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Blog Miguel Refoyo

Tribuna de Salamanca

El extraterrestre malhablado

€˜Paul€™ pretende homenajear al cine fantástico de los 80, a la esencia perdida de un género en clave de comedia que a pesar de su inocencia acaba por agotar su fórmula basada en el guiño y en el €˜gag€™ referencial.

Las dos anteriores películas de Greg Mottola redefinían un sentimiento nostálgico por la esencia de un pretérito que parece alejarse cada vez más con el paso de los años, bañados en el arquetipo, muy de su tiempo, muy de los años 80. Tanto €˜Supersalidos€™ como €˜Adventureland€™ proponían, de forma muy diferente, la reubicación de códigos generacionales donde se describían situaciones de autoencuentro y maduración.

Podría decirse que el cine de Mottola está protagonizado por personajes inocentes, más o menos complejos, anclados en cierto infantilismo, que deben afrontar la etapa adulta que se le viene encima. Se trata de trayectos vitales, periplos iniciáticos, que reposan sus virtudes y defectos en un efecto de halo melancólico sobre el recuerdo y la memoria de un tipo de cine algo caduco, pero con alcance y simpatía para el gran público.

€˜Paul€™ reincide en todos estos elementos característicos, en un cariz €˜peterpanesco€™, con dos €˜frikis€™ ingleses del género puramente Sci-Fi que peregrinan a Estados Unidos para asistir a la Comic Con de San Diego y que se topan con un alien en el Área 51, iniciando así una aventura a bordo de una €˜casa-caravana€™ Winnebago. Mottola acomete con estos mimbres un viaje por la América Profunda, surtida con cierta gracia con la cultura popular, donde combina una suerte de referencias al cine de género cómic, fandom, novelas de serie B, compras de souvenirs en forma de réplicas de espadas y pegatinas de extraterrestres para el parachoques o el simple hecho de hacerse fotos mientras los personajes recrean algunos fragmentos de sus películas favoritas (como esa lucha entre Capitán Kirk y Gorn).

Tampoco faltan alusiones a la idiosincrasia de los €˜rednecks€™ yanquis, configurados en una pareja de rudos sureños a los cuales los protagonistas comparan con los salvajes de €˜Deliverance€™, de Boorman y al padre ultrarreligioso de la chica la que raptan fortuitamente. €˜Paul€™ se va constituyendo como una comedia sobreexpuesta, donde van aflorando un catálogo de €˜gags€™ con elementos tan cómodos y elementales como la marihuana, el alcohol, las barbacoas, los chistes soeces y la complicidad que se establece entre la pareja formada por Simon Pegg y Nick Frost y el deslenguado extraterrestre que responde a la fisonomía habitual y estandarizada de este tipo de seres con la voz (maldito doblaje) de Santi Millán.

Con ello, €˜Paul€™ se mueve entre la parodia y la ofrenda al cine de género, con constantes referencias al cine de George Lucas y Steven Spielberg (que protagoniza una divertida secuencia con su voz telefónica incluida) o con amagos de destreza humorística de toques satíricos que, sin embargo, empiezan a pasar factura pasado el primer tramo de la cinta. Lo bueno de una película como €˜Paul€™ es toda su benevolencia y lealtad con esta historia sin ambición, personificada tanto en sus personajes protagonistas dispuestos a alterar su tan soñado viaje por carretera con el fin de ayudar a su nuevo amigo espacial como en sus perseguidores, patanes de dibujo animado, llevados más por la curiosidad que por el énfasis de exterminar al alien.

En último caso, €˜Paul€™ no defraudará a aquéllos que posean una acentuada mitomanía y rían el simulacro de humor hacia el gran género popular que supone la ciencia ficción. Se trata de una €˜road movie€™ que empieza bien su viaje, sorprende y atrapa, pero acaba accidentada con tanta transcripción referencial, facilidad de humor apagado y cierto descenso al ostracismo sin parangón con síntomas de agostamiento. Tanto chiste de €˜nerd€™, insinuaciones al mundo gay y la confrontación de ese aseñorado raquitismo inglés contra la estolidez yanqui extenúa la fábula de ese pequeño hombre verde que quiere volver a casa para que no le diseccionen la cabeza. Eso sí, no apta para amantes de Gene Roddenberry, de las aventuras de Buck Rogers o de aquellos que hablan Klingon, por mucho que insistan en esbozar pequeños guiños hacia ellos.

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