Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Madrigal de las Altas Torres

 
Se cuentan con los dedos de las manos los municipios abulenses que tienen el legado histórico y el armonioso conjunto monumental de Madrigal de las Altas Torres. El pueblo, situado en la Moraña norte, en la confluencia provincial con Salamanca y Valladolid, cuenta con un censo demográfico cercano a los mil setecientos habitantes y está bien comunicado con la capital, de la que dista 74 kilómetros. Madrigal de las Altas Torres está ligado a una figura cimera de nuestra historia, Isabel la Católica, que nació en el palacio de Don Juan II de Castilla, desde el siglo XVI reconvertido en convento. Isabel dejó una obra política sin precedentes en el mundo medieval: unificó la península, concluyó la reconquista e impulsó el viaje oceánico de Cristóbal Colón y el descubrimiento de América. Pero la reina católica no es la única personalidad relevante del pueblo. Allí nació también Alonso Fernández de Ávila, ilustre humanista y obispo de la ciudad de Ávila; además, en Madrigal concluyó su azarosa existencia el poeta Fray Luis de León.

Ese pasado solemne del pueblo se conserva en sus edificaciones más relevantes, entre las que sobresale la iglesia de San Nicolás, en la plaza mayor, con torre mudéjar de sorprendente verticalidad, la iglesia de Santa María del Castillo, la muralla cuyo perímetro cuenta con cuatro puertas de entrada, entre las que sobresale la puerta de Cantalapiedra y el ya mencionado palacio-convento.

Como la mayor parte de los pueblos morañegos, el ladrillo ha marcado la fisonomía exterior de las casonas. Las tierras de labranza y una agricultura de cereales han sido los tradicionales medios de subsistencia de un entorno rural que ha ejercido de cabecera de zona durante muchos años. Los nuevos tiempos dejan paso a un renovado tejido productivo en el que el turismo debe ser una fuente de ingresos sólida y provechosa. Por otra parte, el cruce con otras provincias de pujante economía dinamiza un pueblo en el que sus torres altas suenan todavía a campanario despierto y a madrigal de ojos claros, serenos.

La salida de la localidad a campo abierto me deja ante los ojos la soledad derramada de la Moraña, esa espaciosa penillanura con mínimas ondulaciones, que ya siente en su tierra la sombra del otoño.

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