Es
muy triste decir que una huelga, en concreto la del 14 de noviembre, deje las
24 horas del año con mayor número de máximos de temporada en programas de las
grandes cadenas, unos con su mejor marca de espectadores, otros de cuota de
pantalla o bien de ambos registros. Y me parece triste por la temática y por
las imágenes que se emitieron, algunas impactantes como la del niño de 13 años
que resultó herido por una carga policial. Los directos fueron los más
beneficiados en una jornada que dudo mucho que haya conseguido inquietar la
conciencia de nuestros políticos. Lo mismo -o sea nada- que las anteriores.
Los jóvenes se han convertido en los protagonistas de las noticias de los últimos días. Desde que ocurriera la tragedia del Madrid Arena las imágenes y los testigos de lo sucedido en aquella macrofiesta, que acabó por convertirse en una trampa mortal, recorren todos los informativos y los podemos ver una y otra vez en los acertados especiales que se han emitido en las distintas cadenas de televisión para, de alguna manera y aparte de informar, pedir justicia y presionar para que se concreten responsabilidades. Responsabilidades que aún no se han encontrado porque la pelota no se sabe bien en el tejado de quién está, puesto que todos la lanzan de un lado para otro y parece que nadie recae en que se han producido cuatro muertes por asfixia y aplastamiento y es urgente una solución YA.
Esta semana nos hemos levantado con la resaca de Halloween. Esta fiesta anglosajona se ha puesto muy de moda en nuestro país en los últimos años y, aunque está lejos del fervor que tiene en Estados Unidos -esta vez el efecto devastador de Sandy ya se ha encargado de que la vivan de otra manera-, cada año adquiere más importancia en España. La televisión contribuye en buena parte a que le prestemos gran atención a esta fecha, en la que nos bombardea con debates del tipo Halloween vs. Día de Todos los Santos y películas de vampiros, brujas y todo tipo de zombies. Entre las más demandadas, las películas del genio Stephen King, quien ha asegurado hace unos días que la primera película de terror que recuerda es Bambi. Menos mal que no todos compartimos esta estrambótica opiniónŚ
Si a los telespectadores nos llamaran hipócritas, lo más probable es que no nos sentara nada bien. Pero en un alarde de sinceridad por mi parte reconozco que, en ocasiones, este calificativo no nos viene demasiado grande. Mi argumento se sustenta en que pedimos más cultura en televisión, pero al final terminamos viendo lo mismo, los ‘reality shows’. Y no lo digo yo, sino los datos de audiencia. Los mismos que nos han revelado que los Premios Príncipe de Asturias 2012, que se emitieron en directo el pasado viernes en TVE, fueron los menos vistos de la historia con menos del 10% de cuota de pantalla.
Si alguien me preguntase qué ingredientes tiene que tener para mí una buena serie de televisión le contestaría que básicamente dos: buenos personajes y buenas historias. Los primeros porque tienen carisma y conectan enseguida con el espectador, siempre y cuando la interpretación esté bien trabajada, que eso ya lo doy por hecho. Las segundas porque atrapan, sobre todo por cómo los personajes las hacen evolucionar o resuelven más que por ellas mismas. Por tanto, si mezclamos uno y otro ingrediente tenemos como resultado una joya convertida en un capítulo de una hora o 45 minutos que no te importa ver una y otra vez.
No son buenos tiempos para casi nadie. Tampoco para casi nada. Y no lo iba a ser para desfilar. Si no que le pregunten a nuestra Fiesta Nacional, que este año ha sido la más austera de toda nuestra democracia y encima se ha visto salpicada por la polémica con Cataluña. No ha habido carros de combate ni aviones y los 2.600 militares que han participado lo han hecho a ‘patita’, excepto la unidad motorizada de la Guardia Real y los reservistas y veteranos, que lo han hecho en vehículos ligeros ‘Aníbal’. Por no haber, tampoco ha habido representación política catalana.
Ya dice nuestro refranero español que Quien tiene boca se equivoca para advertir que todos podemos equivocarnos y, por tanto, empleamos este dicho para disculpar las equivocaciones. Las que se cometen en la televisión son muchas. Como en cualquier otra profesión, los periodistas, los presentadores de informativos y programas, los tertulianosŚen fin, todas aquellas personas que han elegido exponerse en la pequeña pantalla deben estar dispuestas a equivocarse y a aprender de sus errores. En mi post de esta semana voy a recordar las meteduras de pata más sonadas de la televisión porque, como en alguna ocasión he escuchado, cualquiera que se tome demasiado en serio corre el riesgo de parecer ridículo. No ocurre lo mismo con quien siempre es capaz de reírse de sí mismo.
Las telenovelas en España ya han cumplido las bodas de plata. Después de los últimos coletazos de los culebrones de lujo norteamericanos de finales de los 80 y principios de la década de los 90 -recordaréis ‘Dallas’, ‘Dinastía’ o ‘Falcon Crest’- , que revolucionaron por completo a nuestra sociedad, TVE y posteriormente cadenas privadas como Telecinco apostaron por emitir telenovelas hispanoamericanas. A día de hoy tan sólo la cadena pública ha resistido a sus encantos. En la actualidad emite ‘Amor real’ y muy pronto estrenará ‘Amores verdaderos’.
Los telespectadores españoles no íbamos a ser menos que los de otros países, y hemos respondido igual que ellos ante la llamada de ‘La Voz’. Su estreno ha arrasado: 4.591.000 espectadores y un 30,6% de cuota de pantalla, unos datos que sólo se alcanzan cuando se televisan partidos trascendentales de fútbol. En nuestra década es ya muy difícil que se repitan los datos de audiencia que, semana tras semana, se conseguían por ejemplo con el ‘Un, dos, tres…’. Pero ‘La Voz’ lo ha conseguido y entona ya como fenómeno de la década.
Septiembre no sólo es el mes de la vuelta al cole. También es el mes en el que la aburrida y repetitiva parrilla de nuestra televisión se regenera con la llegada del nuevo curso. Y menos mal porque este verano ha sido insufrible encender el mando a distancia y ver contenidos que nos trasladaban en cuestión de minutos a nuestros años mozos y nos hacían recordar tiempos que, algunos por fortuna y otros por desgracia, ya no volveremos a vivir.