Veronica original

De la tele a mi sofá

Verónica Fernández
La huelga que batió récord en los directos

Desfilar en tiempos revueltos

No son buenos tiempos para casi nadie. Tampoco para casi nada. Y no lo iba a ser para desfilar. Si no que le pregunten a nuestra Fiesta Nacional, que este año ha sido la más austera de toda nuestra democracia y encima se ha visto salpicada por la polémica con Cataluña. No ha habido carros de combate ni aviones y los 2.600 militares que han participado lo han hecho a ‘patita’, excepto la unidad motorizada de la Guardia Real y los reservistas y veteranos, que lo han hecho en vehículos ligeros ‘Aníbal’. Por no haber, tampoco ha habido representación política catalana.
Si otros años bien podíamos estar durante buena parte de la mañana del Día de la Hispanidad viendo por televisión los distintos actos programados, el pasado viernes el desfile militar duró poco más de 30 minutos. A las 11:30 horas se zanjaba toda la ceremonia con el despliegue por el Paseo del Prado de Madrid de la Batería Real del Escuadrón de caballería de la Guardia Civil. A continuación, tocaba hacer ‘zapping’.

Cada año que transcurre hecho más cosas en falta en el día de la Fiesta Nacional. Lo más notorio, armonía en la Familia Real. En esta ocasión me ha sorprendido que la infanta Elena no se situara en el palco presidencial, sino en uno contiguo en el que se encontraban otros políticos y personalidades. En concreto, su vecino de al lado fue el líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien se debió quedar tan sorprendido como los espectadores cuando le comunicaron quién iba a estar a su vera.

A los que no esperaba ver en este ‘sarao’ eran a la infanta Cristina ni a su marido, Iñaki Urdangarín, que se mantiene apartado de las actividades oficiales de la Familia Real desde el pasado diciembre cuando el juez Castro le citara como imputado en el caso Nóos. Y, por supuesto, no se dejaron ver por allí. Porque una cosa es regresar a España en medio de la polémica y hacer de tripas corazón al mismo tiempo que mantienes la cabeza altiva cuando te abuchean por la calle, o que en verano la infanta Cristina diera marcha atrás en su decisión de acudir al Palacio de Marivent y se quedase al lado de su marido, y otra muy distinta que se vuelvan a poner en el disparadero. Así que este año verían el desfile por la tele, como la mayoría de los españoles. O quizás, no, porque soy de las que pienso que los actos oficiales son de lo más aburridos.

Otra diferencia con respecto al año pasado radicó en el público que acudió para ver el desfile militar. Aunque tampoco pudo estar cerca del palco de los políticos y autoridades puesto que el dispositivo se volvió a montar a una distancia considerable, por lo menos no propinó abucheos ni pitidos a los allí presentes como ocurriera en las últimas ocasiones.

Sin dudar de su educación y saber estar, me pregunto a qué se pudo deber porque los ánimos en la población cada vez están más caldeados y, en lugar de ir a mejor, cada vez nos ahogamos más en un pozo sin fondo. Ante esto, Rajoy, que acudía por primera vez a este acto como presidente del Gobierno, pudo respirar tranquilo y apreciamos como el nudo de su corbata le permitía tragar saliva sin ningún problema.

Toda la atención estaba esta vez en Cataluña. Su presidente autonómico, Artur Mas, no acudió a la ceremonia ni tampoco envió a un representante porque su Gobierno subraya que su fiesta nacional es la Diada del 11 de septiembre. La respuesta no se ha hecho esperar. Minutos antes de que comenzara el desfile del 12 de octubre, el ministro de Defensa, Pedro Morenés, afirmó ante las cámaras de Televisión Española que el Día de la Fiesta Nacional es “el de la unión de todos los españoles, de todos los españoles -recalcó-, cualesquiera que sea la zona en la que vivan”, a la vez que apuntó que “los españoles juntos y unidos somos mucho más dentro y fuera de España que desunidos”.

De ahí que el lema utilizado esta vez por las Fuerzas Armadas para promocionar la Fiesta Nacional fuera el de ‘Nuestra fuerza somos todos’, un mensaje sin lugar a dudas para calmar las reivindicaciones de independencia de las últimas semanas de Cataluña. Un lema que, de ser ésas sus pretensiones, siento decir que poco o nada va a calar en aquellos que no se sienten españoles. En fin, el 12 de octubre ya ha pasado y los que no se hayan españolizado tendrán que recuperar el año que viene. Lamento que no hayan progresado adecuadamente.

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