Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

EL REY DE LAS ERECCIONES MORCILLONAS

Si uno se fija en los retratos que de Carlos II, el Rey Hechizado, hizo Claudio Coello, verá que era de ojos saltones, carnes blancas, con una inmensa nariz que le caía sobre el labio superior, y una mandíbula aún más exagerada que la de su progenitor, su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo. Alguien lo definió con una frase rotunda: “Asusta de feo”.


    El monarca nació renacuajo y cubierto de costras (dicen las malas lenguas que fue concebido con las últimas zurraspas de semen que aún producía su padre, el Rey Pasmado). Tan diminuto era y  tan mala pinta tenía, que se decidió no mostrarlo públicamente como exige la tradición y el protocolo. Creció muy lentamente y siempre enfermizo, lo que hizo que se pasara la vida entre médicos, frailes, y ritos exorcistas para alejar al diablo de su cuerpo (era epiléptico y los curas decían que tenía el maligno). Dos de sus confesores dormían en su alcoba para preservarlo de Lucifer. A pesar de todas sus enfermedades, a los catorce años le casaron con una sobrina del rey francés, una morenaza de ojos negros, de la que un informe médico de la época decía que tenía el vello del pubis muy espeso. María Luisa de Orleans, fue escogida porque procedía de una estirpe muy paridora y para los esponsales hubo que pedir la pertinente bula papal, porque para no perder la costumbre de los Austrias, esta francesita de muy buen ver era pariente de Carlos, aunque no sé en qué grado.


    Pero pasaron los meses y la reina no se quedaba preñada. La corte no dudó en requerir al embajador francés para ver qué podía ocurrirle a la reina que no se quedaba encinta. Y éste, sabedor de las enfermedades del rey, sospechaba que no podía fornicar. Para saber si estaba en lo cierto, logró hacerse con unos calzoncillos usados del monarca  para someterlos al examen de dos médicos. Los galenos, una vez analizados los calzoncillos, llegaron a dictámenes distintos. Uno dijo que el rey podía preñar; el otro, que no podía.


    En un primer momento, muchos pensaron, al igual que el embajador francés, que el rey no preñaba a la francesita porque era impotente, pero luego se comprobó (imagino, porque no queda otra que imaginárselo, que habría testigos de parte para dar fe de la consumación del matrimonio) que Carlos conseguía una erección morcillona a base de muchos esfuerzos, pero suficiente, según cuentan, para penetrar a la reina. Y aunque dicen que era eyaculador precoz, eso no hubiera sido óbice para dejar su semen inoculado en el útero de la reina. Quizá, piensan algunos historiadores, el semen que producía su único testículo era estéril.


    El pueblo de Madrid no tardó en hacer circular una de esas coplillas populares tan sarcásticas, echando la culpa a quién no la tenía: Parid, bella flor de lis / que en ocasión tan extraña / si parís, parís a España / si no parís, a París.


    Murió la francesita a los veintisiete años. Y a reina muerta, reina puesta. Un mes después se eligió a una alemana, Mariana de Neoburgo porque su madre había parido veinticuatro hijos. Y con ese antecedente se pensó que esta vez sí. Pero esta segunda esposa alemana, debió ser de armas tomar. Dicen, que con tal de no dejar de ser reina se hizo acompañar de un médico alemán que llegó a certificar hasta ocho embarazos que indefectiblemente siempre acababan en abortos. Finalmente, mientras las casas reales europeas –sabedoras ya de la impotencia del monarca español- movían sus piezas para colocar a uno de los suyos en el reino español, Carlos II moría sin herederos directos el 1 de Noviembre de 1700, cerrando así la dinastía austríaca en España y dando paso a la dinastía borbónica, la misma que 315 años después sigue reinando.

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