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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Paraíso chancletero

Leo en una portada de la prensa local que el turismo de alto poder adquisitivo tiene escasa incidencia en Salamanca, con un impacto de apenas un 6%. Las cifras me sorprenden, sobre todo después de haber leído o escuchado, no recuerdo exactamente dónde, que este verano ha sido bastante bueno para el turismo nacional, con datos correspondientes al mes de agosto que casi no se recordaban. Hablando en plata: nos visitan más turistas, pero los que se dejan la pasta, si pensamos en nuestra ciudad, prefieren otros lugares.
No es algo nuevo, viene sucediendo desde hace tiempo. Cuando hablo con camareros, hosteleros, taxistas amigos - auténtico barómetro de lo que pasa - me confirman los datos estadísticos: el turista que acogemos, por norma general, no da excesivos problemas, pero no nos visita con intención de realizar grandes desembolsos. Vigila su gasto al céntimo, se caracteriza por ser un "cazador de ofertas" y suele pertenecer al nicho del mercado que interesa a las empresas "Low Cost". Creo que la pregunta que debemos hacernos es si hay que apechugar con este tipo de turismo, porque es el que hay en el actual contexto económico, o si estamos capacitados y en disposición de ofertar valor añadido a un turista que puede llegar a gastarse hasta tres y cuatro veces más por cabeza y día de visita a Salamanca. Es fácil quejarse sobre lo que no nos gusta y pedir mejorías en nuestra oferta turística. Pero, si no arrimamos todos el hombro, no lograremos un objetivo que exige transversalidad y compromiso. De los políticos, sí. Pero también de todas las esferas implicadas.

Si de algo puede hablar un canario con conocimiento de causa es de turismo. Las islas han vivido de los réditos turísticos desde los tardíos 60 hasta la actualidad. En pleno estallido del desarrollismo post franquista, las Canarias eran el paradigma de "paraíso doméstico", a tiro de piedra, para el españolito medio. Viajes de novios, escapadas de una semana o dos… El atractivo isleño se vendía solo: temperatura constante, playa, sol… Sin embargo, los actores implicados en la explotación turística en Canarias no han sabido adaptarse a los tiempos y, sabedores de este atractivo auto vendible, prácticamente no han invertido en su producto. Exceptuando la década de los 90, que vivió un auténtico boom con la llegada de turistas alemanes, ingleses y holandeses - educados, muy cultos, limpios y buenos gastadores -, el turismo en Canarias se ha dormido en los laureles y ahora suda tinta para librarse del "turista basura": casi siempre nacional, protagonista de visitas exprés, adicto al todo incluido y al bocadillo de tortilla comprado en el súper. Y no se trata únicamente de una economía apretada, que nos ahoga a todos. Los empresarios no han invertido en una mejoría profunda y mimada de sus infraestructuras y servicios - existen instalaciones en funcionamiento casi sin cambios desde finales de los 80 -, no se ha tomado conciencia de la importancia de la formación del personal, de lo beneficioso del concepto de excelencia, de la cantidad de valores y atractivos por explorar, lejos de la costa. Por desgracia, al turista de hoy no se le seduce con una guapa jovencita vestida con traje típico, al pie de la escalerilla del avión, regalando plátanos y florecitas a los recién llegados. La ocupación hotelera es siempre alta, estamos de acuerdo pero, ¿resulta rentable a largo plazo? ¿Es un destino turístico de calidad? Lo dudo.

A Salamanca temo que le haya sucedido algo parecido. La imponencia monumental de la ciudad es incuestionable. Ciudad de cultura, universitaria, joven… todos nos sabemos la canción de memoria. Pero no basta con eso. No puede bastar. Necesitamos establecimientos hoteleros de altísimo nivel - grandes y pequeños -, empresarios concienciados que no teman dejarse el dinero en formar a sus empleados, persiguiendo los más altos estándares posibles de manera continuada y no puntualmente; necesitamos políticos que sepan la perla que tienen entre manos para que la cuiden y saquen lustre con regularidad. Un guía turístico chillón, que repite su retahíla como un loro seis veces al día no es atractivo para nadie. Un paseo en trenecito por la ciudad está bien, pero no es suficiente. No para el turista que creo nos interesa. No debemos tener miedo a términos como "lujo" o "exclusividad". Si se tiene claro qué puede venderse, dónde está el valor añadido de Salamanca, a la larga, lo agradeceremos. Y quien crea que la ciudad no cuenta con atractivos, se equivoca. Yo llegué aquí como viajero de paso y me ganó para siempre. Por algo será.

Percibo cierta pátina de provincianismo, tanto en las mentes de muchos canarios como en las de muchos salmantinos. Os lo dice alguien de fuera: tenéis una bomba aquí, cerca del Tormes. Pero necesitáis quitaros de encima el polvo y el olor a naftalina. Se debe trabajar con firmeza con un objetivo claro: ser los mejores. Vale que no es el mejor momento para tirar de cartera pero, ante el miedo, sólo nos queda ver como la rana de la Universidad y el astronauta de la Catedral se adormecen, hartos de ver y escuchar siempre lo mismo. Inversión, formación, excelencia. Para mí, esos son los pilares sobre los que hay que trabajar para evitar los otros tres: chancleta, botellón y fast food. No son tipos de turismo excluyentes entre sí, deben coexistir. Pero Salamanca es un tesoro incalculable, no podemos malvenderlo en un todo a 100.

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