Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

Las brujas en el Medievo

En la imaginación popular de la Edad Media la bruja era una figura ambigua, de formas muy variadas, cuyas fantasías e historias se vieron acrecentadas por las declaraciones en los procesos judiciales de aquel entonces. Los elementos que distinguen su imagen: como la escoba, la caldera humeante, o las hierbas, están rodeados de una misteriosa aureola de ambigüedad.

 

La simple escoba se convierte en una montura en manos de la bruja. Lo mismo sucede con la caldera, desde siempre utensilio de cualquier hogar o fogón, que se transforma en un recipiente donde cocer toda mezcla de hierbas de extraños poderes mágicos.

 

Todo lo concerniente a la bruja es antisocial en un mundo agrario donde la función reproductora es fundamental. En el imaginario del campesino del medievo la bruja es estéril, roba leche para hacer magia, se come a los niños y usa grasa corporal para preparar ungüentos.


La Iglesia siempre tuvo conocimiento de la estrecha relación existente entre las hierbas y algunas mujeres, una confusa unión que en un principio era castigada con penas leves, hasta que la inquisición tomó cartas en el asunto.

 

Lo más preocupante era, para la Iglesia, el control que estas mujeres ejercían sobre los nacimientos y los abortos. Hasta tal punto les preocupaba que lo advertían en sus cultos: “Que ninguna mujer tome pociones con la finalidad de abortar ni ninguna otra diabólica pócima que impida la concepción”.

 

Sacerdotes y cristianos a ultranza cerraron filas junto a los jueces dando un mensaje inequívoco en los sermones y sentencias: “las brujas no curan ni hacen abortar, se limitan a robar a los niños para cocerlos en sus calderos”. El único remedio de hierbas que la Iglesia permitía era el realizado por los médicos con fines terapéuticos, todo lo demás era considerado magia del diablo.

 

 

Pero esa advertencia, y otras que hacían los hombres de la Iglesia, venía a demostrar que las prácticas curativas y abortivas se seguían aplicando en el mundo femenino. Las creencias en las virtudes de las hierbas, en las reuniones nocturnas que recibían el nombre de aquelarre y en los vuelos de mujercillas cabalgando sobre una escoba, fueron rechazadas, demonizadas y reprimidas con toda la fuerza que tenía la Iglesia de aquel entonces, lo que significaba morir en la hoguera a quien usase de estas prácticas.

 

En aquella época, para condenar a una de estas mujeres se necesitaban dos testimonios en su contra, pero como era imposible encontrar testigos de vuelos en escoba, fue entonces cuando los inquisidores comenzaron a buscar la confesión de las propias enjuiciadas para poder condenarlas.

 

Es así como Inocencio IV autorizó la tortura en los procesos, aunque solo se podía aplicar una vez. Esta obligación fue burlada por los inquisidores que afirmaban que era lícito interrumpir la sesión de tortura para retomarla en cualquier momento. Así las cosas, las confesiones comenzaron a proliferar como si se tratase de plegarias, y en dichas confesiones se incluían los nombres de los presuntos cómplices a los que se acusaba del delito de brujería, o de pertenecer a la secta de las brujas.


Diferentes remedios populares, confeccionados a base de hierbas, entraron poco a poco a formar parte del ungüento, convertido ya en el brebaje que permitía “el vuelo” de las brujas a caballo de la escoba. Gracias a estos ungüentos “la bruja” Ana María Georgel fue acusada en 1355 de tener relaciones con el diablo, confesando que había aprendido de él los secretos de las plantas. Cien años después, otra hechicera cuenta que ha volado muchas veces untándose con un ungüento hecho con grasa de buitre, sangre de murciélago y sangre de niño.

 

Otras confesiones revelan que el que bebe cierto tipo de ungüento siente nacer dentro de sí las imágenes de nuestra secta y el conocimiento de sus principales ritos. Todos estos actos de inculpación, provocados obviamente por el miedo a ser torturados, fueron creando en el subconsciente popular el mito de la brujería asociado al maligno.

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