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Blog Miguel Refoyo

Tribuna de Salamanca

Otra orgía de efectos especiales

Michael Bay se lo pasa como un niño espectacularizando la catástrofe en un filme que agota las posibilidades de la franquicia pormenorizando visualmente todo tipo de explosiones y demoliciones digitales.

El cine de Michael Bay no engaña a nadie. Sus películas abrazan sin rubor la grandilocuencia megalómana de un visionario que suele confundir efectismo y artificiosidad con cine épico, transformando el espectáculo en un McMenú de saturado corolario comercial. Su perspectiva cinematográfica se forja a golpe de efecto digital, siendo éste el sello de unas tramas que devienen en ilustrativas paradigmas moralistas genuinamente yanquis.

Esta €˜Transformers: el lado oculto de la luna€™ no rehúsa a su condición de €˜blockbuster€™ definido por la bagatela de sus predecesoras, con un guión de tiralíneas escrito por Ehren Krueger que devuelve la eterna batalla entre los Autobots y los Decepticons. Bajo esa simbología de vehículos y armas que representan parte de la idiosincrasia estadounidense, con loas a la libertad y unos pocos giros que doten de algo de emoción a una historia que, no nos engañemos, es para lo que es.

Aquí Michael Bay se supera así mismo y por supuesto que lo hace en un estrato de desbordamiento digital, ofreciendo al público una orgía de efectos especiales que no pierde de vista la vacua pretensión de subrayar su intrascendente moraleja patriótica y heroica. Para Bay el cine es como un juego de niños en el que todo es posible, con un entendimiento de artefacto escapista casi sistémico en cuanto a planificación y realización, consumada como si fuera un enajenado alucinador de masas.

La diversión cinética, en cuanto a espectacularidad, impone una recreación escandalosa y rimbombante de la destrucción del mundo. ÂżQué no hay atisbo de una historia coherente? No pasa nada, para eso está esa ideología fílmica balanceada hacia la destrucción gratuita, pormenorizando todo tipo de explosiones y demoliciones digitales, con cristales y fragmentos saltando por los aires en dirección a cámara para realzar el sentido del 3D dentro de una función de planos imposibles, de metales crujiendo, de olor a gasolina, de persecuciones de coches, de piruetas, disparos y choques.

Sin embargo, no hay que darle más importancia. Tampoco se puede tomar muy en serio cualquier derivación argumental más allá del tópico de género hipertrofiado de ambición visual carente de inventiva, donde no existen las leyes de la coherencia o la verosimilitud. Y dirán lo que quieran de la nueva chica acompañante, Rosie Huntington-Whiteley, pero para búcaros de ornamento se echa de menos a Megan Fox en el objetivo del director de €˜fetichizar€™ a una mujer despampanante.

€˜Transformers: el lado oculto de la luna€™ podría definirse, como señala A. O. Scott en €˜New York Times€™, como una fanfarria de €œhomoerotismo metalizado€ de los propios transformers. La divinización de un cine post-humano donde no cabe la sutileza, llevado más allá de los cánones del séptimo arte hasta mecanizar su alma y su propósito, hasta transformar su cine en una artefacto metamorfoseado por el gran tonelaje de efectos especiales y manifestar, con aires de grandeza, lo que el trabajo del CGI es capaz de lograr.

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