Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Arévalo. Mudéjar y Gastronomía

Tras un apresurado viaje a Valladolid por una autopista semivacía, la mañana concluye en Arévalo, para disfrutar de una deseada y compartida cita gastronómica.

Son muchos los establecimientos hoteleros diseminados por la Plaza del Real y por callejones cercanos y casi todos cumplen, con oficio y solvencia, las demandas de cualquier paladar satisfecho. La carta es muy variada, compuesta por productos de la tierra, como el cordero o el cabrito, pero el plato estrella, como dicta la tradición, continúa siendo el tostón o cochinillo de Arévalo.

El plato ha de cumplir las normas básicas del asado, un cochinillo blanco, criado con leche materna y sacrificado a las tres semanas de su nacimiento para que, tras el asado, quede la corteza dorada, jugosa y crujiente, dispuesta a ser troceada por la pericia manual del cocinero sin más herramienta que un plato de loza. Los lugareños aseguran que esta ofrenda culinaria forma parte del legado gastronómico de la ciudad desde hace más de quinientos años y aquí no vale la exposición de argumentos contrarios. Sólo queda asentir o pronunciar con voz dubitativa aquellos versos de Antonio Machado: €œA las palabras de amor / les sienta bien un poquito / de exageración€. Pues eso, buen provecho y después de una infusión que aparte la somnolencia un pausado callejear por la localidad más representativa de la comarca de la Moraña, cuajada de monumentos históricos, sobre todo de estilo mudéjar.

Cuando recorro el mapa urbano la memoria se llena de recuerdos. A menos de quince kilómetros está El Bohodón, el pueblo donde nací. En aquellos años escolares era frecuente el viaje familiar a la ciudad para adquirir buena parte de los productos domésticos y recuerdo también las celebraciones patronales de la ciudad como la Virgen de las Angustias, con el solemne ambiente de las procesiones, o las fiestas de verano cuando los días vacacionales permitían unos horarios libres de cualquier compromiso para participar de los festejos de San Victorino, siempre animados por las peñas taurinas y por los inevitables partidos de fútbol.

Visita obligada es el nuevo centro cultural en la iglesia de San Martín. Allí participé hace unos años en un certamen literario organizado por el Hogar de Ávila en Madrid y pude apreciar la completa rehabilitación de un espacio construido en el siglo XII y declarado monumento histórico artístico en 1931 en el que destaca su retablo, las pinturas murales y el coro en el interior y su fachada norte en el exterior.

Después un largo paseo por el exterior del castillo, con su sólido torreón almenado, la muralla reconstruida y los exteriores de las diferentes iglesias como santa María la Mayor, con su ábside mudéjar, o la iglesia de San Martín, de esbelta torre y claustro lateral.

Para el regreso elijo la carretera secundaria que lleva a Tiñosillos y a El Bohodón, esa localidad en la que yo fui niño y en la que guardo todavía las voces de unos años que conservan su timbre inalterable.

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