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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Letras de saldo

Les seré sincero. Si soy adicto a algo en esta vida, ese algo, sin duda, son los libros. Por eso, eventos como la XXVIII Feria del Libro Antiguo y de Ocasión a priori me deberían poner al borde del paroxismo. En cierto modo, lo hacen.

Ver la Plaza Mayor vestida de fiesta, con trasiego de gente, paladeando el olor enmohecido de ediciones antiguas y sorprendiéndose al encontrar una rareza o una "ganga" siempre es agradable. Siempre. Pero, en mi opinión, las ferias son a los libros lo que las rebajas a los trapitos. Una ocasión de sacarle brillo al escaparate y darse codazos a precio de saldo, pero poco más.

Y me explico. Para libreros y editores, estos encuentros son una ocasión inmejorable para liquidar saldos, vaciar los almacenes y, con algo de suerte, poner a disposición del público ediciones raras o difíciles de encontrar, presa ideal para coleccionistas o lectores que buscan ediciones agotadas. Es una línea de negocio, una oportunidad que no se puede rechazar. Para quien no puede desplazarse con facilidad, es también una oportunidad para entrar en contacto con librerías no salmantinas, especializadas en estas lides. Pero debo ser una antigualla, como los libros, porque creo que estas reuniones masivas, lejos de "poner en valor la cultura y la letra impresa", que diría un político, quitan gran parte del lustre a la liturgia que adoramos quienes nos consideramos bibliófilos.

La compra y lectura de un buen libro trasciende el acto mecánico de adquirir y disfrutar de un bien de consumo. Es mucho más que eso. Cuando se ha leído lo suficiente, se adquiere un cariño "físico" por los libros, se idolatran o detestan autores y palabras. Sobre todo, se valoran las "heridas" que los libros dejan en tu interior, página tras página. Esas "muescas" se acumulan sin que te des cuenta y, con el tiempo, hacen de tu mente, de ti mismo, aquello en lo que te conviertes, cuando te ves las arrugas en el espejo, echas la vista atrás y te pones a pasar facturas. Una relación así no puede sostenerse en pie, en la vía pública, medio a gritos y con prisas. Es como si Romeo se declarase a Julieta, utilizando las sublimes palabras elegidas por Shakespeare, pero con un reggaetón a toda pastilla de fondo, en los altavoces de un coche tuneado.

Este cortejo requiere privacidad, tiempo, silencio, y, cómo no, la complicidad de una buena celestina. En este caso, el librero de confianza. Estoy seguro de que Jorge, mi celestino particular, podría decir muchas más cosas de mí que cualquier conocido, que aspire a considerarse mi amigo. Tan sólo por los títulos que busco cuando lo visito, libros que me interesan y que pido con ansia y expectación, puede hacer un perfil bastante atinado de un servidor.

Con el paso del tiempo, tu librero deja de ser un vendedor. Se convierte en alguien que te conoce bien, que sabe qué tema puede interesarte, cuál puede hacerte disfrutar y, si además de buen empresario, es buena persona, hasta te reserva pequeñas sorpresas, inesperados galeones repletos de literatura que, el buceador caza tesoros que eres, recibe como un auténtico regalo del cielo. En la siguiente visita puedes agradecerle su recomendación, orientarle algo más sobre tus gustos o, como me ha pasado alguna vez, casi besarle las manos, por descubrirte una ventana a un mundo que desconocías y sin el que ya no puedes vivir. Si alguien conoce mejor política comercial que ésta, que me lo diga.

Algo así no sucede en una feria, que me perdonen los profesionales del sector. Cuando eliges un libro, en parte desnudas un pedacito de tu alma. Y también quiero creer que el libro te elige a ti. Si no es el momento para que lo disfrutes, para que exprimas de su interior todo su jugo, te esperará paciente en la estantería, hasta que tengas la edad, la disposición o el cerebro suficientes como para hacerlo. Algo así no puede pasarme en la Plaza, ni en una gran superficie, lo lamento. Ni siquiera en una librería demasiado grande, más atenta a la cola de clientes que llega hasta la calle, o a los pedidos que tiene que hacer el mes que viene.

Quiero creer que los buenos libreros, los buenos de verdad, también saben esto. No necesitan de ninguna feria para hacerte feliz, ni para hacer que marche su negocio, por pequeño o modesto que sea. Sólo deben amar a los libros, igual que tú. Y, cuando traspasas el umbral de la librería, con esa sonrisa cómplice que sólo puede dedicarte un amigo, tomarte suavemente del brazo, llevarte a un aparte y decirte sonriendo: "Tengo algo guardado para ti que creo que te va a gustar".

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