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Blog Paco Cañamero

Tribuna de Salamanca

El largo túnel del dolor de Ortega Cano

José Ortega Cano habló, por primera vez tras al trágico accidente sufrido a finales de mayo, para un medio de comunicación. Y lo hizo el domingo por la noche, en las ondas de la SER. En el programa €˜Los Toros€™ de Manolo Molés.

Fue emocionante volver a escuchar a ese hombre, hoy en el pozo del color. Sentir otra vez las palabras de un hombre roto, que se emociona al pensar que, en el accidente que provocó, se llevó la vida de un hombre. Y más dolor ver a Ortega Cano defenderse de tanta acusación y mierda como echan contra su figura desde la €˜telerrosa€™. Quien disfrutó con el arte de este genial torero de Cartagena y lo conoció como persona sabe sobradamente todo el daño que se le hace desde las 625 líneas de la televisión amarillenta.

De la hurga en el drama y en la tragedia. Como la que sufre este José Ortega Cano, al que han convertido en pasto de sus miserias y al que, entre unas cosas y otras, han acabado convirtiendo en un juguete roto.

Desde hace tiempo, José Ortega Cano, es otro juguete roto. Otro hombre que después de tocar la gloria con la yema de sus dedos, gracias a su grandeza torera, ha caído derrotado a los infiernos. La vida, las circunstancias y un matrimonio con Rocío Jurado de copla y papel couché acabaron tumbando en la lona de los desdichados a quien fue uno de los mejores toreros de las pasadas décadas de los 80 y los 90.

Y ahora, hasta la gente joven desconoce quién es este señor y su auténtica realidad. La de un magnífico torero con el que se disfrutó tantos en las plazas con su capacidad y armonía. Porque José Ortega Cano fue un torero de armonía, de profundidad y de clase, que supo resurgir para escribir una página en la Fiesta. Y aguantar un tirón que no las gravísimas cornadas de Zaragoza y de Cartagena de Indias frenaron su magnífica proyección.

Dueño de una trayectoria digna de todo elogio, poco antes de su irrupción indulta a un toro de Victorino Martín en Madrid y aquel día, tras verse desbordado su estrella casi se apagó. Es en la corrida de La Prensa de 1983 y para todos, Ortega Cano, fue el gran perdedor de esa tarde. Entonces, embargado por el fracaso, su idea es retirarse y montar una frutería, por lo que se mete en casa hasta el punto de pensar también en hacerse banderillero.

Pero fue su madre, doña Juana, quien lo anima para seguir hasta encontrar tal motivación que es contratado para torear un corrida de Clairac en una portátil y en un sitio que no cuenta en el circuito, la donostiarra de Zarautz y aquel día la gente y los profesionales salieron hablado de la torería y capacidad de Ortega Cano, que sorprende a todos. El naciente éxito devuelve algo muy habitual desde siempre en la Fiesta, como es el boca a boca, por lo que, poca semanas después, se representa una nueva oportunidad en la cátedra de Las Ventas que aprovecha y de allí sale un torero nuevo camino de todas las ferias.

Es la segunda parte de la década de los 80 y Ortega Cano se acartela ya en todas las ferias para convertirse en una sensación del toreo, gracias a su variedad con el capote, pero sobre todo su poderosa y clásica muleta, la misma que embebía las embestidas de las reses para protagonizar auténticos monumentos al arte del toreo. Su toreo gusta a todo el mundo y lima las esquirlas que aún le quedan, como las banderillas, arte en el que nunca destaca, mostrándose gris y torpón.

Los éxitos se repiten, llegan las puertas grandes de Madrid y en todas las plazas. En Salamanca, además, indultó dos novillos seguidos en el prestigioso festival de Las Hermanitas que se celebra por esas fechas. Se trata de dos reses de un compañero de €˜quinta€™, como es El Niño de la Capea, que ve la luz como ganadero de éxito y gracias a Ortega Cano logra el primer éxito con el indulto de €˜Espiguito€™ y €˜Pesetero€™.

En ese esplendor su nombre se une, especialmente, al de Julio Robles, con quien rivaliza varias veces en tercios de quites que se convierten en la mejor tarjeta de presentación de la Fiesta. Y hasta Manolo Chopera, el empresario de Madrid capta ese imán y organiza un mano a mano fuera del abono que llena completamente Las Ventas. Es el mejor Ortega Cano, una referencia que torea con gusto y clase.

Fue su gran época, la misma que tuvo su colofón con la llega de César Rincón, con el que se le empareja en la temporada de 1992. Fue el año del canto del cisne de un torero grandioso, quien a partir de entonces comentó a entrar en un túnel del que ya nunca más salió. El túnel del amarillismo y de no dejar que respeten su sagrado nombra taurino para rociar tanta mierda sobre quien logró tan admiración.

Hoy lucha por superar las secuelas del grave accidente. Pero lo más grave es el juicio paralelo al que lo han sometido desde la €˜telerrosa€™, sin dejar que la Justicia actúa como corresponde. Y lo más triste es que se han olvidado que José Ortega Cano ha sido un grandioso torero, por eso fue tan emotivo volver a escucharlo en la madrugada del domingo al lunes en las ondas de la SER.


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