Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

EL REGALO DE LA ALCALDESA

A mis manos ha llegado esta semana el número 808 de la revista Nuevo Mundo editada en el siglo XIX. Un número que se publicó concretamente el 29 de Noviembre de 1898, y que valía veinte céntimos, tal y como figura en la cabecera de la misma. En ella he encontrado un relato firmado por José Rodao que se titula el regalo de la alcaldesa. No sé si es una historia real o un cuento escrito para entretener al lector, pero como no siempre tenemos la oportunidad de ver lo que se escribía en las revistas hace más de cien años, les cuento la historia que pudieron leer los pocos españoles que hace más de cien años tenían acceso a las revistas y a los periódicos.


    El secretario del Ayuntamiento de Fuenteplana, había convencido al alcalde de las ventajas de adquirir una bicicleta para el Municipio –sin que la tía Farruca, esposa del alcalde, se enterara porque era una mujer refractaria a cualquier progreso y que tenía un gran dominio sobre su marido-


    -De este modo, decía el Secretario, se ahorra mucho dinero de la caja municipal y yo realizo mis sueños, que no son otros que los de montar en bicicleta. Con ella realizaré los deberes de mi cargo en la ciudad, sin tener que andar pidiendo a los vecinos que me presten una mula coja.


    Convencido el Ayuntamiento, aprobó la compra de una bicicleta que el Secretario se encargaría de ejecutar. Cuando, después de varios trompazos, pasaron los días y estuvo en condiciones de hacer su primer viaje a la capital, él y el alcalde decidieron ir a contárselo a la tía Farruca, vieja gruñona que renegaba de todo medio de locomoción que no fuera el pollino en el que ella montaba.


    -¡No faltaba más –exclamó dirigiéndose a su marido- que tú consintieras que un empleado tuyo vaya por ahí montado en ese artefacto y luciendo parte de las piernas desvergonzadamente!


    Dicho esto se dedicó a lanzar improperios a los dos hombres hasta que se quedó a gusto. Una vez desahogada, dio lo hecho por bien hecho y hasta se la ocurrió preparar un regalo para que, al día siguiente, se lo llevase el secretario en la bicicleta, al diputado del distrito, a quién la tía Farruca estaba muy agradecida por haber hecho alcalde a su hombre, algo que la henchía de satisfacción porque había conseguido ser la envidia de las dos o tres mujeres cuyos maridos también aspiraban a tomar posesión de la vara de mando municipal. Se acordó de lo encantado que se fue el día que nombró alcalde a su marido por la exquisita tortilla de patatas con que le obsequió, y decidió que ese sería el regalo que le llevaría el Secretario. Su marido y el Secretario la convencieron para que en vez de la tortilla, le regalara una cesta de huevos frescos, para que el diputado hiciese con ellos lo que viniera en gana.


    Al amanecer, dando pedales con orgullo, salía el secretario de la casa de la tía Farruca, con una cesta de huevos, que a modo de mochila, colgaba de su espalda. La alcaldesa permaneció en la puerta, viendo alejarse, mientras hacía eses por el camino, al secretario y a su regalo. Al momento, un bache en el camino, hizo que montura, hombre y cesta de huevos, dieran todos en tierra. El secretario, empapado de clara y yemas, se levantó, miró hacia atrás viendo llegar al trote a la mujer del alcalde con las manos en la cabeza. Antes de que llegase a su altura, temeroso de la reprimenda que le esperaba, tomó la palabra:


    -¡Tía Farruca, al cabo se ha salido usted con la suya!... ¡Será tortilla!... ¡Pero de hierbas!

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