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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Votantes invisibles

Soraya Sáenz de Santamaría ha dicho hace poco que comenzaba el €œinicio del inicio€ en lo que a materia de recortes se refiere. Nos han dado la primera en toda la frente y, o mucho cambian las cosas, o vamos a recibir muchas, pero muchas más de este pelo. Hasta que se nos despelleje el cielo de la boca, vamos. A pesar de que hay que acatarlo porque no queda otro remedio €“ aunque los de la cagada han sido otros y se van a ir de rositas, como siempre €“, me fastidia particularmente que paguemos los pringados, también como siempre. Especialmente los pringados que son como el Guadiana, que aparecen y desaparecen en función del interés de la clase política. Así son todos los votantes, me temo. Aunque algunos lo somos más que otros.

Antes de seguir, les pongo en antecedentes. Por esas cosas del destino, vine al mundo con una mochila particular a rastras. Posiblemente el nombre €œparaparesia espástica€ no les diga nada, así de primeras. Pueden investigar en la red, si quieren. En resumen, es una modalidad de parálisis cerebral infantil. Perinatal, para más señas. En esta mochila hay varios €œregalos€: una ostentosísima cojera, una infancia y adolescencia que darían para un par de libros, unas pocas intervenciones quirúrgicas, mil vivencias de tipo médico y muchas anécdotas y chascarrillos de corte €œsocial€ o, si lo prefieren, relativas a la adaptación y la integración.

Para el Estado, servidor tiene una discapacidad física reconocida y permanente del 60%. Por ello, cuando se puso en marcha la cacareada €œLey de Dependencia€, gente como yo la recibió con alivio y alborozo, pues daba justa y ansiada respuesta a las necesidades de los más de 800.000 españoles que necesitan algún tipo de ayuda para desenvolverse de forma €œnormal€ en su día a día. Por una vez, y sin que sirviera de precedente, existíamos para los políticos. Y por primera vez, aunque fuera a medio-largo plazo, el Estado iba a echarme un cable económicamente, algo que no ha sucedido en mis 35 años de existencia. Esta ayuda se va a hacer esperar. Y mucho, por lo que parece. Los dependientes moderados no podremos acogernos a la citada Ley. No saldrá ni un solo céntimo de las arcas públicas en todo el año.

La tríada Estado-Sociedad-Discapacidad siempre ha adolecido de carencias. De las relativas a la discapacidad y la sociedad prometo encargarme en otra ocasión, porque hay mucha tela que cortar. Baste señalar que, en virtud a esa costumbre tan española por tirar la piedra y esconder la mano, por reclamar la ley para poder hacer la trampa, los discapacitados hemos visto cómo muchos ciudadanos hacían del fraude una práctica común, llevándose ayudas y subvenciones que a muchos otros les habrían facilitado mucho las cosas. El agujero económico, lógicamente, se hace insostenible, a día de hoy. Por no hablar del cuello de botella, del €œatasco€ de solicitudes €“reales o inventadas€“ existentes.

Pero no es un problema del €œavispado€ de turno que remueve Roma con Santiago, tira de enchufes y se lleva a la saca, sin necesitarlo, un bonito sobresueldo a final de mes, por modesto que sea (que también, desde luego). La auténtica vergĂźenza es el absoluto desconocimiento político de la discapacidad, su confrontación desde los despachos, sin tener la más mínima idea de cómo es la vida de un discapacitado y cuáles son sus necesidades reales, ya sea severo, moderado o pequeño dependiente. Basta comprobar cómo se llevan a cabo las €œadaptaciones arquitectónicas€, en según qué casos, o cómo es el auténtico laberinto €“ más complejo que un nudo gordiano, créanme €“ que hay que sortear para recibir una ayuda estatal de forma legal. Sin trampas.

Mientras un político está cómodamente sentado en su escaño del Congreso o de donde sea, sólo se acuerda del discapacitado para recabar un voto, para dar imagen de concienciado social y comprometido con las causas más desfavorecidas. Mercadotecnia torticera. Siempre. Porque cuando toca enfrentarse con la discapacidad en serio, un político está más perdido que Falete en una convención de vegetarianos veganos. Y mientras hay dinero no hay problema. Si hay fraude, da igual porque sobra la pasta. Pero ahora que no la hay€Ś a los €œtullidos€ ni agua, que son muy caros. Al menos hasta dentro de cuatro años. Cuando les haga falta que nos acerquemos a la urna, nos pondrán silla de ruedas motorizada sobre alfombra roja, si hace falta. Y si el político puede sacarse una fotillo junto a la silla, para arrancar alguna lágrima, mejor. Que eso son más votos.

Aunque los discapacitados, en la calle cantamos más que una mosca en un vaso de leche, coleccionamos miradas, cuchicheos y gestos de conmiseración y lástima, para los políticos somos de los primeros descartes porque, como casi siempre, somos invisibles. Con crisis y sin ella. También viene en la mochila, de regalo.

pasaportecharro@gmail.com

Twitter: @CesarBritoGlez

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