como sociedad hemos decidido elevar los derechos del niño hasta un nivel tan absurdo como prohibir una torta dada en el momento apropiado como reprimenda. Si una de esas tortas que en otra época eras tu quien la recibía y te hacia reflexionar. En definitiva el mundo se ha vuelto absurdo y nos trae estas historias.
Marta 31/05/2015 21:24 #4
Qué buena reflexión Esther. Pone el pelo de punta que haya niños sufriendo de una manera tan brutal la maldad de otros seres semejantes. La Sociedad debe, tiene la obligación, de poner medios para que esto no suceda y ayudar y educar al resto para que la denuncia de estas situaciones sea motivo de orgullo y no de problemas o miedo. Muchas gracias por tu artículo.
Ana Nuñez 31/05/2015 20:34 #3
Los padres somos responsables, muchas veces, de la actitud que muestran nuestros hijos. Seamos valientes y prediquemos con el ejemplo! Muy buen post, amiga Esther, muy acertado, como siempre.
Ana 31/05/2015 20:07 #2
Aunque la verdad este en minoría, sigue siendo la verdad. Vivimos tiempos complejos, pero si todos nos ponemos a hacer un mundo mejor, es probable que lo logremos.
Yol 30/05/2015 07:53 #1
La pasividad frente a las desgracias ajenas puede provocar sufrimiento, pero no aprendemos. Educar en la empatía, no se trata de eso?. Una vez más .... la educación es la llave. Felicidades Esther por el tema elegido y tu tratamiento.

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