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Blog de Conrad Kent

Tribuna de Salamanca

The Battle of Salamanca (La batalla de Salamanca)

Francis L. Clarke, The Life of the Most Noble Arthur, Marquis and Earl of Wellington. London: J. & J. Cundee, 1812-1814Dibujo: George CruikshankGrabado: C[harles]. MiddlemistCobre; aguafuerte120 x 171 mmBrown University, Anne S. K. Brown Military Collection
Los sorprendentes triunfos peninsulares son el pretexto idóneo para una nueva narrativa militar. Después de las batallas de la provincia de Salamanca, los relatos impresos se animan con historietas, los relatos impresos se animan con historietas, y las historias se refuerzan con recopilaciones de gestas heroicas. Sobre los dos momentos claves de 1812 (las batallas de Ciudad Rodrigo y de Los Arapiles), se arraiga el periplo peninsular en la conciencia británica como una gran aventura convulsa. Surge una prosa vigorosa extrañamente teñida de retórica ciceroniana en una búsqueda precipitada de la euforia.

Esa narrativa palpitante se dinamiza aún más con la inclusión ilustraciones calcográficas de los episodios de asedio y de batalla campal. Los grabados no se utilizan para aclarar matices históricos sin para excitar las vivencias del lector. La imagen intensifica el drama del ataque, la muerte y la victoria.

Aunque los relatos no adquieren la intensidad grotesca de la caricatura de finales de 1812, los editores explotan el lenguaje visual de los grabados para conmover. El dibujo improvisado en unas circunstancias coyunturales sirve ahora a los escritores. Así, en los libros se intensifica el contraste entre los códigos de expresión popular y la retórica ciceroniana. Pero al servir de contrapunteo burlesco a la historia, la caricatura abre el texto escrito aun más a una metamorfosis significativa.

Por un lado, la narrativa de la Guerra Peninsular sirve como instrumento de cohesión histórica cuando las victorias de 1812 empiezan a ser contempladas como facetas de un diseño trascendental. Aun antes de la batalla de Waterloo, los relatos peninsulares inician una trayectoria que será la base de la mitología militar británica decimonónica. Por otro lado, las distorsiones gráficas, perfeccionadas desde Hogarth para criticar las costumbres y debilidades humanas, avivan la narrativa de las batallas. La gran historia gusta porque tiene cariz de historieta, y el carácter irónico del lector británico se entretiene con los rasgos irreverentes de las ilustraciones.

A finales de 1812, esa dicotomía queda de manifiesto en un libro de Francis L. Clarke, The Life of the Most Noble Arthur, Marquis and Earl of Wellington (La vida del más noble Arturo, el marqués y conde de Wellington). Como historia encomiástica de Wellington, el libro destaca la Guerra Peninsular, y para ilustrar el texto, el editor utiliza la caricatura de George Cruikshank (1792-1878).

La estampa relacionada con la batalla de Los Arapiles, The Battle of Salamanca (La batalla de Salamanca) [] representa la colaboración de George Cruikshank y Charles Middlemist. Según el rótulo que describe la escena, Wellington observa el ala izquierda del ejército francés. Sin humaredas que pudieran desfigurar el escenario dominado por él, el grabado lo exalta dando instrucciones a sus edecanes desde el Arapil Chico. Con la espada, señala el movimiento que se despliega con formaciones de soldados que forman el término medio del retrato. En la lejanía se observa la Sierra de Béjar como telón de fondo matizado.

Al narrar las etapas de la batalla, Clarke contribuye también a la leyenda encomiástica de Wellington, presentándolo como estratega genial. Los pormenores de las escaramuzas de los dos ejércitos sirven de pretexto para destacar la perspicacia y agudeza del general inglés.

Divulgada en hojas sueltas, compendios y como ilustración de los relatos de militares y viajeros, la caricatura dejó sus propias huellas. En lo referente a Salamanca, la grabada en la inmediata posguerra contribuye al desarrollo de una imagen de Wellington que siguió elaborándose durante el resto del siglo. Fácilmente reconocible merced al retrato de Lawrence en 1814, la iconografía de Wellington incluye las distorsiones de las primeras caricaturas del 1812. Cuando se convierta en objeto de crítica durante su larga vida política, Wellington sobrevivirá en la conciencia popular con aquellos rasgos distintivos, a veces realizados por los mismos caricaturistas que participaron en la invención del Wellington de Salamanca.

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