Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Las Navas del Marqués. Recuerdos Literarios...

Recupero de los estantes de mi biblioteca algunos ejemplares de una revista literaria. Se llama Caminar conociendo y era, a mediados de la década del noventa, la publicación que impulsaba la biblioteca pública de Las Navas del Marqués. Todavía sorprende el buen hacer de su diseño y la amplia nómina de colaboradores que congregó en cada salida su director y coordinador José María Amigo Zamorano, un activista cultural que vencía todas y cada una de las dificultades de financiación que iban surgiendo en la edición.

Fueron cuatro o cinco las ocasiones que tuve entonces de viajar a Las Navas del Marqués, desde Madrid, siempre por una carretera que tenía €“y tiene todavía, sus laterales llenos de árboles. El acto era sencillo y mezclaba música y poesía y de modo natural el salón se llenaba al caer la tarde con un público dispuesto a escuchar un soneto o una balada, que ambas cosas eran recibidas con un aplauso prolongado y generoso. Abundaban los jóvenes entre el público, pero también había muchos mayores que siempre esperaban poemas de rimas sonoras e historias ejemplares, al estilo de aquellos romances tradicionales que aprendieron de memoria en sus días infantiles.

Antes del encuentro, yo me perdía en el pinar cercano y daba largos paseos bajo los pinos, con algún libro entre las manos que hacía referencia a la historia local y a la presencia en distintos momentos de autores que veraneaban en las Navas del Marqués y que aprovechaban la cercanía de la capital para organizar el fin de semana alguna tertulia amistosa, junto a la naturaleza. En una de mis primeras visitas, conocí a uno de los tertulianos habituales del madrileño Café Gijón: Eusebio García Luengo. Su avanzada edad no le impedía mezclarse y alternar con los nuevos poetas y narradores y prodigar un dilatado anecdotario de los protagonistas de la vida cultural de varias décadas. Cuando murió en 2004, la localidad entera se volcó en un sentido homenaje de gratitud y afecto.

Vuelvo a Las Navas y otra vez el pinar me retiene. Siempre expuesto a la especulación y al desmadre urbanístico, el bosque rodea a la localidad y concede a los alrededores un verdor sostenido y el sosiego de una primavera naciente. Pero las calles esperan, atestadas de visitantes de fin de semana como yo que quieren disfrutar de una jornada sin preocupaciones ni balances económicos.

El deambular por la localidad concluye ante el castillo de Magalia, la fortaleza renacentista que mando construir Don Pedro Dávila, primer marqués de Las Navas, un edificio histórico que ha sufrido un azaroso inventario de abandonos y reconstrucciones. Resalta la balconada, la gran puerta de arco de medio punto y la solidez del torreón. Allí recuerdo otra lectura con poetas abulenses de la que he perdido casi todos los detalles.

Nuevamente camino hacia la plaza, ese entorno atemporal donde siempre conviven los ecos del pasado y el ajetreo del presente.

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