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Ciudadano Descatalogado

Honorio Cardoso
El blog en Tribuna de Salamanca de Honorio Cardoso

Verano malaje

El diccionario de la RAE asigna el adjetivo “malaje” a la consideración de una persona: alguien desagradable o con mala sombra. Sin embargo, los gaditanos, en su uso cotidiano y familiar, han extendido la caracterización a situaciones, entornos y circunstancias que sobrepasan a las personas y sus relaciones. Ahora, cuando las meteorólogas nos cuentan que el verano ha terminado, y al hacer balance del mismo, considero que el adjetivo le cuadra perfectamente. Creo que ha sido un verano con mal ángel, con mala sombra, esquinao.

En 1993, al calor de la conmemoración de la muerte de Karl Marx, disculpas por mentar la bicha, Juan Goytisolo publicó una jocosa y entretenida novela, La saga de los Marx, en la que resucitaba al filósofo, a los familiares y a parte de sus contemporáneos. En ella les obligaba –bien podría decirse que les condenaba- a contemplar el adocenamiento televisivo de la clase trabajadora del occidente europeo y, en paralelo, el hundimiento de los regímenes del este continental. Al releerla este verano, me he encontrado con la (olvidada) deslumbrante descripción inicial en la que se relata la irrupción de un panzudo transatlántico en una playita cercana a Bari: un grupo de veraneantes del encumbrado estatus de la clase media se relaja inmerso en la burbuja de luz y sol adriática, a la vez que disfruta de la felicidad estival y saborea el letargo y la placidez que de ella emana. De repente esa dicha costera queda rota cuando el airoso crucero, supuesta balconada en la que deberían acodarse elegantes y distinguidos pensionistas anglosajones o escandinavos, se transforma en un cráter que incansablemente escupe una masa anónima y alucinada de emigrantes albaneses. Semejante metáfora, descacharrante en descripción e intuitiva y luminosamente anticipatoria en su concepción, ha quedado materializada y sobrepasada por el escenario en la que hemos estado inmersos éste verano. Hemos vuelto a comprobar que la realidad supera a la ficción: el balneario del capitalismo avanzado, Europa, ha reventado y, con él, se han hundido las ficticias seguridades tras las que nos habíamos parapetado. Este espacio no me permite profundizar en las causas que aquí nos han conducido, pero no quiero sortear el reto al que, en mi opinión, nos enfrenta: el proyecto de una Europa como espacio de convivencia intercultural, de experiencia democrática y de transformación social está en riesgo de irse a pique. Y no exactamente por el drama migratorio, sino por la respuesta delirante de gobernantes y gobernados,  mayoritariamente cosidos al imaginario que alimenta las peores pesadillas de nuestra historia europea: el nacionalismo rampante.

 

Junto al drama de la emergencia migratoria, la tragedia griega. Como espectadores hemos presenciado una obra no escrita por algún autor capaz de conmovernos y dotado para seguir avivando los sueños de Clístenes y Pericles; por el contrario,  ésta ha sido alentada por los dioses acreedores, escrita por sus voceros mediáticos e impuesta por esa insoportable pléyade de firmes directores de escena (Merkel o Draghi), escenógrafos estrictos (Schäuble, Dijsselbloem o Schulz) y coro (Rajoy, Tusk o Dalia Grybauskaitė, Hollande, Renzi) más o menos entusiasta, los reparten Ustedes en la fila que consideren. Bajo la canícula del estío hemos podido asistir, en vivo y en directo, a la efectiva reeducación de Tsipras y Syriza, a quienes se les ha aplicado todo tipo de metodologías radicales: autoritarismo, intransigencia, suspensión del recreo bancario o el castigo a copiar cien veces el memorándum. El resultado ha liquidado cualquier debate pedagógico: sin duda, a la hora de doblegar a los revoltosos son mucho más eficaces las amenazas del capitalismo caníbal que el gulag soviéticos o los jemeres camboyanos, ¡dónde va a parar! Y, por supuesto, lo peor: la troika podrá exhibir ante cualquier crítica que hasta la izquierda radical griega ha asumido el “sentido común”. Curioso argumento, éste del sentido común, que algunos no se han cansado de enarbolar como enseña, o como matraca, durante los últimos años.

 

Y, entre medias, la desaparición de tres referentes sustanciales, cada uno a su manera, de la educación sentimental de una parte de mi generación: Javier Krahe, Rafael Chirbes y Daniel Rabinovich. Tres tipos, primero, dignos, en su compromiso y en sus trayectorias vitales; segundo, insobornables en su lucidez: descarnada y dolorida en Chirbes, sarcástica e insumisa con Krahe, hilarante y disparatada en el componente de les Luthiers; y, por último, con inteligencia para repartir. Los tres construyeron su obra desde sus preocupaciones peculiares, desde sus interrogantes íntimos y nosotros los escuchamos y leímos con el asombro de que, no en su precisión pero sí en su sentido, daban perspectiva a nuestra experiencia y nos contaban nuestro tiempo. A Rafa le gustaba repetir que, en consideración de Zola, toda obra de arte se levantaba contra la convención, ellos lo hicieron.

 

En una ocasión le preguntaron a Krahe sobre que le daba más miedo, si el alzheimer o la memoria,  contestó que el primero sin duda, porque era terrible. Aunque, a renglón seguido,  añadía que también la memoria puede serlo. Este verano malaje creo que constituye prueba de ello.

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