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Delirios en femenino

Esther Pedraza

El Bosco: míralo con ojos de hoy y verás a gente de hoy

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El museo del Prado se ha soltado la melena y está tan bonito que da gusto verlo. La exposición del V centenario de la muerte de El Bosco es un éxito. El público, cuentan, se asombra ante esos cuadros fantásticos que a mi me cautivaron hace ya muchas décadas. Bienvenidas estas conmemoraciones que despiertan a los dormidos. Como dice en una canción Serrat, siempre me pregunté como podía la gente pasar y no ver lo que allí se escondía.

No se si he contado que mis delíricas y yo nos conocemos desde el pleistoceno. No es fácil encontrarse grupos de amigas que lo son desde niñas o desde adolescentes, pero nosotras pertenecemos a esa especie en extinción de mujeres que se quieren desde siempre. Juntas hemos descubierto el primer amor, el primer desamor, la primera boda, el primer divorcio y la llegada de los hijos. Juntas hemos conocido la desigualdad laboral, las manifestaciones y los museos. Porque nosotras somos mucho de museos.

 

Mi primer trabajo como periodista me llevó a la calle Huertas de Madrid, al edificio del emblemático periódico Pueblo. Allí estaban los estudios de Radio Cadena Española, donde fui muy, muy feliz. Las noches eran para recorrer los garitos y tomar tequilas con sal muertos de risa. Y las tardes, una vez acabada la jornada, las dedicábamos muchas veces al Prado.

 

El museo estaba a cuatro pasos, pero algunos de mis compañeros no lo habían pisado nunca. Eran tiempos en los que entrar no suponía desembolsar una peseta, lo que tampoco motivaba a muchos que preferían acompañarnos a nuestros cafés del Palace antes que a nuestra cita con Velázquez Goya. O con El Bosco.

 

La primera vez que nos encontramos con El Jardín de las Delicias nos embargo la sensación de que aquello era extraordinario y merecía mucha atención. No recuerdo las horas que he pasado sentada frente a este tríptico y el resto de sus cuadros, pero sí que cada vez que lo hacía descubría algo nuevo.

 

El Bosco tenía capacidad de ver el futuro –asegura Yolanda. No tengo duda de que esas mil figuras no son del Renacimiento, ni de ninguna otra época, sino de todas. Si lo miras con los ojos de hoy ves a la gente de hoy”.

 

Es curioso que para nosotros esté todo tan claro y para mucha gente esas pinturas sean sólo producto de alguien que tenía que estar muy colocado. Un chaval con pinta de rapero le preguntaba a su amigo, con la misma pinta: “Oye, ¿Ya había LSD en 1500?”.

 

Inés, recordándolo, meneaba la cabeza: “Creo que no ha habido nadie tan lúcido como Hyeronimus Van Acken. El mundo está lleno de bicharracos despiadados con cuerpos aparentes y él fue capaz de verlo antes que nadie”.

 

No es casual que un hombre ultracatólico como Felipe II se sintiera fascinado por el arte de este pintor. Murió con todas sus reliquias alrededor y con el Jardín de las Delicias frente a él, como para no olvidarse de lo que le rodeaba. Y gracias a su obsesión tenemos en España  los cuadros de este genial pintor.

 

Decía Concepción Arenal que  “el dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro”. El Bosco sintió el dolor cuando tenía doce años y asistió a un incendio en su ciudad en la que murieron mas de 500 almas. El vio arder esos cuerpos, escuchó los gritos desesperados y supo lo que era el infierno. Aquello le abrió la mente y el alma.

 

Y, como suele suceder con los que son distintos, metió el miedo en el cuerpo a todos sus contemporáneos”, dice Ana con un mohín. “Incluso ahora mete miedo”.

 

Cuando nosotras descubrimos al Bosco nos la “refanfinfló” si pertenecía a una secta que defendía la promiscuidad sexual. Nosotras nacimos en un tiempo en el que lo de las herejías nos sonaba a rancio y la libertad era el don mas preciado que defender y practicar. Siempre vimos mucho parecido entre Dalí y nuestro pintor favorito, pero nos quedábamos con el holandés.

 

Aunque no lo haya confesado –argumenta Susana-, George Lucas ha creado su bestiario de Star Wars mirando las pinturas de El Bosco. Yo veo mas que parecidos razonables”.

 

Seguro que sí, que él y otros muchos se han inspirado en estas obras que si hoy nos parecen mágicas y asombrosas, debieron dejar sin habla a los habitantes de la Europa del Siglo XV.

 

Nosotras también nos quedamos mudas en esta Exposición que estará en el Prado hasta el día 11 de septiembre y para la que hay que coger entradas con antelación.  Como el barullo se forma alrededor de El Jardín de las Delicias (la gente quiere ver lo mas popular siempre) que ya hemos visto muchas veces, nos centramos en la Mesa de los pecados capitales que también tiene mucho que cortar.

 

Yolanda repite que lo que se ve en este cuadro de hace cinco siglos es lo que pasa hoy. Empezamos nosotras también a flipar. En el cuadro tenemos un Dios que lo ve todo, especialmente los pecados capitales. Tenemos un juicio final, la muerte, la gloria y el infierno. En la vida tenemos una red social que lo ve todo, plagada de seres retorcidos y surrealistas; un juicio final en el que los poderosos de la política y la economía conducen nuestras almas a la gloria o al infierno. Nuestra lucha se basa  en evitar formar parte del cuadro y convertirnos en  autoras. El precio es siempre que no te entiendan. “Y entonces, termina Julia, es cuando te llaman dios o te llaman demonio”.

 

 

 

 

 

 

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