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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Mucho envoltorio, poco caramelo

Ante un debate del estado de la Nación o, en este caso, un debate de investidura presidencial como el protagonizado por Mariano Rajoy hace unos días, contemplo tres escenarios posibles para el ciudadano medio que lo vea o escuche. Bueno, quizás debería decir que contemplaba porque, si el ciudadano medio es salmantino, también cabe alguna respuesta más.

El primer escenario que se me ocurre está protagonizado por el sopor que puede producir el soniquete, vacío y estéril, de las intervenciones, réplicas y contra réplicas de nuestros representantes. Salvo que a algún diputado díscolo le dé por dar gritos e insultar como en una algarada barriobajera, los ronquidos están asegurados. Por otro lado está la opción del €œconvencido€. Dependiendo en qué zona del hemiciclo se sienten €œlos tuyos€, sin importar qué es lo que se está diciendo o por qué, desde tu cómoda poltrona del salón, aplaudes o abucheas medidas, argumentos e ideas, en función de tu querencia particular. Inevitable y divertido para esos €œhooligans políticos€ que proliferan como setas, aunque también estéril, me parece. La respuesta mayoritaria, me temo, es el cinismo y la suspicacia sin importar a qué partido votes. Si los políticos €“sean cuales sean sus siglas€“ han sido en parte responsables de la situación que vivimos, difícilmente podrán sacarnos de ella. Al menos les va a costar convencernos de lo contrario.

Aún así, si estamos medianamente concienciados con la que se nos viene encima y el embolado en el que estamos metidos, habremos atendido a la hoja de ruta del recién estrenado presidente para evadir la crisis. Y, como es natural, habremos prestado más atención cuando se han tratado temas que nos afectan o interesan de forma más o menos directa. Una de las ocasiones en las que se me alzaron de golpe las orejas, como a los perros perdigueros, fue la que centró las actuaciones relacionadas con la educación. Por desgracia, la educación es un caballo de batalla €œcomodín€ de las sucesivas administraciones. Siempre protagoniza las campañas políticas, siempre se trata de intervenir en ella y, casi siempre, se deja el negociado peor de como se encontró al llegar.

El señor Rajoy pasó de puntillas sobre el asunto, acuciado como está por otras urgencias, casi todas ellas de índole económica. A pesar de los lugares comunes y las fórmulas carentes de significado, repetidas hasta la saciedad por los políticos €“ excelencia, educación de calidad, innovación tecnológica€Ś esas cosas €“ nuestro presidente aseguró, como tantos otros, que quiere meter mano a la educación superior, porque ninguna universidad española se encuentra entre las mejores del mundo. No en el Top 10, ni siquiera entre las cincuenta primeras. De hecho, las cien mejores universidades quedan lejos de nuestro alcance. Según la última lista publicada, hay que descender hasta el puesto 186 para encontrar a la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Un país pequeño como Suiza tiene a siete de sus universidades entre las doscientas primeras. España ha colocado a cuatro entre las cuatrocientas más relevantes. La Universidad de Salamanca ni aparece en la lista.

Un charro de bien, al escuchar esto desde su poltrona podría dudar, extrañarse de que la cuna de la educación universitaria europea ni siquiera figure en el mapa. ÂżCómo es posible? Pero Âżno nos han dicho siempre que esta ciudad se caracteriza por su universidad €“ tenemos dos, de hecho €“, que vivimos de los estudiantes y toda la pesca? ÂżNo se supone que la Universidad de Salamanca es de lo mejorcito? Pues señores, parece ser que no. O nos han estado engañando todo este tiempo o nos hemos estado engañando solitos, porque nos convenía. Por mucho que el Rector Magnífico, Sr. Hernández Ruipérez, se empeñe en dulcificar las cifras y mostrar optimismo respecto al año que termina y al que comienza en breve, la educación universitaria española es deficiente, en general. Y, por lo que se ve, a la hora de la verdad, la que se imparte aquí también.

Podemos hacerlo, si nos sentimos más tranquilos pero, vivir de un nombre, de una historia y de las glorias pasadas no fomentará una educación universitaria sólida. El hecho de estudiar en una ciudad típicamente universitaria como Salamanca no implica poseer una buena educación, de forma automática. Tenemos una fachada plateresca deslumbrante, una hermosísima ciudad y miles de estudiantes todo el año, que otorgan a la capital su juvenil y natural efervescencia. Pero dentro de las aulas, donde se corta el bacalao, estamos quedándonos rezagados sin remedio. Salimos en los medios informativos nacionales por macrobotellones institucionalizados, como la Nochevieja Universitaria, eso sí.

Si fuera salmantino pediría cuentas. A los gobiernos precedentes, al saliente, al entrante y a los futuros. Y, desde luego, permanecería más atento que un zorro a lo que sucede en el entorno del Patio de Escuelas. Si continuamos en esta senda, aferrados a la €œmarca€ Universidad de Salamanca, sin ofrecer resultados palpables y cuantificables donde importa, sino mostrando el precioso envoltorio de un caramelo inexistente, el castillo de naipes plateresco terminará por derrumbarse. Quizás no suceda hoy, ni siquiera dentro de diez o veinte años. Pero pasará en algún momento. Y si pierde uno de sus principales activos, la ciudad se marchitará y morirá sin remedio. Y yo lo lamentaría profundamente.

pasaportecharro@gmail.com
Twitter: @CesarBritoGlez

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