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Blog de @clapformarta

Tribuna de Salamanca

La fiesta del pijama

España se ha vuelto laica, y no porque lo diga el gobierno o monseñor Rouco. Nos hemos hecho mayores porque hemos cambiado el traje de ir a misa por el pijama. Teniendo en cuenta que soy de la opinión de que Dios creó el mundo en pijama y de recién levantado, no conozco una mejor manera de honrarle que vivir los domingo en pijama.
He reflexionado mucho sobre este tema y creo que en realidad lo que intento es engañar al cerebro para que piense que si no me lo quito, técnicamente no he salido de la cama. Una extraña forma de bilocación que seguro que Santa Teresa pasó por alto.

Si eres de la mías te reconocerás hecha un zombi, deambulando por la casa con el susodicho, agregándole todo tipo de ornamentos hasta que parece un árbol de Navidad: Un pegotito de pasta de dientes por aquí, un manchita de café por allí, un salpicao de zumo de naranja en forma de mariposa… en fin eso lo dejo a la creatividad de cada uno. Que no os incomoden estas manchas, son extremadamente necesarias para detectar cuando hay que echarlo a lavar antes de que se acartone.

Sí lo reconozco, me gusta estar en pijama porque el tiempo transcurre despacio y entro como en una especie de limbo que solo interrumpo para saciar necesidades primarias como el comer ¡Que gran placer comer en pijama! Privilegio de locos, enfermos de hospital y reclusos de módulos peligrosos…

Un pijama tiene una vida media de entre 1 y 100 años, depende únicamente de lo exigente que seas en la cama (guiño, guiño) en mi caso el único criterio es que la goma no esté pasada para no parecer un rapero pasando el aspirador a ritmo de Lady Gaga (que estampa). Ahora que se han puesto de moda esas tiendas en las que te venden unos pijamas con los que podrías ir a la boda de tu hermana yo sigo apostando por el pijama “divorciado”, a saber, esa camiseta que se volvió rosa en un lavado a 50º, casado en segundas nupcias con el pantalón del gimnasio de lycra pasmada.

Pero los hay para todos los gustos, está el pijama “Assassin” que aquí en el oeste llamamos “de Portugal”, con tanta electricidad estática como para iluminar un concierto de U2 que te mete unos calambrazos en contacto con la funda nórdica que haces viajes astrales. Está el pijama “del ahorcado” ese que te deja los elásticos marcados como el papel de las magdalenas, el pijama “fantasma” ese que no sabes cómo porque nunca lo compraste pero llegó a tú vida para quedarse.

Luego está el “de reyes”, que es ese que reservas para cuando te vas de viaje y que siempre se te olvida –hago aquí un inciso para aconsejar a esa gente “regalapijamas” que así como el vaquero hay que comprarlo pequeño que cede, el pijama hay que comprarlo holgadito de sisa para poder retozar en el sillón libre de toda atadura–. Completando el pack están lo que he decidido bautizar como “pseudopijamas”.

En esta categoría entrarían el chándal de ir a comprar el pan, el abrigo burka de llevar los niños al colegio, el albornoz de sacar la basura y en verano el pareo de bajar a comprar tabaco.

Pero para mí el súper-mega-preferido es el pijama “ninja” que es ese bonito que te llevas para una noche especial y que te dura puesto un suspiro.


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