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Mi editor

por Pedro Letai.

No entiendo nada del mundo, pero sé que cuando quiere nos pasa por encima. Miro ahora las fotografías de la última vez que estuve en Salamanca y veo que ya no queda casi nada de todo aquello. Se ha muerto Ricardo González, mi editor. Hoy comprendo, entre el barro y el caos, que también era mi amigo.

 

Un escritor nunca olvida su primera novela, y menos aún a la persona que se decide a publicarla. El nombre del libro ya no importa, qué duda cabe. No importa en general y menos que nunca hoy, cuando creo que ni siquiera estuve a la altura de las ilusiones de Ricardo. Aun así, también pienso que, para ser el partido de ida, sacamos un buen resultado. Quién nos iba a decir entonces que ya nunca habría partido de vuelta. 

 

El editor para el lector es en general una figura desconocida, y supongo que así debe ser, pero su importancia en la salud de la escritura es capital. La relación entre Ricardo y sus autores no se limitaba a ninguna de las dos parcelas de la existencia de un autor, la vida y la escritura. Para él eran la misma cosa. Ricardo no era una madre, ni un corrector, pero acabó desarrollando todas esas capacidades con la finalidad última, tan alta, de cuidar en lo posible no solo la letra impresa sino también a quienes la producíamos junto a él.

 

Muerto Ricardo muertos todos, cabría decir para quienes hemos aprendido a ser lo poco que somos en los márgenes de su talento y, más importante, de su tremenda compasión. No hay otra palabra, como bien sabía él, que nos acompañe tan dulcemente mientras tratamos de decir lo mucho bueno que se puede contar todavía de los muertos sin suerte.

 

A menudo nos llamábamos por teléfono y me preguntaba por mis cosas, por mi hijo. Me contaba de sus alumnos. Me consta que Ricardo era algo que otros no podremos ser nunca, un buen profesor. Y otra cosa aún más lejana e imposible: un buen hombre.

 

La última vez que hablamos me dijo que preparaba un libro de poesía y fotografía con el que estaba especialmente ilusionado. Quería publicarlo a lo grande. Esta vez sí que sí.

 

Sus intentos eran insensatos, pero sus causas eran nobles. Con esa llama en el alma encendía el fuego de vivir. A partir de ahora, y sin Ricardo González, en Salamanca será más difícil tratar de calentarse las manos.

 

 

 

 

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